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madre e hijo
Opinión

Liturgia diaria en el atardecer materno, por José Moreno Losada

Liturgia diaria en el atardecer materno, por José Moreno Losada

“Gracias porque, al fin del día, podemos  agradecerte

los méritos de tu muerte y el pan de la eucaristía…”

Esta  noche recuerdo cómo cientos e, incluso, miles de noches he rezado con este himno en el seminario –primero en comunidad y, después, en solitario-. Rezar completas para acabar el día en manos de Dios, comenzar con el examen de conciencia del día para pedir perdón y agradecer; después el himno, los salmos, el cántico de Simeón, la oración final y, no podía faltar, el canto a la Virgen María acabando con ese toque de ternura femenina. Rutina  necesaria y entrañable de lo diario.

Ahora llevo años en que ese momento de completas lo uno internamente al quehacer de cada noche en casa con mi madre; con ella cierro el día y entro en el descanso. Lo hago como un ritual estructurado donde cada una de sus partes va abriendo a la siguiente y condensando una oración que acaba arropando el cuerpo de mi madre y apagando la luz con esa estrofa aprendida de ella incluso en los momentos de dolor: “siempre como hoy, y mejor cuando Dios quiera”.

Cada día llego a casa un poco más tarde de la marcha de Milagros -que la cuida unas horas por la tarde-. Ella espera en silencio paciente, acompañada por algún programa de televisión que le habla para que no le duela la soledad, así como la luz encendida y el calor que desprende bajo la camilla el termostato de aceite de un modo continuo y suave. El rito de entrada siempre le sabe a susto y exclamación, aunque yo desde que abro la puerta ya grito expresando que “ya estoy aquí” y preguntando que si hay alguien dentro, como si no supiera que ella está allí… Es como el saludo que abre el rito de entrada, acercándome y dándole un beso. Después, caricia de cercanía como genuflexión de respeto y admiración ante el sagrario de la vida;  la puesta al día, como examen de conciencia, para hacerla partícipe de lo que vivo en la calle y, sobre todo, con aquello que pueda tener que ver con ella. Le alegra que haya visto a alguien del pueblo, que le traiga alguna anécdota de algún compañero que ella conoce, que le cuente alguna reunión o comida que haya tenido fuera, el frio que hace o el dulce que me han dado para ella. En ese momento, si alguien ha venido a verla cuando yo he estado fuera, o si han llamado por teléfono en el momento que ha estado sola, con gemidos me mira fijamente hasta que acierto, miro la  llamada o  le digo la persona que ha podido estar con ella.

Tras esos momentos de entrada, ella tranquila se silencia y yo, tras adecuar mi vestimenta al hogar y el descanso, me siento junto a ella y entro en su silencio; es momento de silencio habitado como el de Dios, de acogida de una presencia que se dice sin palabras pero que se siente como compañía iluminada, en un conexión que hace trascendencia la serenidad del encuentro y de la mirada tranquila. Es un momento divino, me descansa y descarga la tarea, de las tensiones, de los sinsabores, a la vez que me ayuda a saborear lo pequeño, sencillo, cercano y sereno de lo gratuito y oculto. Se me revela el Dios de Tabor y no me canso de estar ahí, sintiendo el deseo de permanecer sin más; se lo expreso con casi un diario: “¡Qué bien estamos aquí tranquilitos los dos, madre! ¿Verdad?”. Ella asiente abriendo los ojos y entornando la mirada para llegar hasta mí.

Después, elegir el contenido de su cena, que lleva poca variedad aparente: sopas de maicena o puré de frutas con leche y galletas. Cada día trato de que sean distintas y novedosas, y pruebo cada sabor para gloriarme de hacer lo que nunca pensé que llegarían a elaborar mis propias manos. Poco a poco, se trata de establecer esa complicidad que posibilita que la cuchara mediana vaya ayudando a que ella abra su boca y acepte la comida, con su sabor y su novedad, pues cada día me sale distinta. Mientras come, la conversación es de ánimo y aprobación a cada esfuerzo que hace por comerlo bien y por beber el líquido espesado, así como de recuerdos de la vida, de la familia, de los sitios, los amigos… casi siempre para terminar en alguna risa, en especial, cuando le digo que “le está tocando el gordo”; yo soy el más gordo -siempre lo he sido- de los tres hermanos de mi familia.

El ritual continua con el cántico en el rechinar  de las ruedas de la silla que ayuda a transitar del sillón a la cama, y que me recuerda cada noche al “ahora Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz…”; depositada sobre la silla, abre los ojos para sentir que la llevo y la conduzco, a la vez que se mira en el espejo frontal del pasillo, tomando conciencia de su proceso de marcha y partida en el silencio del cuerpo que va callando poco a poco en sus movimientos y expresiones. Despojamiento de sus vestiduras y reposo agradecido en su cama para, tras la limpieza oportuna, adentrarse en la noche con el deseo del descanso en una tranquilidad divina. Arroparla, acariciarla, decirle algo entrañable y besarla con intensidad como si fuera responsorio, oración y la bendición final que completa y se abre al canto.

Hoy terminaba diciéndole de broma: “¡madre mía, lo que tengo encima…! Y la gente diciéndome ¡qué bien Pepe con tu madre!  Y los paisanos, de Villagarcía de la Torre, dicen que la Virgen de los Dolores es la que te tiene aquí para mí…, pero yo les digo, madre, que soy yo el que tiene aquí a la Virgen de los Dolores contigo…”.  Ella abre los ojos de un modo especial, me mira fijamente y se ríe con ganas. En ese momento apago la luz, me retiro… y oro al Padre que ve en lo escondido, y le doy gracias por poder completar de esta manera tan humana, materna, tierna y filial la jornada…

Y, sin quererlo, viene a mí el eco de aquella canción final cantada de forma tan sentida en nuestra adolescencia y juventud en el seminario antes de retirarnos a nuestras camarillas: “Madre, una flor, una flor con espinas que es bella…”

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

 



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