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Lavatorio del Jueves Santo: del hecho al derecho y siempre al servicio de la caridad y de la misión – editorial Ecclesia

Lavatorio del Jueves Santo: del hecho al derecho y siempre al servicio de la caridad y de la misión – editorial Ecclesia

La riquísima liturgia de la Iglesia –durante todo el año y muy singularmente en el Triduo Pascual– está repleta de contenidos, símbolos y gestos de enorme y preciosa potencialidad evangelizadora, que, además, nos remite a las mismas raíces de nuestra fe cristiana. Sin duda, uno de ellos es el Lavatorio de los pies en la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, una vez proclamado el evangelio de san Juan que narra aquel extraordinario gesto del Señor con sus apóstoles y el consiguiente mandato de amor fraterno.

Este gesto se incorporó desde primera hora a la liturgia de la Iglesia y a lo largo de los siglos ha conocido distintas expresiones y modalidades. En 1955, la Santa Sede otorgó la facultad, allí donde lo aconsejase un motivo pastoral, de efectuar el lavatorio de los pies a doce hombres, como venía recogido en las rúbricas del Missale Romanun (página 300, número 11) y en el Caeremoniale Episcoporum (números 301 y 229 b). Ahora, el Papa, a través de la Congregación para el Culto Divino, ha querido, en el legítimo ejercicio de su misión apostólica, modificar las rúbricas y mejorar la modalidad de actuación concreta del Lavatorio. Y con la finalidad –no podía ser otra– de que exprese más plenamente el significado del gesto efectuado por Jesús en el Cenáculo, que, con palabras de Francisco, en carta al prefecto del citado dicasterio, es «su entrega hasta el final por la salvación del mundo, su caridad sin límites».

¿Cuál es el significado y el alcance de la modificación? Empezaremos respondiendo que Francisco ha querido elevar a la categoría de derecho lo que ya era un hecho: que el lavatorio de los pies de la misa vespertina del Jueves Santo incluya tanto varones como mujeres. Él mismo, ya en sus años como arzobispo de Buenos Aires y en los tres jueves santos que ha presidido como Papa, lo había hecho, al igual que, en realidad, se hacía en otras parroquias, templos y comunidades. La razón de ello, que no obedece a los dictados de las cuotas y paridades igualitaristas al uso, es un inequívoco y justo reconocimiento al papel de la mujer; y, sobre todo, visibiliza mejor la variedad y la riqueza del entero pueblo santo de Dios  y el alcance del mandato universal del Señor que este gesto evangélico y litúrgico conlleva, que no es otro que el servicio, el amor fraterno y la misión universal.

Al efecto, las nuevas rúbricas prescriben que «los pastores puedan elegir a un grupo de fieles que represente la variedad y la unidad de cada porción del pueblo de Dios». Y añade: «Ese grupo puede estar formado por hombres y mujeres y, convenientemente, por jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, clérigos, consagrados y laicos».

Pero es más. Dada la riqueza y la interpelación de lo que el lavatorio de los pies encierra, la Santa Sede recomienda y encarece asimismo a los pastores y responsables de los templos y del culto que se le dé a los elegidos y al resto de los fieles «una explicación adecuada del rito para que participen en él responsable, activa y fructuosamente».

Así, pues, esta modificación auspiciada por Francisco debe entenderse como una aportación  y como una mejor visibilización de la realidad plural de la Iglesia y al papel y a la misión de todos y de todas en ella; una profundización en el significado auténtico de gestos tan excelsos e interperladores como este, para lo cual, además, se ha de intensificar, como queda dicho, la explicación adecuada del rito y evitar, por tanto, cualquier tentación «teatral» al respecto; una ayuda en pro de una mayor y mejor participación en las celebraciones litúrgicas; y una llamada a incrementar el compromiso misionero y caritativo de todo el pueblo fiel.

Reducir esta disposición papal a un mero y cosmético «guiño» a lo política y socialmente correcto es, a nuestro juicio, un error. Como lo es todavía más pensar, temer o desear, que esta modificación abra vías o rendijas al sacerdocio ministerial para las mujeres, tema del que en reiteradas ocasiones Francisco ha hablado con meridiana claridad.

Bienvenida sea una modificación precisa, sensata y oportuna, que incluso, como queda dicho, era ya una realidad. Y, sobre todo, aprovechemos bien sus auténticas potenciales pastorales y catequéticas.

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