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Liberados de la muerte

El mes de noviembre nos invita cada año a reflexionar sobre el sentido «cristiano» de la muerte.

1. Pues bien, el evangelio nos dice que, al entrar en la aldea de Naín, compadecido de una viuda que había perdido a su único hijo, Jesús tocó el féretro del joven, le devolvió la vida y lo entregó a su madre (Lc 7, 11-17). También escuchó la súplica de Jairo, alentó su fe y, llegando a su casa, tomó la mano de su hija muerta y le devolvió la vida (Lc 8, 40-56).

Al llegar a la casa de Marta y María, sumergida todavía en el duelo, Jesús no puede reprimir las lágrimas por su amigo. Hablando con Marta sobre la muerte, Jesús afirma: «Yo soy la resurrección y la vida». Después de dar gracias al Padre, se asoma al sepulcro y grita con voz potente: «Lázaro, sal fuera». Y el muerto sale de la tumba  (Jn 11, 25-43).

En su transfiguración, el Maestro aparece flanqueado por Moisés y Elías, que conversan con él sobre «su partida», que estaba para cumplirse en Jerusalén (Lc 9, 31).  Él había previsto y anunciado la condena a muerte que le aguardaba. Había aceptado lamuerte,pero sufre angustias extremas cuando se acerca el momento de su partida.

Jesús suplica al Padre que lo libre de ese paso, pero, siendo «obediente hasta la muerte»(Flp 2, 8), acepta ese cáliz de amargura. La suya había de ser una muerte fecunda, como la del grano de trigo, que cae en tierra y da mucho fruto  (Jn12, 24-32). Su muerte había de ser fuente de vida y de esperanza,

2. Según san Pablo, «los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte» (Rom 6, 3). Hace bien el Apóstol al recordarnos esa vinculación entre la muerte y el bautismo.

En el agua bautismal nos unimos a la muerte de Cristo y a la esperanza de su resurrección. La muerte al pecado nos une a la victoria de Cristo sobre el mal y sobre la muerte. Con razón exclama san Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rom 6, 8-9).

Con su muerte, Jesús nos libró de la muerte. Quien acepta morir con él y ser  configurado  con  su  muerte (Rom 6, 3),  muerealpecado (Rom 6, 11). Exponiendo a los corintios la fe en la resurrección, el mismo Pablo formula una pregunta inolvidable: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?»Superando la fuerza del pecado, Dios nos da la victoria pormedio deJesucristo (1 Cor 15 , 54-57).

3. Según el evangelio de Juan, Jesús es la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Por eso, ante el cristiano se abre un horizonte insospechado. Si permanecemos fieles a la palabra y al estilo de vida de Jesús, pasaremos de la muerte a la vida (Jn 5, 24).



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