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Las vocaciones sacerdotales y consagradas son el principal reto de la Iglesia – editorial Ecclesia

Las vocaciones sacerdotales y consagradas  son el principal reto de la Iglesia – editorial Ecclesia

La Santa Sede ha emitido una extensa nota de prensa a propósito de la presentación de las ediciones del Anuario Pontificio 2017 y del Anuario Estadístico de la Iglesia 2015 (página 33). Especial interés tienen las reflexiones que en relación con el segundo de estos Anuarios ofrece la citada  nota y que presenta una foto fija y precisa del estado actual de la Iglesia en todo el mundo, con resultado, a la par, esperanzador y preocupante. ¿Por qué?, ¿cuáles son las principales conclusiones del informe?

En primer lugar, se confirma la marcha positiva en el número de católicos en el mundo (1.285 millones de católicos, un 1% más que en el año anterior registrado, el 17,7% de la población total, y en referencia a 2010, el crecimiento es del 7,4%,). Sin embargo está desigualmente repartido (el mayor crecimiento se da en África en un 19,4%, el 15,5% del total mundial, mientras decrecen los católicos en América y en Europa, se estacan en Oceanía y crecen, pero menos, en Asia) y ofrece un añadido  doble reto: de un lado, el no perder de vista que el 82% de la población no es católica y, por otro lado, el hecho tan difícilmente cuantificable como real, de que en estos cerca de mil trescientos millones de católicos bautizados muchos de ellos viven en la lejanía e incluso en situaciones de apostasía práctica.

En segundo lugar, al crecimiento del número de obispos, diáconos permanentes, misioneros laicos y catequistas se contrapone un descenso evidente de los religiosos profesos no sacerdotes y de las religiosas profesas y un revés con respecto al número de sacerdotes, sobre todo en Europa y América del Norte. Además, dentro  del grupo sacerdotal, las estadísticas denuncian la persistencia de tendencias divergentes entre sacerdotes religiosos y diocesanos: a la inflexión de los primeros corresponde, de hecho, una expansión moderada de los segundos.

En tercer lugar, la marcha de las vocaciones sacerdotales y consagradas es muy preocupante. En efecto, el número de seminaristas, después de alcanzar un máximo en 2011, sufre una contracción gradual. La única excepción es África que no parece, por el momento, afectada por la crisis de vocaciones y se confirma como la zona geográfica con el mayor potencial. Y todo ello, como el mismo Papa Francisco ha recordado recientemente (ecclesia, número 3.870, página 5) sin contar con las secularizaciones y envejecimiento del clero.

¿Y qué hacer, pues, ante esta sequía vocacional tan acusada y que corre, además, de hacerse crónica en algunos lugares como Europa? El sacerdocio y la vida consagrada son dones y carismas esenciales para el ser y actuar de la Iglesia. Lo principal, lo neurálgico del sacerdocio y de la consagración no es lo que hace, sino lo que es. Y ninguna pauta de pastoral vocacional con visos de éxito deberá acometerse sin tener clara y partir de esta premisa básica. Nos engañaríamos a nosotros mismos pensando que el problema se solucionaría confiando, sin más, el ejercicio de algunas funciones específicas del ministerio ordenado al laicado. El laico tiene también en la Iglesia sus propias identidad y misión, imprescindibles, hermosísimas y más que necesarias, que deben seguir siendo revitalizadas  y potenciadas con todas las fuerzas, pero sin caer en el espejismo y en el error de clericalizarlas. Y el drama de la ausencia y carestía sacerdotal lo que revela es una auténtica y profunda crisis en la vida de fe de la Iglesia. De modo que no podemos caer en la equivocación de identificar el sacerdocio y la consagración con el funcionalismo, porque sería, además, una tentación propia de la mundanidad. Las vocaciones sacerdotales y consagradas son termómetro inequívoco e interpelador de la verdadera vitalidad de las comunidades eclesiales.

Y todo esto no hace sino poner en evidencia el acierto, por ejemplo, de que la próxima Asamblea General del Sínodo de los Obispos, convocada por el Papa Francisco para octubre de 2018, tenga por tema la fe, los jóvenes y el discernimiento vocacional, aunando, interactuando los tres conceptos. Un Sínodo que, por fidelidad a la misma esencia sinodal, es hacer un camino en común –no solo tres semanas de reuniones en Roma- entre todos los miembros de la Iglesia y hacerlo desde la escucha, el acompañamiento y la oración y en el que tan importante como la fase celebrativa ha de ser su preparación. Pongámonos, pues, en camino.

 

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