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Laura Moreno, delegada de Juventud en Madrid: «La mirada femenina todavía permanece ausente en algunos espacios de la Iglesia»

El Concilio Vaticano II fue un revulsivo para la presencia de la mujer en la Iglesia. En contra de la voluntad de muchos padres conciliares y, en medio de una sociedad discriminadora y machista, 23 mujeres laicas participaron, casi de incógnito, en el gran acontecimiento eclesial del siglo XX. En sus palabras a las llamadas “Madres del Concilio”, Pablo VI les encomendó la tarea de llevar este espíritu renovador a las instituciones, las escuelas, los hogares y la vida de cada día.

En el marco del Centro de Pensamiento dedicado al Papa Montini, reflexionamos sobre el papel de la mujer en la Iglesia hoy, casi 6 décadas después de aquella experiencia. Y lo hacemos de la mano de una mujer que realiza, precisamente, la tarea de llevar ese espíritu a los espacios donde puede dar grandes frutos: la juventud, las mujeres, las instituciones… Laura Moreno Marrocos pertenece a la Institución Teresiana y es, además de directora de la residencia de opositoras León XIII, delegada de Juventud de la archidiócesis de Madrid. Su trabajo es servicio, con discreción y humildad, pero con el convencimiento de que la voz de la mujer tiene que ser escuchada, sobre todo, en aquellos lugares donde se discierne y se toman decisiones.

—Ante 2500 obispos, en la segunda sesión del Concilio Vaticano II, se escuchó: “¿Dónde está la otra mitad de la Iglesia?” El papa Pablo VI pensó que las mujeres estaban presentes y la realidad es que no se in­cor­po­ra­ron hasta una se­ma­na más tar­de, por­que no ha­bían sido aún con­vo­ca­das for­mal­men­te por los res­pon­sa­bles de la lo­gís­ti­ca. La pregunta se puede trasladar al día de hoy. ¿Dónde están las mujeres en la Iglesia?
—Las mujeres formamos parte de la Iglesia, si entendemos a la Iglesia en la categoría que tanto usa el papa Francisco, que es pueblo de Dios, seguidoras de Jesucristo. Me parece que el lapsus o falta de consideración de aquellos que se dedicaban a la logística en el Concilio Vaticano II nos sirve de metáfora, porque creo que la mitad, o más de la mitad de la Iglesia que somos las mujeres, continuamos ausentes en algunos espacios, sobre todo en los de reflexión, discernimiento y decisión. Me parece que la mirada y la perspectiva femenina todavía permanece ausente en algunos espacios y es un error. El cambio de paradigma que inició Juan XXIII, continuó Pablo VI, y que el papa Francisco está intentado hacer avanzar, todavía permanece limitado en algunos sectores de la Iglesia como institución.

—Se habla mucho del sacerdocio femenino cuando se reivindica una mayor presencia de la mujer en la Iglesia. Pero ¿es esa la conquista real? ¿Qué papel debe ocupar la mujer en la Iglesia?
—No cuestiono que algunas mujeres sientan, no sé si me atrevería a decir vocación, pero sí que sientan o reclamen el acceso al sacerdocio. Reconozco que es un debate cerrado en este momento y creo que es estéril intentar que todo el camino conduzca a ese lugar. Aunque las mujeres en la Iglesia jugamos muchos papeles, en otros muchos espacios, como te decía, seguimos estando ausentes. El papa Francisco o este momento del pontificado, está abriendo esto mucho más (y lo vamos a ver en futuro), porque es una lucha que va de la mano del laicado. Se trata de una lucha compartida, liderada más por mujeres que por varones.
¿Qué Iglesia sueño para las mujeres? Sueño una Iglesia profética, espiritual, mistagógica, misionera, servicial, que exprese realmente el vínculo de comunión y de la caridad que supone el Evangelio. Una Iglesia de comunidades vivas, respuestas audaces ante las injusticias y ante un mundo que va dejando fuera a tantos. Esa Iglesia es la que intentamos vivir miles de mujeres y hombres, con caminos, ministerios y vocaciones diferentes. En esa Iglesia, muchas mujeres lideran procesos y comunidades, acompañan, reflexionan, disciernen como parte de la asamblea junto a muchos varones. Lo expreso como sueño porque, aunque se vive en algunos contextos, creo que hay muchos otros en los que la Institución, en su organización clerical, ahoga este sueño y genera una desafección por parte de muchas mujeres y muchos varones.

—Por pri­me­ra vez en la his­to­ria, el papa Pablo VI pro­cla­ma a mu­je­res doc­to­ras de la Igle­sia: San­ta Te­re­sa de Ávila y San­ta Ca­ta­li­na de Sie­na (1970). Sin embargo, pocas mujeres hoy generan escritos y documentos de referencia para la Iglesia universal, y los documentos, la mayoría de los escritos teológicos, siguen siendo hechos por hombres. ¿Sigue siendo la intelectualidad de la mujer una excepción en la Iglesia? ¿Sigue estando su papel relegado al servicio?
—Todo depende de como veamos el vaso, medio lleno o medio vacío. Yo diría que todavía hay, lamentablemente, espacios de servilismo sobre las mujeres. Esto ha sido denunciado recientemente por medios, incluso del Vaticano, reconocido por el papa Francisco y varios superiores generales. Ahora, si las mujeres estamos relegadas en las aportaciones intelectuales, creo sinceramente que no y otra vez vuelvo la mirada a una Iglesia amplia, pueblo de Dios, y me alejo de la organización eclesial y clerical. Creo que hay una vertiente teológica femenina y feminista muy productiva y valiosa en distintos contextos de la humanidad, pero esas aportaciones no ocupan el centro de la reflexión; es decir, son invisibilizadas y no iluminan la realidad pastoral, administrativa u organizativa de la Iglesia.
Se van dando corrientes en las que estas aportaciones van entrando, en algunas universidades ya hay cátedras que reconocen estas aportaciones de teología femenina, hay centros universitarios que han hecho una opción por incorporar el paradigma de una lectura teológica desde una mirada femenina, construida por mujeres y con aportación de varones. Pero todavía son contextos muy particulares, y 4 doctoras de la Iglesia entre 35… sigue siendo un número muy escaso.

—¿San Pedro Poveda fue un adelantado a su tiempo? ¿Qué lugar le dio a la mujer?
—Todo carisma es un modo específico de vivir. En el caso de la Institución Teresiana, que es una asociación de seglares con más de cien años, se propone vivir la fe al estilo de los primeros cristianos. Es un aporte de san pedro Poveda porque se deja transformar por las mujeres que le rodean en aquel primer momento. Todas eran pioneras (estamos hablando de 1910), en el acceso a la universidad, en un momento en el que la cuestión social y educativa estaba en una lucha en España. Ese primer grupo de mujeres transformó a un sacerdote formado en la escuela clerical, como todos, y que supo, desde su propia coherencia de cabeza, corazón y manos, responder a esa realidad.
En 1902, cuando abre la primera escuela en las cuevas de Guadix, convencido de que solo la educación transforma la sociedad, lo hace con un modelo de coeducación para niñas y niños, algo muy novedoso en la época. Y luego no solamente acompaña, sino que lidera y deja a mujeres que lo hagan a lo largo de todo el siglo XX: como María Echarri, feminista católica y sindicalista, que promueve la Ley de la Silla, que permitió a las mujeres que se pudieran sentar (algo obvio ahora) porque pasaban muchas horas de pie en las fábricas y comercios; Carmen Cuesta, una de las primeras licenciadas y doctoras en Derecho, impulsa la reforma del Código Civil español para que se incorporen los derechos de la mujer. La primera asamblea de los miembros de la Institución Teresiana en 1924 ya reclama los derechos de igualdad de las mujeres en los distintos campos, y así se podría seguir hablando de distintas mujeres que fueron pioneras. Y en ese sentido, sí podemos entender a san Pedro Poveda como un adelantado a su tiempo, porque supo reconocer ese signo de que a la sociedad y a la Iglesia le faltaba su propia mitad. Por esto, fue muy cuestionado, denostado en algunos sectores de la Iglesia y de la sociedad, y finalmente mártir, precisamente porque una cantidad de mujeres fueron ocupando puestos oficiales con capacidad de dialogar entre la fe y la ciencia, sin beligerancia, y eso fue un factor muy molesto en momentos de conflicto.

—Como mujer que, dentro de la Iglesia, trabajas con jóvenes, y desde tu experiencia de gestión de una institución donde sirves y atiendes a mujeres ¿qué retos ves para las mujeres jóvenes hoy?
—Lo bueno de una residencia como la nuestra, en el contexto de la Fundación Pablo VI, es que todas las opositoras que conforman el colectivo de la Residencia León XIII conviven en plano de igualdad con los chicos de la Residencia Pío XI. Este contexto hace singular el conjunto. Me parece que en ese liderazgo compartido que he visto y acompaño se dan unos factores, como de un pequeño laboratorio, de algo que podría ser ideal en el futuro.
Creo que los retos de las mujeres jóvenes con vocación a ser funcionarias y ocupar labores de influencia en la sociedad, conectan mucho con los que planteaba Pablo VI. Él hablaba de las mujeres con influencia para ser pacificadoras en la sociedad. Hoy vivimos sociedades que rápidamente se vuelven intolerantes, con dificultad para incluir la diferencia y la pluralidad, y me parece que, en ese sentido, las generaciones actuales pueden aprender y transmitir una convivencia pacífica. También hablaba Pablo VI de la aportación de la mujer en la vida ordinaria, la inteligencia espiritual, su capacidad de sanar, cuidar y transmitir vida en el sentido más amplio de la palabra… Me parece que un reto común de las nuevas generaciones es ser más conscientes de que el mundo está en sus manos, y ojalá en la Fundación Pablo VI o la Residencia León XIII sepamos transmitir esa capacidad que hace la diferencia, no una diferencia supremacista, sino una diferencia capaz de transformar desde dentro y avanzar hacia una sociedad más justa.

—¿Va la lucha de la mujer tan en contra de su esencia que la esclaviza más? ¿Abusa de la dialéctica de los contrarios?
—Yo veo muchos feminismos dentro del gran movimiento feminista y muchos de ellos, lamentablemente, se van dispersando en sus luchas por incluir demasiadas ideologías. Me parece que cualquier movimiento que pierde una perspectiva inclusiva de las pluralidades, de la capacidad de pensar diferente y elegir diferente, se va debilitando a lo largo de la historia y eso es un gran riesgo para muchas de las luchas pendientes de las mujeres. Decía que uno de los grandes retos de las nuevas generaciones, especialmente esas futuras funcionarias o mujeres influyentes, es la de la transmisión de la vida en todas sus formas y, por supuesto que no puede haber un feminismo que no reconozca esa capacidad, porque uno de los grandes problemas de la humanidad es la falta de natalidad. Los factores son múltiples: está el problema de la conciliación, pero también ese rechazo a una naturaleza que aporta lo mejor del ser humano, que es la transmisión de la vida. Entonces, siendo feminista, cuando nos encontramos rechazando un tipo de feminismo, perdemos todas; y en este momento hay una evolución de una parte de este movimiento que está poniendo en conflicto a las propias mujeres, y ese es mal camino.

Por Sandra Várez
Directora de Comunicación de la Fundación Pablo VI



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