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Opinión

Leopoldo de Alpandeirre vuelve a su pueblo a los 5 años de su Beatificación, por Fermín Hernández de Mieza

Leopoldo de Alpandeirre vuelve a su pueblo a los 5 años de su Beatificación,  por Fermín Hernández de Mieza

Fray  Leopoldo de Alpandeire, vuelve a su pueblo a los cino años, de su beatificación

   Después de un año de su beatificación Fray Leopoldo vuelve a su pueblo. No es un milagro, ni simple imaginación, es el regreso a su biografía.

    Va por la calle arriba a  Alpandeire, un pueblecito que se arrodilla en la falda de la loma empujado por la ventisca de la serranía de Ronda.

 

                      “Nací aquí. Yo también. No digas más.

                      Con esto basta para amar, amar

                       piedra y árbol y casa…, este lugar

                       por donde ahora  caminando vas”.

   Va por la cuesta arriba… El viento le parte en dos la barba de muchas aguas  que se le van de hombro a hombro en olas de espuma.

   Va por la cuesta arriba.., con  los  ojos unas veces en el suelo para no tropezar, otras veces elevados al cielo, aquellos ojos suyos que miran siempre abiertos de par en par y uno se preguntaba quien se los abrió tanto, y puso en ellos un paisaje de paz

   Va por la cuesta arriba.., con los pies descalzos protegidos solo con unas breves sandalias, y a mi me gustaría preguntar a esos pies por su historia,  aún no escrita, de caminos, cansancios , fríos,  lluvias, andaduras y calmas en los pórticos de las ermitas.

   Va por la cuesta arriba.., con las alforjas al hombro, recuerdo de aquellas otras cuando era pastor o  pobre labriego pueblerino. Me gustaría pararlo y revisar sus alforjas, mendrugos de pan, arroz, alguna fruta, una linterna, un libro de rezos, unas direcciones…

    Va por la cuesta arriba.., ya un poco inclinado, lleva  sobre sus espaldas el peso de los años, el cansancio del día y va contando las horas por las cuentas del rosario que pende de la cuerda de su habito capuchino.

 

   ¿Qué cuesta va subiendo? ¿Quién es el personaje? Va por la cuesta arriba de la virtud,  como aquellos primeros frailes compañeros de  Francisco de Asís;  como Fray Pacífico, el rey de los versos, como Fray Egidio, que también había sido labrador. Como el Francisco  del premier momento que escogió a representantes de la sociedad medieval: Fray Silvestre, era sacerdote, Pedro Cataneo, jurista; Fray Bernardo, comerciante; Fray Egidio, campesino..

                                                                                                                     2

    Fray Leopoldo, nuestro personaje caminante, también era labrador. Tenia 35 años cuando decidió seguir  a los capuchinos de quien había oído hablar. Se había movido hasta entonces dentro del estricto mundo del terruño  en la vaguada de la sierra y el horizonte de su pueblo de casas blancas,  en el trabajo del campo, con alguna excursión fuera del pueblo para ganar  un jornal a destajo…  Se levantaba al alba con la azada al hombro.  Había cavado, sembrado, vivido a jornal.

 

    Camina ahora cuesta arriba por las calles de  Alpandeire  por donde rueda el aire serrano del invierno removiendo las contraventanas de las casas.  Va asustado porque se ha visto reproducido  (“pero por qué,” se pregunta) en media docena de esculturas y al pasar por la calle de su casa, por donde corrió descalzo, ha leído: “ El pueblo y la Orden Capuchina a la existencia bienhechora de sus hijo y hermano,  Fray Leopoldo de Alpandeire”

    “ ¿ Pero por qué?, camina preguntándose.  Mira a tus hermanos, Leopoldo, se dice. Recuerda que Fray Maseo le dijo a San Francisco: “Por qué a ti, por qué a ti. Tú no tienes gran ciencia, tú no eres noble. ¿De dónde viene que todo el mundo vaya detrás de ti?

  ¿ Quieres saberlo?, le dijo Francisco, Por que   entre los pecadores, ninguno más vil y más inútil que yo para que florezca la maravilla de la gracia”

 

 Llega al pórtico de la iglesia frotándose las manos,  y sentado en el suelo alivia apretándose el talón  la grieta de los pies. Reza en la puerta. Allí donde tantas veces se había santiguado:

                        “Iglesia de mi Cristo. Cuatro metros

                        de soledad al borde de la calle,

                         sosiego de la paz en la mirada

                               del Cristo bondadoso.

 

                            Imagen, carcomida, palo santo,

                          en la corona llevas los dolores,

                          los besos en los pies de nuestras gentes

                                  que sublimaron penas.”

    Entra en la Iglesia y se sorprende nuevamente al verse a sí mismo:

     -“¿Qué haces tu ahí, santo de palo?… -Pero si tu eres solamente un  campesino, un frailecito de San Francisco. ¿Quién te ha subido ahí…? Si eres una labriego como fray Silvestre, solo el limosnero de los  Capuchinos.. Y Ahora te pedirán que hagas milagros… ¡Bendito sea Dios!”

 

     Y se vio como antes de ser santo, hincado de rodillas, con la alforja al hombro, llorando de humildad y pobreza, durante largo tiempo.

 

                                                ***

           Francisco de Asís  nombró “caballero de la tabla Redonda” a fray Silvestre. Fray Leopoldo, no tendrá más nombre para siempre que “andariego de los caminos”, contador de millas y de Avemarías”, “consuelo de pobrecitos”,”Limosnero de los frailes”

     Ni más insignias, ni doctorados, “¡el limosnero de los capuchinos!”, con este título de nobleza le presentarán  en la toma de posesión del arzobispo Casanova y Marsal, con este título ganará el corazón del pueblo, con este titulo se ha visto — y todavía no se lo cree–  elevado en los altares.

       La naturalidad y el sentido común, siempre  dejan paso a la gracia de Dios, por la puerta de la humildad. Rápido y lleno de color, agradable y eficaz, Fray Leopoldo tenía la naturalidad de quien habla con las más absoluta  confianza. Hablaba con las frases del pueblo, barnizadas por la dulzura de su expresión : “Soy un pobre religioso. Nada más… ¿Si yo puedo ayudarle en algo?”.

       Cavaba, araba, silbaba, sabia las coplas rondeñas:

 

                                Ventanas a  la calle

                                 son peligrosas

                                 pa las madres que tienen

                                 niñas hermosas”.

 

   Y la que más le gustaba era la ronda del agua, porque decía que con

ella se había bautizado:

 

                                   “Yo la traigo muy fresquita

                                   de la fuente de los caños,

                                    y a los que la solicitan

                                    no le falta en todo el año”.

 

         Como a San Francisco se le ha llamado “hermano de todos”, a Fray  Leopoldo se le llama “el santo de todos”,”un santo en la calle”

      –“Escuchadlo”,  decían las gentes buenas

      –“Fraile holgazán”, gritaban los resentidos de la republica, “Ven y ayúdanos en la arada”.

      — “Allá voy – gritaba  él. Si he sido, labrador y pastor, e hijo de familia   pobre. No olvidéis nunca que el camino para ir hacia arriba es ir hacia abajo” y  “vencer es perder”. Más de una vez he compartido el pan de mi trabajo con los pobres. Siempre es mejor hablar que gritar y mejor callar y hacer.”

       Dejaban de insultarle y le  decían:

    –“Tu eres de  los nuestros”.

     Y la conversación cambiaba. Y el sermoncito no faltaba:

      — “Si fuéramos como debiéramos  todo el trabajo se convertiría en bien.., Pero para el que tiene  voluntad entristecida, el mismo bien –el trabajo– se  le convierte en mal; mientras que para el hombre de buena voluntad el mal se convierte en bien”…”Sed buenos y si me necesitáis otro día, me  llamáis.”

 

      -“¿Qué es mejor  – le gritaron otro día–: predicar o  hacer?”

      -“En garganta larga la palabra tarda más en pasar. Y la cuba se tapa por donde sale el vino. Es mejor trabajar con alegría que con resentimiento. No blasfeméis contra Dios. Ave Maria Purísima.

    Yo conocí  al Beato Diego José de Cádiz, que quería ponerse a las puertas del infierno para que no pasara nadie. Yo no puedo tanto, porque sin la gracia de Dios no soy más que un pobre campesino, pero con ella puedo deciros palabras de amistad.”

      Y se iba contento, porque había ganado un amigo más.

 

        La  tierra es el libro de Dios. Fray Leopoldo de Alpandeire se consideraba hijo de la tierra, sencillo como las flores de los caminos, amigo de los árboles y de los pájaros; cantaba con los colores de la aurora y del ocaso y se alegraba viendo los campos:

 

                 “Tu cuidas, Señor,  la tierra y la riegas

                  y la enriqueces sin medida,

                  la acequia de Dios va llena de agua,

                   preparas los trigales…” (Sl. 64)

 

 Bebía el agua fresca de los arroyos,  se  sentaba a comer el mendrugo de pan  con alegría  como Fray Maseo y  San Francisco.

 

   

     Al hincar el arado ayudando al que le desafiaba,  elevaba una alabanza a Dios por tener  una ocasión de  hacer el bien, por la salida del sol, por el viento, por el resplandor de tanta hermosura:

 

                        “  Naturaleza, animales, plantas y piedras,

                         Vuestros sencillos trabajos

                          Son humildes plegarias….

                              Obedecéis.

                          Para Dios esto es suficiente..”   (Paul Verleain)

                           

 

             Llevaba los pies embarrados, por el la tierra de la arada y el corazón lleno de paz. Y preguntándose : “Que has dicho, pobre ignorante, carente de ciencia e ingenuo”.  Nadie le había ofendido. O mejor, por nadie se había sentido ofendido. Le hablaba a la conciencia su propia delicadeza.

        Pero se acordaba de Fray Egidio: que le preguntó a San Buenaventura:

    -¿Qué haremos nosotros, los que tenemos poca ciencia y somos de ingenio romo y sin estudio para ser gratos a Dios?”

 Y el santo le contestó:

    -“Puede un ignorante  amar a Dios lo mismo y más que un docto.  Una viejecita puede amarlo incluso más que un maestro en teología.”

 

      Fray Leopoldo le había contado esto  muchas veces a las viejecillas con las que hablaba a la puerta de las casas cuando iba pidiendo limosna:

—“Mi buena mujer, yo no soy santo, usted puede ser mejor que yo. Ame a Dios, aunque sea sencilla o crea que no tienen mucha cultura y podrá llegar a ser más grande que el más santo capuchino, y desde luego más que yo.  Yo no soy santo, quiero serlo, .”

   Esta es era la teoría mística de Fray Leopoldo.  La doctrina que apaga la caridad y la piedad, no vale; la ciencia que embota la conciencia, es pura vanidad. Se puede ser docto y humilde;  humilde y estar lleno de sabiduría. Sabio conservándose sencillo. Sencillo a quien Dios le revela su mensaje.

    Desde su humildad Fray Leopoldo  podía acercarse  sonriendo bonachonamente a cualquiera :  –“Mire usted yo no soy más que un mandado. Pero oígame, mañana es la fiesta de la Virgen y estamos en su novena y no tenemos organista. Yo sé que usted toca muy bien. ¿ No podría ir a los capuchinos para amenizar la novena? Yo no puedo hacer ese milagro. Usted sí.”

   El organista era desconocido para Fray Leopoldo,  pero el buen limosnero había ido a su casa para pedirle este favor. Tocó en la Iglesia de los Capuchinos y al despedirse..:

      – “Gracias,señor. Y usted, ¿cómo se llama?

–        Soy el  Maestro Manuel de  Falla.

 

     Después de su muerte, las gentes no esperaron la respuesta de la Iglesia para proclamar santo a Fray Leopoldo. Y el pueblo sencillo,  los políticos que le respetaron, los campesinos,  las viejecitas se  alegraron mucho y repetían por las calles de las aldeas que el recorrió, aquella frase de Fray Leopoldo: “Donde hay amor no entra el mal, donde hay amor no hay sitio para la soberbia”

 

         El labriego que mira al cielo sabe de lluvias y tormentas, pero también de agradecimientos por el sol benéfico y la gratuidad de lluvia fecundante y da gracias a la providencia. Fray Leopoldo aprendió de la naturaleza  el arte de esperar y de ser a la vez rápido para llegar  velozmente al bien supremo, a la contemplación y más aún a la participación. Porque todo es gratuidad, beneficio que viene del cielo. Dios es bien,  todo bien, y sumo bien.

          Y en esta mística de generosidad divina estaba siempre. Y la rubricaba  con un “gracias” , un  “Dios le ampare”, “ usted lo necesita màs que yo”. El término  preferido del franciscano es siempre  la palabra “velociter”, velozmente, sin demoras caprichosas y  sin disquisiciones y diálogos largos. “Reza un avemaría”. “Yo rezaré por usted”. Con ellos apuntaba  Fray Leopoldo a Dios directamente.

 

       El no sabía lo que San Buenaventura había escrito: “Est in opere bono necesaria strema velocitas”  En la buena obra es necesaria una esforzada rapidez. Sí, lento por los caminos limosneros, pero rápido por el consejo y la oración. También la limosna, cargar con la alforja, manejar por caridad la mancera de arado, o cada bola del rosario, eran obras buenas que debían realizarse velozmente.

         San Francisco de Asís no quiso para sus frailes estabilidad de lugar. Fray Leopoldo cumplió esta norma durante toda su vida. Caminante de  los mil caminos y calles de Dios, alforja al hombro como los pastores, pero en vez de llevar un transistor como los pastores de hoy, llevaba las caridad popular en pequeñas limosnas.

     Aquellas dos manzanas que le dio la aldeanita tenían reflejos celestes, alas de ángeles, como el  serafín que se acercó a San Francisco y le imprimió las llagas. Y el santo Leopoldo las manoseaba devotamente porque la mujercita había dado todo lo que tenía. Era como un “itinerarium mentis in Deum”. Y con este sentido espiritual iba él recorriendo los mismos caminos de santidad andados por San Francisco, seguía con sus huellas, las huellas del Pobrecillo del Asís. Y su mente estaba siempre levantada a Dios. Seguro que en las manzanas que tenía en sus  manos, leía  más sabiduría que muchos sabios en los viejos pergaminos.

     Velociter. Velozmente,  en claridad de alma, y despaciosamente, con pies rotos y encallecidos recorría aldeas y ciudades para recoger la verdad,  sin curiosidad. Y la verdad era que había pobres de cuerpo y pobres de espíritu, personas buenas y santas, algunos desorientados, todos hermanos, mirados sin  miedo ni temblor. Jesús era un hermano de todos los que sufren y esperan, el compañero de viaje de todos los que peregrinan en el mundo y en el tiempo

     Era santo Fray Leopoldo y observaba, escuchaba, anotaba en su alma, tendía la mano y lo hacia siempre,  antes que nadie, velozmente. Pero sobre todo,  meditaba.

 

    Sus pies descalzos pusieron fin un día a su historia de caminar, para  que otros la contaran, una historia llena de dolores y soles, de lluvias y puestas de sol, de madrugones y cantos de pájaros, de noches durmiendo en cualquier pajar, de abstinencias y de bendiciones y avemarías…¡siempre avemarías! Había llegado a la cumbre de su vida y de su santidad diciéndose a si mismo:

 

   –“Pero quien eres tu campesino de Alpandeire. Yo no soy santo .Quisiera serlo. Ruegue por mi.”

 

      Con San Buenaventura decimos: “Iba buscando la paz y seguía las huellas de San Francisco y se retiró para hallar esa paz de espíritu.” Y mirando la vida de Fray Leopoldo de Alpandeire podemos descubrir,  las seis alas,  los seis medios que  empleó para subir gradualmente a Dios:

 1.- Dios está en todo y en todos los caminos 2.- la caridad y el bien hay que darlos sin que casi se note que los das. 3.- la oración es una conversación con Dios que siempre está dispuesto a oírnos. 4.- el trabajo es un acto de piedad. 5.- solo puedes muy poco, somos muy poquita cosa, pero importantes para Dios que va siempre a nuestro lado. 6.- ¿Para qué vale  lo poco que tenemos si no lo empleamos en bien de los demás?

 

       Fray Leopoldo  parecía no despegar del suelo, arrastrando sus pies cargados de años, pero tenía esas seis alas que le llevaban a esa cosa mística y secretísima que solo conoce quien la recibe, y la recibe quien la desea y la desea quien esta inflamado por el Espíritu Santo “ (S, Buenaventura).

 

      Si me preguntas por qué en un frailecito simple y sencillo acaecen estas cosas, todo el mundo se fija en el, carece de temor, practica la caridad, hace del camino oración, se siente siempre disponible…,etc,  interroga a la gracia, al deseo, al sentido y conocimiento del humilde, al gemido de la oración, a Dios y no al hombre.

 

      Fray Leopoldo de Alpandeire labrador casi analfabeto, intuitivo, hermano laico que conocía el simplicísimo secreto del Avemaría, no leyó nunca libros de teología -¿para que?- pero habría podido sellarlos con uno de sus lemas:     — “Quien más ama, más ansía”. Ciencia que había bebido en ratos de silencios, mirando los horizontes, descansando a la sombra de los árboles, en la soledad de la ermitas, aceptando los desaires y las bondades de la gente.., haciendo el bien, sufriendo las llaga  de sus pies abierta por el frío del invierno, reconociéndose caminante de pueblos y de lejanías espirituales.

 

                                               ****

 

       Fray Leopoldo  se había quedado meditando en la Iglesia de su pueblo frente al Cristo. De repente se levantó y mirando su propia imagen,  se dijo: “Vamos, “santo de palo”, fuera,  a la calle, que soy un hombre de pueblo, un sencillo campesino, un frailecito insignificante, vamos a la plaza a hablar con mis paisanos del ganado y de la siembra.”

  Y se sentó en una piedra en la plaza Y  quedó por obra del arte en la plaza de Alpandeire  hecho escultura de bronce, con el bastón en la mano derecha, el rosario en la izquierda y el pié derecho adelantado  en actitud de seguir indicando caminos, “al aire de Dios”.

 

                                                               FERMÍN DE MIEZA

                                                                           Capuchino.

 



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