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Las nuevas elecciones en España apremian a la responsabilidad y al bien común – editorial ECCLESIA

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Las nuevas elecciones en España apremian  a la responsabilidad y al bien común – editorial ECCLESIA

En nuestro Editorial del 26 de diciembre, tras las últimas elecciones generales, afirmábamos, en sus últimas líneas, que “todos deben servir al bien común, que es lo verdaderamente importante y prioritario y que en España lo conforman también valores transcendentes ligados a la tradición católica” (ecclesia, número 3.811, página 5). Antes y tras desglosar y analizar esencialmente los resultados del 20-D, urgimos al diálogo, a la generosidad y al responsabilidad en aras a que la fragmentación electoral derivada de las urnas no llevara a España a la ingobernabilidad (o la gobernabilidad en precario y hasta indebida), sino al encuentro de soluciones que pudieran favorecer la estabilidad y la acometida de las distintas soluciones que los problemas de los españoles demandan. Y todo ello desde el respeto a los legítimos resultados de las urnas y a los intereses generales de los españoles.

Tras más de cuatro meses desde aquella cita electoral y, como algunos intuimos desde el primer momento, a la luz de la complicada aritmética precisa, y habida cuenta de las posiciones previas de algunos de los principales líderes políticos, España se halla ya inmersa en un nuevo proceso electoral, con comicios generales el domingo 26 de junio. Y ante esta realidad, creemos que lo importante ahora ya no es la imputación de responsabilidades –cada partido político deberá asumir las suyas y los ciudadanos somos conscientes de lo que ha pasado y por qué ha pasado-, sino regenerar, no de palabra, sino de obra, los usos y costumbres auténticamente democráticos y, frente a los intereses particulares y partidistas, anteponer  siempre el bien común.

Desde estos principios, pensamos que la campaña electoral en la que, más allá de tecnicismos, nos hallamos ya, deberá caracterizarse por la austeridad, auspiciada por el mismo Rey Felipe VI, por la responsabilidad y por la toma de conciencia de que, tras el 26-J,  España no puede volver a vivir una situación como la que nos ha llevado hasta esta nueva convocatoria electoral. España, en efecto, necesita un Gobierno estable y sólido y no puede prolongar por más tiempo la provisionalidad, que, en el mejor de casos, no se logrará hasta finales de julio (ocho meses, pues, tras las anteriores elecciones).

España no puede seguir asistiendo, como han reclamado y hasta denunciado nuestros obispos en distintas ocasiones (ecclesia, números 3.815, 3.818, 3.821, 3.825-26, 3.827, 3.828 y 3.829,  páginas 5, 9, 5, 5, 6, 9 y 9, respectivamente), a la incomunicación permanente y hasta animadversión pública entre los principales líderes políticos y  a sus vetos sistemáticos. España no puede demorar los esfuerzos conducentes a  intentar solucionar su grave problema de desempleo y otras muchas de sus deficiencias en política social, solidaria y de bienestar para todos, especialmente para los más necesitados, que siguen siendo muchos.

Creemos, asimismo, que es de justicia y de sentido común reclamar una campaña electoral en la que no se utilicen descalificaciones personales, ni se enconen los ánimos, ni se fomenten los frentismos y las sombras de la división y de la exclusión. Necesitamos también una campaña electoral en la que la íntegra realidad territorial de España sea abordada con serenidad, sensatez, respeto a las leyes y búsqueda de soluciones viables. E igualmente necesitamos una campaña electoral en la que, por favor, no se mal emplee a la Iglesia católica –y todo lo que ella significa- como recurrente y cansino argumento de debate, confrontación, demagogia y hasta mentira.

Repetir unas elecciones generales no es nunca un escenario ideal, pero tampoco es un drama. En otros países, como Italia, Bélgica y otros países nórdicos, ha sucedido y sucede con cierta normalidad y hasta frecuencia. Lo que sería un drama –y una vergüenza- es no haber aprendido de estos más de cuatro meses y de toda su panoplia de escenificación, sobreactuación, parálisis, ambición personal y esterilidad.

Por todo ello, las nuevas elecciones y la inexcusable conformación, a la vista de sus resultados, por complicados que estos pudieran ser, de un Gobierno estable y sólido exigen, apremian responsabilidad. Una responsabilidad que interpela tanto a los partidos políticos y a sus líderes, como a los ciudadanos y a los creadores y difusores de opinión pública. Las fuerzas políticas deben decirnos clara y sinceramente cuáles son sus proyectos de hipotético pacto futuro. Y los ciudadanos hemos de votar con redoblado sentido de la responsabilidad.

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