Opinión Por la calle

Lo que Dios quiera

El Congreso de Laicos dio y dará muchos frutos, estoy convencido, pero si solo sirviese para reconocer la realidad multiforme de la única vocación cristiana, solo con eso, habría merecido la pena.

En las ponencias inaugurales Isaac Martín decía «no somos laicos por defecto, sino por vocación». Esta frase, que bebe profundamente de la apuesta del Concilio Vaticano II por entender a la Iglesia como Pueblo de Dios, la hemos oído muchas veces, pero sigue siendo hoy un reclamo y no una realidad; y eso, queridos amigos, es un problema serio.

No se trata de ponerse dramáticos, sino de llamar a las cosas por su nombre. Si hablamos de la necesaria y urgente cultura vocacional —promover que cada joven descubre la vocación que el Señor ha pensado para él— no podemos caer en la táctica del «mercado de fichajes», si me permiten la ironía. Las órdenes y congregaciones promoviendo vocaciones a «responsable sustituto que mantenga la estructura», los obispos a «cura viajero capaz de celebrar, sin morir en el intento, seis Eucaristías dominicales», y los laicos… pues los laicos lo que quede.

Estamos llamados a ser Pueblo vivo de Dios, Cuerpo vivo de Cristo, Templo vivo del Espíritu. Cualquiera de estas imágenes requiere pluralidad. Si tenemos a un joven delante, ¿qué es mejor que sea laico, religioso o cura? Solo hay una respuesta: lo que Dios quiera, empecemos a creérnoslo.

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