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Editorial Revista Ecclesia
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Opinión

Lo que significan el deber, el gozo y la verdad de la caridad

            Nuestros números 3.652 y 2.654, en sus respectivas páginas 37 y 38, se han hecho ya eco de la carta apostólica Intima Ecclesiae natura, en la que Benedicto XVI reflexiona y dicta una serie de normativas sobre el servicio cristiano de la caridad. Hemos aguardado hasta ahora para la publicación íntegra de este relevante documento para hacerlo coincidirlo con una de las jornadas eclesiales –en este caso, la de Manos Unidas- donde mejor se visibiliza el deber, el gozo, la necesidad y la verdad de la caridad cristiana.

La carta apostólica, dada como motu proprio –esto es, como decreto, como ley- entró en vigor el pasado 10 de diciembre y, como nuestros lectores comprobarán en las páginas 22 a 25 de este número, consta de dos partes: un proemio doctrinal, repleto de citas de las encíclicas de Benedicto XVI Deus caritas est y Caritas in veritate, y una segunda parte de carácter dispositivo y legislativo. Nos hallamos, pues, ante un documento muy querido y muy del estilo de Benedicto XVI, en el que llama a reflexionar sobre la verdad de la caridad y a actuar desde ella.

Pero, ¿qué es la verdad de la caridad?  La verdad de la caridad, el servicio de la caridad es –con palabras de la carta apostólica- “una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia”. La caridad es, en efecto, la señal distintiva, así querida por Jesucristo, de sus seguidores. La caridad no es un plus, sino un derecho y un deber de todos los miembros de la Iglesia, cuya historia, ya desde el libro de los Hechos de los Apóstoles (6, 1-6), nos muestra la prioridad y el celo con que desde primera hora se acometió y vivió. El servicio de la caridad (la diakonía) se inserta, pues, en la estructura más propia, íntima e  irrenunciable de la Iglesia. La verdad de la caridad, en suma, significa vivirla y practicarla desde y para el Evangelio, desde y para la misión de la Iglesia, en cuya entraña se halla inscrita.

Las anteriores afirmaciones significan en concreto que –y de nuevos con palabras de la Intima Ecclesiae natura– “en la actividad caritativa, las numerosas organizaciones católicas no deben limitarse a una mera recogida o distribución de fondos, sino que deben prestar siempre especial atención a la persona que se encuentra en situación de necesidad y llevar a cabo asimismo una preciosa función pedagógica en la comunidad cristiana, favoreciendo la educación a la solidaridad, al respeto y al amor según la lógica del Evangelio de Cristo” Y, por ello y en todos sus ámbitos, “la actividad caritativa de la Iglesia debe evitar el riesgo de diluirse en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes”.

Esta alentadora, clarificadora y oportuna carta apostólica no va contra nadie ni contra nada. No señala,  no acusa, no recela de las hermosísimas y tan fecundas realidades eclesiales sociocaritativas, sino que lo que busca es renovar y revitalizar, desde la fidelidad al Evangelio, su identidad. Una identidad  que es su mejor fuerza y su mayor dinamismo. Una identidad que no se ha de aminorar, maquillar o rebajar a cambio de supuestas mayores cuotas de eficiencia, rentabilidad o popularidad. Una identidad que requiere, no solo como exigencia externa, sino como expresión de su propia verdad, de la coherencia en sus personas, actividades, programas, iniciativas, gestores, métodos, materiales y servicios, a fin de que estos sean siempre “testimonios de la sobriedad cristiana”, fieles a las enseñanzas de la Iglesia, respetuosos con las intenciones y voluntad de los fieles y ajustados e insertados en las legítimas normas civiles y, por supuesto, en las leyes canónicas. Y, como escribe Benedicto XVI, la Iglesia ha de velar para que estas expresiones del ejercicio eclesial de la caridad “mantengan vivo el espíritu evangélico”.

No cabe duda de que nuestra Iglesia puede y debe sentirse sana y cristianamente orgullosa de tantas de sus instituciones sociocaritativas. Precisamente por ello, precisamente por el bien que hacen en medio de la sociedad –máxime en tiempos de crisis y  paliando también la crisis endémica y permanente en la que viven más de mil millones de seres humanos, nuestros hermanos del sur o del tercer mundo-, resulta más necesario, más luminoso y más útil este documento de Benedicto XVI. Y desde estos parámetros ha de ser recibido y vivido.



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