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Opinión

Lo que es y demanda la nueva evangelización

No lo tenía fácil el Papa con su homilía del domingo 7 de octubre, cuyo texto publicamos íntegramente en las páginas 29,30 y 31. Eran muchos los motivos y contextos de la celebración litúrgica, correspondiente al domingo 27 del tiempo litúrgico ordinario, ciclo B de lecturas. No se trataba tampoco de alargar su extensión y duración, ni de desnaturalizar la identidad de que una homilía es y debe ser. Y Benedicto XVI, extraordinario maestro del género homilético –explicación de la Palabra de Dios recién proclamada y su aplicación al aquí y al ahora de la comunidad congregada en torno a la celebración- no defraudó en absoluto.

Hace ahora dos años que el Santo Padre relanzó la ya vieja idea de su antecesor, Juan Pablo II, de la urgencia de la nueva evangelización. Para abordar este tema, aparte de crear un organismo vaticano “ad hoc”, convocó la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Consciente el Pastor Supremo de la Iglesia católica de que sin fe o con una fe también en crisis difícilmente habrá evangelización, convocó para las mismas fechas del Sínodo de la nueva evangelización el comienzo del Año de la Fe, con ocasión además del cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II. Y como referencia, faro y guía para todos estos propósitos y necesidades, Benedicto XVI ha querido empezar este intenso mes eclesial de octubre de 2012 con una peregrinación a Loreto tras las huellas de Juan XXIII y en la búsqueda del encuentro e intercesión de María Santísima, y con la solemne proclamación de dos nuevos doctores de la Iglesia, de dos santos que gozaron del don de la doctrina eminente y segura en distintos periodos históricos.

         “La Iglesia –subrayó el Papa, en una afirmación muy al hilo de lo que fue el Concilio Vaticano- existe para evangelizar”. Y para evangelizar son precisos los evangelizadores, esto es, hombres y mujeres, que, penetrados por la fuerza transformadora y transformante del Evangelio, fieles a la comunión y al sentir de la Iglesia, anuncien por doquier y en todos los ambientes y ámbitos de la existencia humana, más de allá de fronteras de cualquier índole, la buena nueva del amor de Dios revelado por Jesucristo.

“Los santos –señaló Benedicto XVI, más adelante- son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abiertas a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el gusto por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular por el pan de vida, la eucaristía”.

Tres son las dimensiones que el Papa ha querido marcar para la tarea de la nueva evangelización, tres aspectos de la única realidad evangelizadora y que se complementan y fecundan entre sí. La primera de ellas es lo que podríamos denominar la “autoevangelización”, la permanente tensión de vivir y transmitir el Evangelio que han sentir y vivir “los de cerca”, los destinatarios, pues, de la actividad ordinaria de evangelización en nuestras comunidades cristianas. Este primer nivel y dimensión de la nueva evangelización es también de capital importancia porque “los de cerca” no puede ni deben vivir una fe rutinaria, acomodaticia, ramplona, cansada o aburrida. Porque “no se puede hablar de nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión”.

La nueva evangelización se ha orientar asimismo y de modo muy específico y apremiante a “los de lejos”, a las que personas que, aun habiendo sido bautizadas y aun habiendo recibido otros sacramentos, se han alejado de la Iglesia y viven, sumidos en un profundo analfabetismo religioso, sin tener en cuenta las praxis cristianas. Por fin, la nueva evangelización no ha de ser tampoco ajena hacia aquellos que todavía no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación.

Y para el recorrido, la travesía, la singladura de este triple compromiso evangelizador de la Iglesia –y como ya adelantábamos en nuestro editorial de la pasada semana-, Benedicto XVI ha querido proponer las figuras y los legados de San Juan de Ávila y de Santa Hildegarda de Bingen, los nuevos doctores de la Iglesia universal, como faros seguros y luminosos.

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