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Opinión

Lolo Matos: un cura de pueblo, por José Moreno Losada

Lolo Matos: un cura de pueblo, por José Moreno Losada

Nuestro arzobispo, en su último escrito de “Iglesia en camino”, nos invita a contar lo positivo de la historia que se da en lo oculto y lo diario, frente a tanta mala noticia. Personalmente, hace tiempo que me gusta hacerlo desde la vida de los compañeros sacerdotes; por eso, hoy quiero hacerlo desde Lolo -con quien comparto vida y estudio del Evangelio-.

Hace unos días, compartíamos el capítulo 8 de Mateo y me sorprendía a ver cómo el Evangelio presenta la fuerza de la Palabra. Lo hacía de una manera especial en medio de tempestad, cuando todos se creen perdidos y no entienden que Jesús se duerma, cuando más lo necesitan para pasar el trago de una travesía que se hacía difícil y que provocaba temor y miedo en ellos.

A veces, se da un viento huracanado acompañado de truenos, que no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, porque no le rige ni la racionalidad del servicio ni la de la fraternidad.

Son momentos de confusión, en los que nos jugamos mucho en el discernimiento… Es, en el fragor de ese instante, cuando debemos abrir el corazón para el encuentro con el Maestro que no duerme, ni vigila, pero que sí vela para que nuestra luz no se apague.

Es el momento de la intimidad donde podemos oír con nitidez la invitación: “No temas…”. Esa promesa nos lleva a descubrir cómo la Palabra pone límites a la tempestad e impone el poder de la fe, aunque sea pequeña, que nos lleva a la verdad: no de nuestro poder, sino a la autoridad del Padre que se gana nuestra confianza a base de promesas cumplidas que nos animan a creer que podemos.

Yo puedo decir que veo esta fuerza de la Palabra en Lolo Matos y en su ministerio. Es uno de los compañeros que me motiva e interpela para seguir hacia adelante.

Le recuerdo desde aquellos años de BUP, con su formador D. Manuel Calvino, siempre con una capacidad de autonomía y desenvoltura propia de una educación en libertad y en gracia en su hogar; en el ámbito de una familia numerosa con claves de un magisterio vivo en su padre, y de una capacidad viva y creativa de la madre que supo estar a la altura de su proceso, vocación cristiana y ministerial.

Conocí su paso al Seminario Mayor, dejándolo todo cuando todo estaba a su alcance, no lo dudó y sólo le empujó el espíritu y la seducción de Jesucristo y su Evangelio.

Recuerdo con agrado los años que tuve la gracia de acompañarle en su formación dentro del ámbito de la filosofía, y de poder explicarle los tratados teológicos, antropología y escatología ante los que abría los ojos y la mente para pensar y sentir. Recuerdo, también, cuando la pasión deportiva hacía que se enfadara con los “inútiles” en el campo de futbito -incluido yo, que me arriesgaba a lo deportivo con aquello de la encarnación con ellos; aunque, también, se enfadaba Sequeda-.

Matos fue siempre inquieto, y así llegó al ministerio sacerdotal, junto a otros, con libertad y con gracia. Se puso en manos del Padre y comenzó a caminar con deseo de aprender y servir, con gracia y luz, en medio del pueblo.

La formación y cualidades humanas, culturales y deportivas le han servido siempre para estar en la frontera del diálogo con una soltura y naturalidad propia de los evangelizadores de altura.

Al mismo nivel ha estado la preocupación por una pastoral viva y entregada que ayudara a las comunidades a crecer en gracia y espíritu. Así nos encontramos en la pastoral juvenil, en el acompañamiento a procesos de vida cristiana en los estudiantes, y así le despedimos -después de unos años de labor ministerial en nuestra diócesis- para vivir el riesgo de cruzar el mar y adentrarse con una ilusión inusitada en los campos –ceja de selva- en Perú, en la diócesis de Chachapoyas, en Rodríguez de Mendoza.

Allí supo de cafetales y cooperativas pero, sobre todo, ha anunciado el Evangelio, ha bautizado en Cristo, celebrado la Eucaristía, perdonado los pecados y, coherentemente, ha amado intensamente al pueblo y la gente, siendo pobre y humilde con los pobres de la historia.

Con un discernimiento propio de una madurez serena y prudente, quiso volver a nuestra diócesis hace unos años para trabajar en equipo, estar cerca de la familia y fecundar nuevas realidades con el Evangelio. Fuentes de León ha sido su horizonte de obediencia y de entrega. Todos sus medios los pone en acción para hacer comunidad cristiana, parroquia viva, y no deja de avivarse, formarse, crear, compartir… para que tengan vida abundante.

Ya los siente suyos, los quiere de verdad, en ellos encuentra el pan de la vida, dispuesto como un danzante más a dar gloria a Cristo resucitado presente en la Eucaristía, en esas fiestas entrañables del Corpus que el año pasado ya pregonaba como un paisano más del pueblo. Hasta le preocupa, por su fidelidad al Evangelio, si la entrega tan natural y fiel que realiza pueda velar el rostro genuino de Cristo. Su presencia en lo diocesano está siendo digna de encomio, tanto en pastoral juvenil, como en Cáritas, catequistas, adultos… ¡todo le parece propio!

Este año estoy teniendo la gracia de compartir con él un taller que nos ofrecieron los sacerdotes del Prado. Puedo decir que está siendo para mí una fuente de renovación y conversión ministerial: su inquietud, búsqueda, ilusión, transparencia y entrega me llenan de ganas de avanzar y de hacer equipo de vida.

Por eso, hoy, me alegra ser testigo de que el camino de la Palabra en su vida está siendo eficaz, que yo –junto a otros compañeros de camino, especialmente los que compartimos el Estudio del Evangelio hace años- somos testigos de su ser y hacer personal, ministerial y que bendecimos a Dios por su persona. Y en este sentido, desde este compañero, quiero unirme a la oración de nuestro arzobispo en su último escrito: “Demos gracias a Dios porque no deja de ofrecernos oportunidades para descubrir el bien de cuya existencia quizá podíamos desconfiar”.
José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz



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