Opinión

“Levántate, resplandece…”

“Levántate, resplandece…”

“Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti” (Is 60,1-3)

Acabo de llegar a casa, tras un paseo tranquilo y ordinario por el Nazaret de mi barrio. Han sido algunos los besos, las paradas y las felicitaciones de personas conocidas que, en el día de hoy, me saludan especialmente; pero me quedo con dos saludos sencillos que me alumbran en este momento en el que me dispongo a serenarme y abrirme al espíritu para la celebración de la fiesta de la Navidad.

El primero ha sido en la avenida principal de mi barrio sencillo, de estación de ferrocarril: un coche con aires deportivos, un mini pintado de amarillo fuerte con rayas negras, que brillaba con una limpieza especial. En su interior, un señor de edad media pitaba a alguien conocido, que no era yo; a su lado, una mujer mayor, con su rostro muy marcado por la vida, por los años y por la dureza, saludaba con una fuerza inusitada alzando sus brazos… Ella sí debía dirigirse a mí, en mi caminar por el paso de peatones y aun en la distancia. Me sonreía con ganas y jaleaba su saludo con fuerzas, ¡con muchas fuerzas! Y, entonces, me vinieron al recuerdo su rostro, su vida y el lugar que ocupa cada domingo en la celebración de la Eucaristía en la Residencia de los Mayores en la Granadilla. Hace tiempo, me pidió que le llevara una estampa de la Virgen de la Soledad, patrona de Badajoz, que había perdido la suya y necesitaba su presencia y su protección, porque siempre la había guiado y cuidado en su vida. Desde ahí comenzó una relación de cercanía y simpatía en su silencio y quietud de anciana pacificada en su interior.

Hoy rompía los moldes de la quietud, y su serenidad era rostro encendido y alegre, mostrándome con orgullo que iba en el coche de un familiar (seguramente iba a pasar la Nochebuena con los suyos). Se deshacía explicándole a su conductor quién era yo. Su rostro encendido lo he recibido como la luz de alegría y de la esperanza alumbrada en Jesús que, como sol mañanero, se mete en las rendijas de una humanidad que en la oscuridad llora porque quiere ver iluminado su hoy  y su destino en aquellos que más sufren.

Ya cercano a mi casa, ha sido una niña de unos seis años la que me ha llamado a gritos: “Pepe, Pepe, Pepe…” La pequeña iba orgullosa con su padre y, enseguida, me he dado cuenta que es de nuestra parroquia; participa en el Despertar Religioso, por lo que tendrá unos seis años. Me ha saludado con una familiaridad y una alegría contagiosa. Le he preguntado al padre que cómo estaban por este barrio tan lejano de nuestra demarcación y me ha comentado que viven por aquí, al lado de mi piso, o sea que somos vecinos. Desde aquí se planta semanalmente a nuestra parroquia porque allí tiene gente conocida y está contentísima con el proceso… todo un misterio. Pero me ha llenado de satisfacción su saludo infantil y familiar, alegre y entusiasmado, me ha despertado religiosamente a mí para esta noche y esta liturgia del niño Dios. He visto en ella la luz de una Navidad que es imparable y que se pone a nuestro alcance para que podamos pillarla y adentrarla en nuestro corazón y, desde ahí, hacerse luz para todos.

Es curioso… ha sido la luz de una anciana -marcada en su rostro por la vida larga y dura-, y la brillante luminosidad de una niña -que comienza a vivir y a abrir los ojos al misterio del sentido-, donde me ha calado el silencio de la Palabra que se hace carne para darse como luz al mundo. Ahora entiendo mejor el misterio: “Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna, y a tu Dios por tu gloria” (Is 60,19).

Y me agrada felicitar con esta foto reciente propia para este día de Navidad, para desear la Pascua de una Luz que no tiene ocaso, que brilla hasta al amanecer de una vida que será eterna y de gozo imparable para siempre. Por eso, siento el deseo de anunciar el Evangelio que se ha puesto en nuestras manos de barro: “Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna…” (1 Jn 1,5-7).

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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