Opinión

Las señales del Resucitado: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (Lc, 24,5)

Las señales del Resucitado: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado” (Lc, 24,5)

El grito no tiene doblez, la negación y la afirmación son rotundas y  claras: “no está aquí, ha resucitado”. El mundo aparentemente sigue igual, parece que no ha pasado nada relevante. La resurrección se gesta también en la sencillez de lo diario y en lo extraordinario de lo ordinario. Las mismas claves de la encarnación, las que estuvieron en su vida y en su pasión, siguen  en el acontecimiento último de su resurrección gloriosa.

El grano de trigo, la levadura en la masa, la semilla de la mostaza, la moneda perdida y encontrada, la oveja sobre los hombros, el sembrador, la limosna pequeña de la viuda, los lirios del campo…ahí está la fuerza del viviente del hombre nuevo resucitado, no llega a la fuerza ni obligando, aunque tiene todo el poder, no impone ni quiebra ni rompe, aunque le ha sido dada toda autoridad; continua en medio de nosotros, en la casa, la familia, el pueblo, los caminos, lagos, cunetas de la vida. Las cuentas están claras, en la sencillez y la humildad extrema, la tumba no puede retener ni acabar con el amor de Dios que se ha manifestado en Jesús de Nazaret. Ya nada podrá separarnos  de ese amor, ni la misma muerte que ha sido vencida y ultimada en una vida que nunca acaba porque está llena de plenitud, vida gloriosa y eterna.

No nos llamemos a engaños, se trata del crucificado, El es el resucitado. Las señales de la resurrección no son distintas de las de la pasión, sino las mismas: los clavos y la lanzada. No hay otro modo de encontrarlo y verificarlo que metiendo los dedos en la señal de sus clavos y la mano en su costado traspasado. Sólo que ahora quien lo ve y lo toca, siente la fuerza que este crucificado resucitado tiene para liberar y curar, para sanar y levantar, para dar vida y vencer la muerte. Sus cicatrices son curativas y sanan  a los que lo miran y lo descubren en lo diario de la historia. Se ha operado el milagro de lo último y definitivo, el condenado y el herido, por exceso de amor divino en lo humano,  es el que salva y sana definitivamente. El Tabor se ha impuesto sobre el Calvario y ahora ya puede contarse y gritarse en la señales de gloria y resurrección que se desparraman por toda la historia, todos los lugares, toda la humanidad, desde lo pequeño y lo diario. Sí, el milagro se trata de “personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas” que transforman el mundo y gritan la esperanza frente a toda desesperanza, a golpe del Espíritu del Resucitado que no tiene vuelta atrás.

Con la tumba vacía y el Cristo glorioso hemos entrado en la gloria de la cruz. No es un juego de palabras, la cruz tiene gloria y la gloria se nos da a pedazos como la cruz. Adentrarse en el misterio del seguimiento de Jesús trae consigo iniciarse en la tensión de la cruz, aquella que viene por la fidelidad al reino y por la participación en el propio Cristo. El evangelio ha sido  claro al afirmar que quien quiera seguirle que “se niegue a sí mismo y cargue con su cruz”. Será al final del camino cuando descubramos la plenitud de la gloria. Pero el evangelio, que nos presenta la pasión como el camino de la resurrección,  nos anuncia que la vida estará llena de destellos de esa gloria esperada, que es necesario detenerse para contemplarlos y para dejarse habitar por su gozo, su quietud, su paz, su gusto. Estamos llamados a comer los destellos de gloria, los trozos de pan resucitado  que el Padre nos da para que no decaigamos  y nos sirvan en los momentos de desmayo en la vida. Esos destellos no están el relámpago ni en el terremoto, posiblemente estén en las cosas de cada día, en las personas  que nos rodean y sobre todo en nosotros mismos y en nuestro interior. Es necesario estar vigilantes en lo ordinario para sentir y alimentarnos de lo extraordinario que ahí se encierra. Lo cristianos vivimos porque comulgamos el pan de la gloria, el cuerpo de Cristo resucitado y glorioso, lo veneramos y adoramos en la Eucaristía donde se nos hace realmente presente en el pan, pero lo vislumbramos y lo tocamos en el quehacer de la historia donde su Espíritu de resurrección  está actuando permanentemente mucho más allá de nosotros mismos y de todos nuestros controles. La tarea está clara, cada día podemos entrar en los clavos   sanados y sanantes de  Cristo en la humanidad, en su lanzada resucitadora y vivificante para los ahogados y excluidos de la historia  y de la vida, para los crucificados de hoy. Los excluidos y los desesperanzados ya tienen valedor, porque Dios en Cristo se ha identificado con ellos y ahora lo que se haga a cualquiera de ellos se le está haciendo al mismísimo Dios. Es por ellos por donde nos puede venir la salvación y la realización más plena en nuestra vocación humana: “Venid vosotros, benditos de mi Padre”. A este título nos sentimos llamados para ser glorificados junto con El y toda la humanidad, sin exclusión ni desesperanza alguna.

José Moreno Losada.

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