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Leyendo a Darwin

Las flores forman parte de nuestra cultura. Al menos, de la nuestra. En un jardín de flores nos quedamos extasiados ante tanta belleza. ¿Quién sabe si alguna vez no habremos llegado a  imaginar que las flores aparecieron en la tierra para deleite de los seres humanos?

Pues bien, en su obra «El origen de las especies», ya Charles Darwin introduce unas notas teñidas de una cierta ironía. De hecho, se refiere a  ciertos naturalistas que pensaban que «muchas confirmaciones han sido creadas con propósito de belleza, para deleite del hombre o del creador —aunque este último punto esté fuera del alcance de la discusión científica— o meramente por razón de variedad».

Según él, esa opinión sería ruinosa para su teoría sobre la importancia del principio de utilidad que orienta la evolución de las especies. Es más, se atreve a observar que «el sentido de la belleza es evidente que depende de la naturaleza de la mente, con independencia de toda cualidad real en el objeto admirado, y que la idea de lo que es bello no es innata  ni invariable».

Observa él que los varones de una determinada raza valoran la belleza de sus mujeres de una forma diferente a como la valorarían los individuos de otra raza. Pero Darwin va más allá de una nota cultural para añadir: «Si los objetos bellos hubiesen sido creados únicamente para satisfacción del hombre, habría que demostrar que antes de la aparición del hombre habría menos belleza sobre la faz de la tierra que después que aquel entró en escena».

Darwin no pretende filosofar sobre lo que no puede observar. Y lo que observa es que las plantas que son fecundadas por el viento y no por los insectos que buscan su néctar no necesitan los colores de las flores. «Por consiguiente, podemos llegar a la conclusión de que si los insectos no se hubiesen desarrollado sobre la faz de la tierra, nuestras plantas no se habrían cubierto de bellas flores».

En el último párrafo de la obra se dice: «Hay grandiosidad en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola y que […] se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas las más bellas y maravillosas»00.

Es admirable y oportuna para el momento actual esa visión de la armonía del mundo creado. Sin pretenderlo, Darwin nos invita a la contemplación de la creación y nos ofrece una advertencia ética sobre el deterioro ambiental. La ecología está exigiendo una ecoética.

Los seres humanos hemos de reconocer humildemente nuestro puesto en la creación. Mover por ambición una ficha, puede desestabilizar todo el tablero de juego. Se trata de nuestra responsabilidad moral. Todos hemos sido llamados a admirar, respetar y cuidar la casa común, a la que se ha referido el papa Francisco en su encíclica Laudato si’.



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