Editoriales Ecclesia

Los 40 años de la democracia en España han de estimularnos e interpelarnos a todos – editorial Ecclesia

Los 40 años de la democracia en España han de estimularnos e interpelarnos a todos – editorial Ecclesia

El 15 de junio se cumplieron 40 años de nuestras primeras elecciones democráticas desde hacía más de cuatro décadas. La fecha del 15 de junio de 1977 fue un hito capital en el proceso de la Transición política española a la democracia, inaugurada con la toma de posesión, el 22 de noviembre de 1975, del rey Juan Carlos I, reactivada el 3 de julio de 1976 con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno y culminada felizmente el 6 de diciembre de 1978, fecha del referéndum que otorgó a España la Constitución no solo más longeva de su historia, sino también, y con mucho, la más fecunda.   En apenas unos años, España pasó de ser una nación atrasada, marginal y hasta pobre a convertirse en uno de los diez primeros países del mundo.

Negar todas las evidencias –y otras muchas que podríamos seguir aduciendo- denotaría ceguera, sectarismo e irresponsabilidad. De ahí, que los 40 años del 15-J bien merezcan un reconocimiento especial (el miércoles 28 de junio habrá solemne acto en el Congreso, presidido por el rey Felipe VI) y, sobre todo, un estímulo y una interpelación. Porque la historia, siempre –para bien o para mal- maestra de la vida, esta historia reciente, ha de ser no solo recordada con objetividad sino, sobre todo, actualizada, proyectada al presente y para el futuro.

¿Cómo fue posible aquel entusiasmo y aquella madurez del entero pueblo español y de todos sus dirigentes políticos y sociales, más allá de ideologías, más allá de localismos y de particularismos? No cabe duda, y así lo han vuelto a recordar en estos días, protagonistas de entonces y analistas de hoy: fue posible porque había un objetivo común indiscutido e indiscutible para todos, que no era otro que la búsqueda de las libertades y de los derechos humanos y el establecimiento en España de un Estado democrático y de derecho, puesto bajo el primado de la ley, el principio de la igualdad de todos los ciudadanos y la búsqueda del bien común y de la prosperidad.

Cuarenta años, ¿habrá alguien que piense que no tiene a día de hoy España necesidad también de aunar esfuerzos y voluntades en pro de una serie de objetivos comunes, asimismo irrenunciables, como, por ejemplo, la lucha conjunta contra la corrupción? ¿No ha de ser también objetivo común para todos los españoles la escucha, el diálogo y la concordia en pos del robustecimiento de su identidad nacional y territorial desde la unidad en la diversidad, una unidad siempre integradora y abierta a la riqueza y a las evidencias de las distintas singularidades varias que están en la mente de todos? ¿Es posible creer que no ha de ser un objetivo común para todos seguir trabajando para superar definitivamente la crisis económica y ayudar más y mejor, desde la justicia social y la solidaridad, a los damnificados por la crisis y a todos los excluidos y necesitados? La Transición política de hace cuatro décadas no transitó, ni mucho menos, por terrenos económicos favorables, que habían quedado muy heridos por la crisis económica mundial del petróleo de los años 1973 y 1974. Los Pactos de la Moncloa de 1978, otro de los grandes hitos de aquella época, fue una nueva expresión de cómo la unión hace la fuerza y de cómo se pueden aunar para el bien las distintas posiciones, sensibilidades, ideologías e intereses.

¿Y cuáles fueron los claves de la Transición? La generosidad y madurez del pueblo español, bien nutrido de espléndidos valores humanos y cristianos (¿por qué no recordar también esta otra evidencia?) y la categoría personal y altura de miras de los gobernantes, de la clase política y de los demás agentes sociales. Fue posible porque se vivieron y practicaron conceptos esenciales para la convivencia y el progreso social como concordia, perdón, reconciliación, diálogo, consenso, integración, etc.

En fidelidad al Concilio Vaticano II y al Papa Pablo VI, la Iglesia en España, desde la independencia política, el apartidismo, la mano tendida hacia el bien común y lo más específico de su misión, optó entonces, convirtiéndose, además, en un factor clave para su éxito, por colaborar activamente con la Transición. Y ahora también quiere seguir haciéndolo, como —por poner un ejemplo reciente (ecclesia, número 3.885, página 5)— acaba de recordar, una vez más,  la CEE y, en concreto, su cardenal presidente.

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