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Las Hermanas Trinitarias de Madrid celebran el martes 15 la partida de su fundadora, Madre Mariana

Las Hermanas Trinitarias de Madrid celebran el martes 15 la partida de su fundadora, Madre Mariana

María Ana Allsopp, sor Mariana de la Santísima Trinidad, fue elegida por Dios para colaborar con él en su misión redentora y liberadora. Fundó junto al Padre Méndez el Instituto de Hermanas Trinitarias para que se dedicara a la acogida, liberación y promoción de la juventud más necesitada. Ella es en la Iglesia, y para cuantos llegan a conocerla, como “un faro que en medio del mar hace comprender al navegante su ruta” (Madre Mariana, Cartas)

En la vida de Sor Mariana, desde su niñez hasta su vocación definitiva, encontramos episodios reveladores de su gran destino; también encontramos abundantes ejemplos de una capacidad intuitiva que la presentaban por encima de las habituales preocupaciones de la gente de su tiempo. Todos los que con ella se relacionaban quedaban admirados de sus hechos y dichos que parecían dictados directamente por Dios. De ahí su serena sonrisa y bondadosa mirada, con la que cautivaba lo mismo a gente sencilla que a gente culta.

María Ana profesó el día 14 de mayo de 1890 con el nombre de Sor Mariana de la Santísima Trinidad. El cambio de nombre era un signo de la nueva vida que comenzaba, en la que la persona que es consagrada para Dios, experimenta como un nuevo nacimiento.

Su vida va a estar ya siempre ligada a Dios Trinidad, a quien se le ha entregado para que haga con ella una puerta por la que puedan encontrar a verdad de sus vidas las jóvenes que andan perdidas por el mundo. Ellas también se merecen la oportunidad de comenzar de nuevo.
Pudiendo disfrutar de una vida cómoda, por su origen, cultura y posición social, Mariana prefiere seguir a Jesucristo, sirviéndole en las jóvenes y mujeres necesitadas.

Preparada por Dios para llevar adelante la obra que le confía, emprende la aventura, junto a las hermanas que Dios le va dando, de abrir una casa donde puedan ser acogidas las jóvenes y mujeres necesitadas.
En sus visitas a los hospitales y cárceles, Mariana percibe lo importante que es la experiencia de un hogar, al que tengan acceso a la cultura y que aprendan un oficio. Se afana sin descanso por hacer que en todas las casas de la Congregación se cuiden estos tres aspectos.

El día 2 de febrero de 1 885 María Ana inicia la nueva fundación dirigida por el Padre Francisco Méndez junto a cinco jóvenes más. Nacen entonces las Hermanas Trinitarias, cuya vida va a estar consagrada totalmente a Dios Trinidad, y dedicada sin condiciones a la juventud y mujer necesitada.
Las primeras trinitarias contemplan una realidad compleja que está llena de engaños en los que caen las jóvenes más débiles. La mayoría de las veces es porque no hubo quién las orientara, o pidieron ayuda y no se la dieron, porque encontraron todas las puertas cerradas o nadie les dijo que existía otra manera de vivir. Ellas ven que la solución está en levantarlas cuando han caído y evitar que caigan cuando están en peligro.
«Cierto día, el Padre Méndez nos trajo una rama de geranio completamente destrozada, para que viéramos como aquella rama, marchita y despreciada por los transeúntes en medio de la calle, si la poníamos en un tiesto y la cuidábamos con esmero, revivirá. De la misma manera, los jóvenes saldrán adelante, con el esmero, la dedicación y cuidado de las HERMANAS TRINITARIAS»

La nueva fundación trata de dar respuesta a la condición indigna en que viven muchas jóvenes abandonadas hasta de las gentes dedicadas a la piedad, para darles la oportunidad que están esperando.
Para Mariana, toda persona merece una oportunidad, pero más la necesitan aquellos en quienes pocos confían. A la juventud, en general, se le exige mucho, y sólo se suele confiar en quienes demuestran lo que valen.

Las Trinitarias han de mirar a la juventud con otros ojos, de manera que su apuesta ha de ser incondicional. Es una apuesta que siempre confía en sus posibilidades, y además provee su desarrollo.
Pero la juventud es aún más necesitada cuando además de joven es pobre y mujer En esas circunstancias es necesario arriesgar lo que haga falta, para que quienes más lo necesitan, tengan su oportunidad.

«¿Hay nada más hermoso y consolador que dedicar nuestra vida, nuestra salud, y todo cuanto tenemos al servicio de la humanidad pobre, abandonada de todos, tan necesitada?. abramos las puertas de nuestras Casas de día y de noche y abramos sobretodo la puerta de nuestro corazón. ¡Que todas las que lo necesiten encuentren abiertas nuestras puerta. Y cuando el temor nos asalte, recordemos que el marinero cifra su esperanza en su barquilla, el militar en sus armas ¿Y la Trinitaria, no ha de fijar su irada en su Dios?»

Un nuevo camino de evangelio abre una puerta de esperanza para muchas jóvenes mujeres a las que la sociedad cerraba sus puertas. El carisma está impregnado de misericordia y ternura, confianza y caridad. Es como entiende el padre Méndez, Madre Mariana, y las primeras trinitarias, que han de encarnar en el mundo la redención de Jesucristo.
Él pasó por el mundo haciendo el bien a todos, redimiendo y liberando a las personas que eran rechazadas socialmente, amando con clara preferencia a los pobres y a los pecadores, y entregando su vida para la salvación de todos.

Dios Padre envía a su Hijo al mundo para salvar lo que estaba perdido. El Espíritu lleva a plenitud la salvación de Jesucristo, y envía a heraldos de Jesucristo que actualicen y prolonguen en los nuevos tiempos, el Plan de salvación de Dios Trinidad.
El nuevo camino de Evangelio ha de llevar la salvación de Jesús, redimiendo y liberando, como su Maestro, a las jóvenes y mujeres necesitadas que se encuentren en su camino.

Todas las obras trinitarias serán expresión de la pasión de Dios por salvar a todos: desde la creación de verdaderos hogares familiares en los que se acoge, se da cobijo pan y vestido, trabajo y cultura, se les enseña la doctrina y el arte de ser feliz, hasta las grandes empresas que llegan a crear: fábricas de chocolates o de jabones, y talleres de bordados e imprentas.

Madre Mariana dirigió y animó el Instituto con gran prudencia y discreción, con amor y dedicación a las Hermanas y jóvenes. Amó entrañablemente a todas las personas, comprendiendo a los de corazón duro y rezando para que encontraran la luz que les liberara. Tenía una especial sensibilidad por la unidad de todas las personas, y predicaba la comunión de todos con sus palabras y con su vida.

Fallece el día 15 de marzo de 1933, con plena lucidez, con paz y serenidad de espíritu, como había vivido, y con la mirada fija en el cuadro de La Virgen del Buen Consejo que tenía frente a su cama.

Mariana, profundamente arraigada en su propio tiempo, sigue a Cristo vivo, que es el mismo ayer, hoy y siempre, y lo anuncia con su vida como respuesta definitiva para la humanidad, sea cual sea su condición, y en cualquier situación que se encuentre.
Ella responde de un modo muy especial a las necesidades de los jóvenes, y sobre todo a la necesidad de penetrar en sus realidades cotidianas y vivirlas repletas de sentido.

Fray José Borja.

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