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Rincón Litúrgico

Lectio Divina 33 domingo tiempo ordinario, C, (17-11-2013), por Ángel Moreno de Buenafuente

Lectio Divina 33 domingo tiempo ordinario, C, (17-11-2013), por Ángel Moreno de Buenafuente
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Mal 3, 19-20ª; Sal 97; 2 Tes 3, 7-12; Lc 21, 5-19

 Lectura

“Mirad que llega el día, ardiente como un horno” (Mal)

“El Señor llega para regir los pueblos con rectitud” (Sal)

-«Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

-«Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien: «El momento está cerca»; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.» (Lc)

Contemplación

El año litúrgico llega a su fin, el próximo domingo será el último, con la gran fiesta en honor de Cristo, Rey del Universo. Este domingo las lecturas  anuncian el día último, del final de los tiempos.

 

Cuando se atraviesan los meses y se van arrancando hojas del calendario, quizá no somos tan conscientes de la fugacidad del tiempo como cuando tenemos a las puertas un cambio de dígito. Entonces, experimentamos la expresión bíblica “mil años en tu presencia son un ayer que pasó”.

En otras épocas la meditación de la finitud se convertía en revulsivo, quizá se empleaba como pedagogía para despertar las conciencias. La Palabra de Dios nos muestra diversas reacciones posibles ante el anuncio del día definitivo, según se haya vivido. Para unos, el último día será fuego, para otros, luz. Hay quienes se atemorizan ante el anuncio de la venida del Señor. Los justos cantan y tocan ante el Señor que viene, porque su vida es  una expectación de este encuentro amoroso y definitivo.

Jesús revoca lo tremendo del anuncio, sobre todo si es utilizado por agoreros, farsantes, especuladores, interesados en someter y dominar por el miedo. Sin rebajar la verdad sobre lo caduco, aunque sea la misma hermosura del templo, llama a la serenidad y  a la confianza. “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Valoremos los bienes en su justa medida, caminemos puestos los ojos en el Señor, no descuidemos el sentido trascendente de la realidad por quedar atrapados en un presentismo egoísta. Vivamos como quienes aguardan al Señor, que viene a dejarnos gozar de la victoria alcanzada por Él en la cruz.

Ni angustia, ni evasión. Como nos enseña San Pablo, trabajemos con tranquilidad para ganarnos el pan. A la vez que sabemos que Dios da a sus amigos el pan mientras duermen.

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