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Liturgia y cultura, por José-Román Flecha Andrés

Liturgia y cultura, por José-Román Flecha Andrés

Del 13 al 15 de noviembre la diócesis de León

El sacerdote José-Román Flecha Andrés impartió en León en  un ciclo de conferencias públicas obre el tema “Cultura humana y Liturgia cristiana”. Resumen de su ponencia:

Ya ha pasado un siglo. Efectivamente, el año 1918 Romano Guardini publicaba su libro “El Espíritu de la Liturgia”, en el que tocaba temas tan importantes como el simbolismo y el cuerpo, el juego y el arte, el poder y la belleza, la voluntad y el amor.

Especialmente interesante era aquel capítulo final en que defendía la primacía del Logos sobre el Ethos. Anticipándose a los aires de la autonomía y del relativismo que soplan en nuestros días, Guardini afirmaba que “la voluntad no crea la verdad sino que la encuentra ya creada y está obligada a reconocer humildemente su ceguera, que tiene necesidad de luz, de dirección, de la fuerza ordenadora y estructurante de la verdad”. El teólogo defendía, pues, la primacía de la razón sobre la voluntad, la del Logos sobre el Ethos”.

Pero ya al principio de su libro, el autor nos entregaba unas luminosas consideraciones sobre la relación entre la liturgia y la cultura. Por cultura entendía él “la síntesis de todos los valores que son producto del esfuerzo creador, transformador u ordenador del hombre, como son las artes, las ciencias, las instituciones sociales”.

Según Guardini, tratándose de la liturgia, la cultura puede acercarse a las verdades o ejercicios religiosos para dejar patente la riqueza que encierran o aplicar su contenido a las múltiples necesidades de la vida.

Andando el tiempo, el primero de los documentos del Concilio Vaticano II presentaba la liturgia como “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10).

Por otra parte, la constitución conciliar sobre la Iglesia en el mundo de hoy veía como cultura “todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales… y a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano” (GS 53).

Pues bien, ambas realidades no caminan por vías separadas, sino que a lo largo de la historia han ejercido mutuas influencias y se deben numerosos préstamos.

De la cultura a la liturgia

Tanto la cultura grecorromana como la cultura hebrea ofrecieron a la liturgia cristiana un modelo arquitectónico bien conocido. Pero, a diferencia de aquellas, la fe cristiana no entendió el templo tan solo como el habitáculo de la divinidad, sino como el lugar de encuentro de la asamblea.

Por otra parte, mientras la sinagoga estaba orientada al Templo de Jerusalén, las iglesias cristianas se dirigían al Oriente, como origen de la luz que es Cristo. El celebrante no daba la espalda al pueblo, como a veces se dice, sino que, junto con su pueblo al que precedía, volvía su mirada hacia el único Señor. Bien lo ha expresado Benedicto XVI en su libro sobre el tema, que significativamente lleva también el título de El Espíritu de la liturgia.

Más importante aun es la experiencia de lo sagrado que aquellas culturas transmitieron a la fe cristiana. Israel aportaba la confianza amorosa en el Dios creador y liberador, así como la urgencia de amar al prójimo como a uno mismo. Del mundo grecorromano, la liturgia no desdeñaba el sentido de la culpa y de la purificación que se evocaba en el mito del rey Midas o en el rito de la pitonisa que se purificaba en la fuente Castalia de Delfos.

La Iglesia católica, junto al testimonio de los profetas de Israel, no ignoraba los anuncios de las sibilas transmitidas por la cultura clásica. De hecho, permitió representarlas con frecuencia, por ejemplo en el pavimento de la catedral de Siena, en la bóveda de la Capilla Sixtina o en la música navideña de la catedral de León.

De todas formas, la liturgia cristiana hubo de modificar el sentido de la fiesta y de la celebración, pasando de la observación cíclica de la naturaleza a la memoria de la redención pascual que ha tenido lugar en la historia. La celebración cristiana no puede ignorar al individuo, pero privilegia el sentido de pertenencia a la comunidad. Además, de promover el descanso semanal del trabajo, la liturgia ha pasado a la celebración de la salvación y del Salvador resucitado.

De la liturgia a la cultura

La liturgia cristiana ha aportado a las diversas culturas con las que ha entrado en relación a lo largo de los siglos la conciencia de la dignidad de la persona, la experiencia de la vocación comunitaria, el valor de la palabra y del silencio, el aprecio de la gratuidad, sobre todo en una sociedad marcada por el interés, la estrecha vinculación entre la ley del orar, la ley del creer y la ley del actuar.

Evocando estos valores podía escribir el filósofo Benedetto Croce que “no podemos no decirnos cristianos”. Junto a esta herencia antropológica se pueden citar las numerosas formas de colaboración, como las obras de arte, los himnos y cantos, las corales y cantatas y hasta el nombre de las notas musicales, tomado del himno de vísperas de la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista.

La liturgia cristiana ha dado origen al teatro, con creaciones como la “Pastorada” leonesa, el Auto de los Reyes Magos, los autos sacramentales o la celebración del Misterio de Elche. Nos sorprende ver que la liturgia haya inspirado hasta el itinerario de las virtudes típicas de la iniciación masónica, como se puede observar en la capilla-mausoleo de San Severo, en Nápoles.

Se ha estudiado cómo la influencia de la liturgia eucarística extendió hacia el norte el cultivo del trigo y de la vid y cómo la práctica de la abstinencia favoreció el mercado del pescado.

Por otra parte, a lo largo de veinte siglos de cristianismo, los diferentes estilos artísticos han dejado su impronta en los templos, en la escultura y en la pintura, en el mosaico y en las vidrieras, en la carpintería y la cantería, en las miniaturas de los cantorales y en la dignidad de los libros litúrgicos, en los vasos sagrados y hasta en el tejido de los tapices.

Bien ha reflejado este doble préstamo la interesante obra “La Belleza nella Parola”, en la que Timothy Vernon ha comentado los evangelios dominicales que se proclaman en los tres ciclos litúrgicos, partiendo de espléndidas obras de arte.

Hace ahora cincuenta años (14.10.1968) san Pablo VI mostraba su preocupación ante la conducta de quienes se proponían despojar de su carácter sagrado al culto litúrgico, así como a los objetos y a los lugares de la celebración. Según él esa tendencia afecta fatalmente al cristianismo y lleva consigo la desintegración religiosa. Como él mismo lo intentó, es preciso establecer un diálogo serio y respetuoso con la cultura contemporánea, sin perder de vista el carácter específico de la celebración de la fe.

José-Román Flecha Andrés

El XVI Cursillo fe-cultura de León se centra en el tema “cultura humana y liturgia cristiana”

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

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