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Opinión

Libertad, verdad, respeto y eclesialidad ante el cónclave – editorial Ecclesia

Cuando estas páginas de ECCLESIA llegan a  sus lectores, estamos en sede vacante. La renuncia del Papa Benedicto XVI al ministerio petrino es ya efectiva y la Iglesia, a través del colegio cardenalicio, se dispone a la elección de un nuevo Papa. Se abre, pues, un nuevo tiempo en la historia de la Iglesia y de la misma humanidad.  Y no cabe duda de la gran trascendencia de estos acontecimientos, que superan las fronteras de la comunidad eclesial y se sitúan en la primera línea de la atención del mundo entero.

Y este tiempo –tiempo de gracia- ha de ser vivido desde los parámetros espirituales, cristianos y eclesiales en que se halla circunscrito. Nos agrada que la opinión pública y publicada, más allá de posturas ideológicas y de posicionamientos hacia lo religioso y en concreto hacia lo católico, se interese por estos temas. Pero de ahí a  algunas supuestas informaciones y campañas de presión dista un abismo y se traspasa la línea roja de la ética, del decoro y de la deontología profesional más elementales. No se puede informar sin tener bien contrastadas las fuentes. No se puede hacer periodismo – ni religioso ni de ningún otro tipo- a base de recortes de prensa y siempre o casi siempre de la misma prensa…  Y no se puede ni se debe trivializar y banalizar en cuestiones tan serias. El legítimo fin de vender periódicos (dígase lo mismo del resto de los medios) se adultera si en sus contenidos se dan cabida a falsedades y/o a insidias.

Nada tiene, pues, de extraño que el sábado 23 de febrero, tanto el portavoz Lombardi como la misma Secretaría de Estado de la Santa Sede, emitieran (ver páginas 35 y 36) sendos comunicados sobre cuáles han de ser las actitudes para vivir adecuadamente este tiempo. Ambos comunicados se lamentan, con razón, claridad y hasta vehemencia, de la proliferación de despropósitos, intoxicaciones, desinformaciones, maledicencias y hasta calumnias con que algunos medios de comunicación están abordando la despedida de Benedicto XVI y, sobre todo, el precónclave.

La firmeza vaticana a la hora de valorar estos comportamientos bien puede resumirse en el siguiente pensamiento del padre Lombardi, que suscribimos plenamente. “Quien ante todo tiene en mente dinero, sexo y poder, y está acostumbrado a interpretar en estos términos las diversas realidades, no es capaz de ver otra cosa ni siquiera en la Iglesia, porque su mirada no sabe dirigirse hacia lo alto o descender en profundidad para captar las dimensiones y las motivaciones espirituales de la existencia. De todo esto resulta una descripción profundamente injusta de la Iglesia y de tantos de sus hombres”.

Llamando asimismo a las cosas por su nombre, la Nota de la Secretaría de Estado, al reclamar el respeto a  la libertad de los cardenales de cara al cónclave y al deplorar manipulaciones y presiones,  da en el quid de la cuestión. “A lo largo de los siglos, los cardenales  -afirma la Nota- han debido hacer frente a múltiples formas de presión, que tenían como fin condicionar las decisiones, plegándolas a lógicas de tipo político o mundano”. Y en si en el pasado eran los Estados quienes, con su vetos y otras modalidades y maniobras, pretendían influir en el cónclave, el que ahora pretendan hacer lo mismo o parecido, en el modo y grado que sea, medios de comunicación o líderes de opinión,  merece el mismo rechazo.

Lo que está en juego en el inminente cónclave no son naciones, colores de la piel, ideologías o cualquier otra contingencia. Lo que está en juego es el mayor bien de la Iglesia, cuyas primeras y básicas premisas son la libertad y la verdad. Y contra ellas atentan “la difusión de noticias no verificas o no verificables, más aún incluso falsas, con grave daño hacia las personas y las instituciones” y también las cábalas innecesarias, los sueños utópicos y las ideologizaciones interesadas y sectarias, procedan de donde procedan.

Por lo tanto, las auténticas  actitudes ante esta hora son las siguientes. En primer lugar, el agradecimiento, el reconocimiento, el afecto y la oración hacia Benedicto XVI. En segundo lugar, la potenciación y visibilización de la comunión eclesial. Y en tercer lugar la plegaria “para que el Espíritu Santo ilumine al colegio de los cardenales” y por el futuro Pontífice, “conscientes y confiados en que la suerte de la barca de Pedro está en las manos de Dios”.

 

 

 



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