Carta del Obispo Iglesia en España

Libres para servir, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Libres para servir, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Muchas personas consideran la libertad como la simple capacidad de elección o decisión, pero sin referencia alguna a la verdad y al bien. Cuando esto sucede, la libertad se convierte en el fin y en la norma suprema de sí misma. Por lo tanto, sería suficiente que una acción sea libre, es decir, que se haya realizado sin coacción externa, para que sea considerada y valorada como una acción laudable en sí misma.

Quienes defienden esta concepción de la libertad, olvidan que, con estos presupuestos, los actos violentos y las mismas acciones realizadas por un terrorista podrían ser acciones libres. Cuando se prescinde o se olvida toda referencia a la verdad y al bien al plantear el tema de la libertad, los valores objetivos y la verdad moral dejan de tener sentido y no sería necesario hacer referencia a los mismos.

La exaltación de la libertad, sin referencia a la verdad y al bien, puede llevarnos a justificar el crimen y a considerar que cualquier medio es lícito para el logro de los fines deseados por cada individuo. En última instancia, la libertad consistiría en la exaltación de los actos realizados sin coacción externa y, por tanto, no sería preciso tener en cuenta si la acción proyectada es una acción criminal o virtuosa.

Ante quienes afirman que, desde el punto de vista moral, es suficiente la buena intención al realizar una actividad, hemos de tener en cuenta que la buena intención no se puede aplicar para justificar la utilización de medios violentos o criminales. No está permitido robar a los demás para hacer buenas obras. Tampoco se pueden realizar actos terroristas para la consecución de objetivos políticos ni se puede eliminar a seres inocentes para liberarlos de las complicaciones o problemas de la vida.

Frente a la presión de la cultura actual que pretende exaltar la libertad sin referencia a la verdad y al bien, es preciso presentar, especialmente a los jóvenes, el valor de la auténtica libertad. En este sentido, ya nos decía San Juan Pablo II que “la libertad es un don grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para lo que es verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y el servicio. Para tal libertad nos ha liberado Cristo” (Gal 3, 1).

Desde la perspectiva cristiana, por lo tanto, la conducta virtuosa procede del amor y está configurada por el amor a Dios y al prójimo. Como el bien sumo es Dios, los cristianos nos realizamos como personas libres y responsables entregándonos a Él y a los demás con un amor sin condiciones, con un amor libre de egoísmos y envidias.

Con mi cordial saludo y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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