Rincón Litúrgico

Lectio divina Solemnidad Todos los Santos (1 noviemnbre), por Ángel Moreno de Buenafuente

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Lectio divina Solemnidad Todos los Santos (1 noviemnbre), por Ángel Moreno de Buenafuente

La liturgia para la lectio divina de la solemnidad de Todos los Santos es Ap 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12

 Lectura

Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7, 9).

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3, 1)

Contemplación

Al llegar la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos, se despierta especialmente en muchas personas el sentimiento de piedad. En todas las religiones y culturas aparecen vestigios y signos del culto a los muertos y a los antepasados.

Los cristianos, además de recordar de manera orante a los difuntos, veneramos de modo particular a quienes han pasado por esta vida como testigos del Evangelio y han configurado su existencia con los rasgos de Jesucristo. De una u otra manera, los seguidores de Jesús llevan en su cuerpo las señales del Nazareno, que el Maestro adelanta en su discurso del monte, al proclamar las bienaventuranzas.

Al leer la primera lectura, en la que se narra la liturgia celeste y de la que son protagonistas los que han lavado sus túnicas en la sangre del Cordero, y lo siguen detrás con vestiduras blancas, me viene a la memoria la enseñaza de San Pablo, cuando recomienda a los efesios que abandonen el hombre viejo y que se revistan del hombre nuevo. “Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de Él y en Él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 20-24).

¿De qué vestido o túnica se trata? Por el contexto parece que se refiere a aquellos que han sufrido el martirio, y avanzan con palmas en sus manos, como trofeo de bienaventuranza, por haber sido perseguidos por causa del nombre de  cristiano.

Sin embargo, al contemplar la segunda lectura, en la que se hace referencia a la identidad que se nos concede, la de ser hijos, he comprendido que la túnica sagrada que nos permite avanzar en la procesión celeste es la del Hijo primogénito, la que el padre de la parábola pone a su hijo pequeño, al volver de su camino errado. Si  comparamos, veremos que el vestido de los que avanzan en el cortejo como bienaventurados es el mismo con el que, gracias al perdón y a la misericordia divina, se reviste al hijo pródigo.

La santidad es una llamada a todos los bautizados, y gracias al regalo que Jesucristo nos dejó al pie de la Cruz, todos tenemos esperanza de pertenecer a esa multitud incontable. Solo hace falta volver, dejar el hombre viejo, y aceptar el vestido del Hijo Amado, el vestido de fiesta, sacerdotal, el traje de bodas, la túnica santa, la naturaleza consagrada por el Verbo de Dios, hecho carne, dejando que sea Él en nosotros.

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