Ana Medina y Antoni Vadell, durante la ponencia final (Foto: Nacho Arregui)
Congreso de Laicos Última hora

Llamados a anunciar la «historia de las historias» en la Red

En la rueda de prensa que se convocó en la semana en que celebramos el Congreso de Laicos, una periodista de un medio no eclesial, en un momento en el que, en diálogo con los profesionales de la comunicación presentes, se hablaba sobre la importante labor social que realiza la Iglesia, planteó la siguiente pregunta: «¿Por qué, a pesar de ese maravilloso trabajo de organizaciones eclesiales con los más necesitados, no están llenas las iglesias?». Mi respuesta, totalmente improvisada, fue en un doble sentido. Por un lado, tras afirmar que los templos los llenamos los creyentes, intenté llamar la atención sobre la existencia de un paso intermedio, fundamental, entre sentirse atraído por la inmensa labor que realiza la Iglesia y comenzar a vivir la fe: el encuentro con Jesucristo. Como muy bien señaló Benedicto XVI en Deus caritas est, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Por otro lado, reconocí que, muy probablemente, no dedicamos los esfuerzos suficientes a mostrar lo que somos y hacemos como Iglesia. No es cuestión de marketing vacío o de publicidad engañosa sino, sencillamente, de aprovechar los medios que tenemos a nuestro alcance para transmitir el mensaje, la Buena Noticia, y compartir el tesoro de la fe, incluyendo las obras a las que ésta nos conduce. No han sido pocas las veces que he recordado esa pregunta en todo este tiempo.
El 17 de mayo hemos celebrado el Día Mundial de Internet. Coincide en el tiempo con la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que rememoramos cada 24 de mayo desde que fuera instituida por san Pablo VI hace ya 54 años. En su mensaje para esta ocasión, el Papa Francisco nos anima a tejer «historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos», porque «en medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos».
La Red es un nuevo areópago en el que no podemos no estar. Algunas de las líneas temáticas de los itinerarios del Congreso fueron precisamente en esta dirección. Así debe ser por una doble razón. Como Iglesia, hemos de hacernos presentes allí donde están los hombres y mujeres de nuestro tiempo; difícilmente podremos llevar a cabo una tarea plena de primer anuncio si renunciamos al mundo digital. Como cristianos, somos Iglesia allí donde nos encontramos; y nosotros también estamos en la Red. Nuestra actitud, nuestro mensaje, ha de responder a nuestro ser creyente; de lo contrario, caeríamos en la tentación de la ruptura fe-vida que siempre nos ha perseguido.
Evangelizar en la Red también forma parte de nuestra misión como fieles laicos de anunciar a Jesucristo. Formarnos a la hora de hacerlo resulta imprescindible. Dar a conocer la impresionante labor que hacemos como Iglesia se integra en esta tarea evangelizadora. No nos corresponde a nosotros, ciertamente, lograr la conversión de quienes no creen ni hacer posible que se llenen las iglesias; pero Dios se puede servir también de lo que somos y de lo que hacemos en la Red para provocar ese encuentro. Anunciemos, como nos pide el Papa Francisco, la Historia de las historias, porque es ella la única que tiene la capacidad de renovarnos plenamente.

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