Blog del director Papa Francisco Rincón Litúrgico Santa María Virgen

Las oraciones del Papa Francisco a la Inmaculada (2013 a 2018) ACTUALIZADO

Las oraciones del Papa Francisco ante la Inmaculada (2013 a 2018) ACTUALIZADO

Oh, María Inmaculada, necesitamos tu mirada, tu corazón, tus manos y tus pies inmaculados

Todos los años, los papas acuden, en torno a las cuatro de la tarde, a la Plaza de España de Roma para presentar una ofrenda floral al monumento allí erigido a la Inmaculada y para rezar una oración. Estas son las ya seis oraciones hasta ahora pronunciadas por el Papa Francisco en este lugar y en esta fiesta:

8 de diciembre de 2018

Madre Inmaculada, en el día de tu fiesta, tan querida por el pueblo cristiano,

Vengo a rendirte un homenaje en el corazón de Roma.

En mi corazón traigo a los fieles de esta Iglesia.

y todos los que viven en esta ciudad, especialmente los enfermos.

y cuántos por diferentes situaciones les cuesta salir adelante.

En primer lugar, queremos agradecerte

por el cuidado maternal con  que nos acompañas en nuestro camino:

¡Cuántas veces oímos, con lágrimas en los ojos, a aquellos que han experimentado tu intercesión por las gracias que pides por nosotros a tu Hijo Jesús!

También pienso en una gracia ordinaria que das a las personas que viven en Roma:

la de afrontar los inconvenientes de la vida cotidiana con paciencia.

Pero por eso te pedimos la fuerza de no resignarnos,

de hacer cada día cada uno lo que esté de nuestra parte para mejorar las cosas,

que mediante el esfuerzo de todos y cada uno

Roma sea cada más bella y habitable para todos,

para que el deber bien hecho de cada uno asegure los derechos de todos.

Y pensando en el bien común de esta ciudad,

te pedimos por aquellos que ocupan mayores responsabilidades.

Te rogamos por su sabiduría, previsión, espíritu de servicio y colaboración.

Santa Virgen,

quisiera confiarte en modo particular a los sacerdotes de esta diócesis:

los párrocos, los vicepárrocos, los sacerdotes ancianos que con el corazón de pastores continúan trabajando por el pueblo de Dios,

Por los tantos sacerdotes estudiantes de todo el mundo que colaboran en las parroquias.

Por todos ellos te pido la dulce alegría de evangelizar

y el don de ser padres, cercanos al pueblo, misericordiosos.

A ti, Mujer, consagrada a Dios, confío a las mujeres consagradas en la vida religiosa y en la vida secular, que gracias a Dios en Roma hay tantas, más que en cualquier otra ciudad del mundo, y forman un hermoso mosaico de nacionalidades y culturas.

Por ellas, te pido la alegría de ser, como Tú, esposas y madres,

Fecundas en la oración, en la caridad, en la compasión.

Oh Madre de Jesús, Una última cosa te pido, en esta época de Adviento, pensando en los días en que Tú y José estaban ansiosos por el inminente nacimiento de vuestro hijo, preocupados porque estaba el censo y también porque tenían que abandonar vuestro pueblo, Nazaret, e ir a Belén. Sabes lo que significa llevar en el seno la vida y sentir a tu alrededor la indiferencia, el rechazo, a veces el desprecio.

Por ello, te pido que estés cercana a las familias que hoy

en Roma, en Italia, en el mundo entero viven situaciones similares

para que no sean abandonadas a sí mismas, sino tuteladas en todos sus derechos,

derechos humanos que van antes que cualquier, exigencia,

por muy legítima que sea.

¡Oh María Inmaculada,

amanecer de la esperanza en el horizonte de la humanidad!

Vela por esta ciudad,

en los hogares, las escuelas, las oficinas, los comercios,

en las fábricas, hospitales, cárceles;

que no falte en ninguna parte lo que Roma tiene más preciado,

y que conserva para el mundo entero, el testamento de Jesús:

“Amaos como yo os he amado” (cf. Jn 13, 34). Amén.

8 de diciembre de 2017

Madre Inmaculada,
por quinta vez vengo a tus pies como Obispo de Roma,
para rendirte homenaje en nombre de todos los habitantes de esta ciudad.
Queremos agradecerte el cuidado constante con que acompañas nuestro camino,
el camino de las familias, de las parroquias, de las comunidades religiosas;
el camino de aquellos que todos los días, a veces con fatiga, pasan por Roma para ir al trabajo;
de los enfermos, de los ancianos, de todos los pobres,
de tantas personas que emigraron aquí desde tierras de guerra y hambre.
Gracias porque apenas te dirigimos un pensamiento, una mirada o un Ave María fugaz,
sentimos siempre tu presencia tierna y fuerte.

¡Oh Madre, ayuda a esta ciudad a desarrollar los «anticuerpos» contra algunos virus de nuestros tiempos:
la indiferencia, que dice: «no me concierne»,
la mala educación cívica que desprecia el bien común,
el miedo al diferente y al extranjero;
el conformismo disfrazado de transgresión,
la hipocresía de acusar a los otros mientras se hacen las mismas cosas;
la resignación a la degradación ambiental y ética;
la explotación de tantos hombres y mujeres.
Ayúdanos a rechazar estos y otros virus con los anticuerpos
que provienen del Evangelio.
Haz que tomemos la buena costumbre
de leer todos los días un pasaje del Evangelio
y, siguiendo tu ejemplo, custodiemos la Palabra en el corazón,
para que como buena semilla dé frutos en nuestras vidas.

Virgen Inmaculada,
hace 175 años, a poca distancia de aquí,
en la iglesia de San Andrea delle Fratte,
tocaste el corazón de Alfonso Ratisbonne, que en ese momento,
de ateo y enemigo de la Iglesia pasó a ser cristiano.
A él te mostraste como una Madre de gracia y de misericordia.
Concédenos también a nosotros, especialmente en las pruebas y en las tentaciones,
fijar la mirada en tus manos abiertas
que dejan caer sobre la tierra las gracias del Señor,
y despojarnos de toda arrogancia orgullosa,
para reconocernos como verdaderamente somos:
pequeños y pobres pecadores, pero siempre hijos tuyos.
Y así poner nuestra mano en la tuya
para dejarnos reconducir a Jesús, nuestro hermano y salvador,
y al Padre Celestial, que nunca se cansa de esperarnos ni de perdonarnos cuando regresamos a Él.

¡Gracias, Oh Madre, porque siempre nos escuchas!
Bendice a la Iglesia que está en Roma,
bendice a esta ciudad y al mundo entero. Amén.

 

8 de diciembre de 2016

Oh María, nuestra Madre Inmaculada,
en el día de tu fiesta vengo a ti, y no vengo solo:
Traigo conmigo a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado,
en esta ciudad de Roma y en el mundo entero,
para que tú los bendigas y los salves de los peligros.

Te traigo, Madre, a los niños,
especialmente aquellos solos, abandonados,
que por ese motivo son engañados y explotados.

Te traigo, Madre, a las familias,
que llevan adelante la vida y la sociedad
con su compromiso cotidiano y escondido;
en modo particular a las familias que tienen más dificultades
por tantos problemas internos y externos.

Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
y te encomiendo especialmente a quien, por necesidad,
se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno
y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo.

Necesitamos tu mirada inmaculada,
para recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas
con respeto y reconocimiento
sin intereses egoístas o hipocresías.

Necesitamos de tu corazón inmaculado,
para amar en modo gratuito
sin segundos fines, sino buscando el bien del otro,
con sencillez y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes.

Necesitamos tus manos inmaculadas,
para acariciar con ternura,
para tocar la carne de Jesús
en los hermanos pobres, enfermos, despreciados,
para levantar a los que se han caído y sostener a quien vacila.

Necesitamos de tus pies inmaculados,
para ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso,
para caminar por los senderos de quien se ha perdido,
para ir a encontrar a las personas solas.

Te agradecemos, oh Madre, porque al mostrarte a nosotros libre de toda mancha de pecado,
nos recuerdas que ante todo está la gracia de Dios,
está el amor de Jesucristo que dio su vida por nosotros,
está la fortaleza del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.
Haz que no cedamos al desánimo,
sino que, confiando en tu ayuda constante,
trabajemos duro para renovarnos a nosotros mismos,
a esta ciudad y al mundo entero.

¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!

8 de diciembre de 2015

Virgen María,
en este día de fiesta por tu Inmaculada Concepción
vengo a presentarte el homenaje de fe y de amor del pueblo santo de Dios que vive en esta ciudad y diócesis.
Vengo en nombre de las familias, con sus alegrías y fatigas;
de los niños y de los jóvenes, abiertos a la vida;
de los ancianos, llenos de años y de experiencia;
de modo especial vengo ante ti de parte de los enfermos, de los encarcelados, de quienes sienten más difícil el camino.
Como Pastor vengo también en nombre de cuantos han llegado desde tierras lejanas en búsqueda de paz y de trabajo.

Bajo tu manto hay lugar para todos, porque tú eres la Madre de la Misericordia.
Tu corazón está lleno de ternura hacia todos tus hijos:
la ternura de Dios, que en ti se ha encarnado y se ha hecho nuestro hermano, Jesús, Salvador de todo hombre y de toda mujer.
Mirándote, Madre nuestra Inmaculada, reconocemos la victoria de la divina Misericordia sobre el pecado y sobre todas sus consecuencias;
y se enciende de nuevo en nosotros la esperanza de una vida mejor, libre de la esclavitud, rencores y miedos.

Hoy, aquí, en el corazón de Roma, sentimos tu voz de madre
que llama a todos a ponerse en camino hacia esa Puerta, que representa a Cristo.
Tú dices a todos: «Venid, acercaos confiados; entrad y recibiréis el don de la Misericordia;
no tened miedo, no sintáis vergüenza: el Padre os espera con los brazos abiertos para daros su perdón y acogeros en su casa.
Venid todos a la fuente de la paz y de la alegría».

Te agradecemos, Madre Inmaculada, porque en este camino de reconciliación tú no nos dejas caminar solos, sino que nos acompañas, estás cerca de nosotros y nos sostienes en toda dificultad.
Que tú seas bendita, ahora y siempre, Madre. Amén.

8 de diciembre de 2014

Oh María, Madre nuestra,
hoy el pueblo de Dio en fiesta
te venera Inmaculada,
preservada desde siempre del contagio del pecado.

Acoge el homenaje que te ofrezco en nombre de la Iglesia que está en Roma y en todo el mundo.

Saber que Tú, que eres nuestra Madre, estás totalmente libre del pecado nos da gran consuelo.

Saber que sobre ti el mal no tiene poder, nos llena de esperanza y de fortaleza en la lucha cotidiana que nosotros debemos mantener contra las amenazas del maligno.

Pero en esta lucha no estamos solos, no somos huérfanos, porque Jesús, antes de morir en la cruz, te entregó a nosotros como Madre.

Nosotros, por lo tanto, incluso siendo pecadores, somos tus hijos, hijos de la Inmaculada, llamados a esa santidad que resplandece en Ti por gracia de Dios desde el inicio.

Animados por esta esperanza, hoy invocamos tu maternal protección para nosotros, para nuestras familias, para esta ciudad, para todo el mundo.

Que el poder del amor de Dios, que te preservó del pecado original, por tu intercesión libre a la humanidad de toda esclavitud espiritual y material, y haga vencer, en los corazones y en los acontecimientos, el designio de salvación de Dios.

Haz que también en nosotros, tus hijos, la gracia prevalezca sobre el orgullo y podamos llegar a ser misericordiosos como es misericordioso nuestro Padre celestial.

En este tiempo que nos conduce a la fiesta del Nacimiento de Jesús, enséñanos a ir a contracorriente: a despojarnos, a abajarnos, a donarnos, a escuchar, a hacer silencio, a descentrarnos de nosotros mismos, para dejar espacio a la belleza de Dios, fuente de la verdadera alegría.

Oh Madre nuestra Inmaculada, ¡ruega por nosotros!

8 de diciembre de 2013

Virgen Santa e Inmaculada,
a Ti, que eres el orgullo de nuestro pueblo
y el amparo maternal de nuestra ciudad,
nos acogemos con confianza y amor.

Eres toda belleza, María.
En Ti no hay mancha de pecado.

Renueva en nosotros el deseo de ser santos:
que en nuestras palabras resplandezca la verdad,
que nuestras obras sean un canto a la caridad,
que en nuestro cuerpo y en nuestro corazón brillen la pureza y la castidad,
que en nuestra vida se refleje el esplendor del Evangelio.

Eres toda belleza, María.
En Ti se hizo carne la Palabra de Dios.

Ayúdanos a estar siempre atentos a la voz del Señor:
que no seamos sordos al grito de los pobres,
que el sufrimiento de los enfermos y de los oprimidos no nos encuentre distraídos,
que la soledad de los ancianos y la indefensión de los niños no nos dejen indiferentes,
que amemos y respetemos siempre la vida humana.

Eres toda belleza, María.
En Ti vemos la alegría completa de la vida dichosa con Dios.

Haz que nunca perdamos el rumbo en este mundo:
que la luz de la fe ilumine nuestra vida,
que la fuerza consoladora de la esperanza dirija nuestros pasos,
que el ardor entusiasta del amor inflame nuestro corazón,
que nuestros ojos estén fijos en el Señor, fuente de la verdadera alegría.

Eres toda belleza, María.
Escucha nuestra oración, atiende a nuestra súplica:
que el amor misericordioso de Dios en Jesús nos seduzca,
que la belleza divina nos salve, a nosotros, a nuestra ciudad y al mundo entero.

Amén.

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