Opinión

Las Candelas, por José-Román Flecha Andrés

El día de las Candelas era un día de fiesta grande en Palazuelo de Órbigo. Aquella imagen de María con el Niño en su regazo era la patrona del pueblo. Por cierto, ¿dónde habrá ido a parar aquella hermosa imagen? Los mayores del pueblo se sienten huérfanos sin ella. Los chiquillos –o los rapaces, que así nos llamaban- esperábamos con gusto aquella fiesta. Don Pedro, el cura, venía de Gavilanes más pronto que otros días. Ubaldo, el campanero, ya nos esperaba en la torre coronada por el nido de cigüeñas. Ya lo decía el refrán: “Por San Blas, la cigüeña verás; y si no la vieres, año de bienes”.

José-Román Flecha Andrés

Felipe y Micaela, Saúl y yo llegabamos aupados a nuestras madreñas y envueltos en una bufanda que apenas nos libraba de los fríos de febrero. Los hombres se defendían con sus pellizas y las mujeres con sus mantones.

Junto al altar de San Blas, engalanado ya para la celebración de su fiesta, el día siguiente, nos entregaban una vela y con ellas encendidas y pasando frente a los portones de Beatriz,  íbamos en breve procesión en torno a la iglesia. Sólo queda de ella la torre de piedra. Y nuestra memoria dolorida, que se alarga en nostalgia de versos y plegarias, con el recuerdo de alguna que otra travesura.

Era el día de las Candelas. Bernardo y Don Gabriel cantaban la misa desde el coro. Don Pedro interrumpía sus latines para explicarnos que a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, la Virgen María y san José habían acudido a presentar al Niño en el Templo.

Y añadía para asombro nuestro que, sin llevar señal alguna, aquel Niño había sido reconocido por dos ancianos, que se llamaban Simeon y Ana. Parece que en el pueblo nadie llevaba aquellos nombres.

Los chicos creíamos que no había necesidad de hacer fiesta por aquel encuentro de otros tiempos. Estábamos convencidos de que era fiesta porque teníamos allí a la patrona del pueblo. Era el día de las Candelas, y ya estaba. Después había música de flauta y tamboril en las Eras de Abajo. Y Ángela venía de Turcia a vender sus caramelos y aquellas obleas que tenían unos piñones con una gota de miel.

Habían de pasar un gran dolor y algunos años para que llegara a entender el sentido de aquella fiesta, lejos ya del pueblo, de la torre de las cigüeñas y del campaneo de Ubaldo.

Para entonces ya era tiempo de entender que la fiesta de las Candelas recordaba la presentación de Jesús en el templo. Aquel hecho era como el gozne sobre el que giraba la historia. De la ley de Moisés y sus preceptos, se pasaba a los avisos del Espíritu, que inspiraba a aquellos ancianos de Jerusalén.

Y las velas con las que procesionábamos en torno a la iglesia, pasaron a recordar a Jesucristo, al que el viejo Simeón reconocía como “luz que venía para alumbrar a las naciones y como gloria de su pueblo Israel”. Han pasado muchos años. Y esperamos que así sea.

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