Editoriales Ecclesia

Las “armas” y las propuestas para la paz del Papa Francisco en Egipto – editorial Ecclesia

Las “armas” y las propuestas para la paz del Papa Francisco en Egipto – editorial Ecclesia

El viaje más difícil de Francisco, que glosábamos la pasada semana, ha resultado ser uno de los más hermosos y emblemáticos del actual Papa. Le han bastado 27 horas, intensas, apasionantes y hasta emocionantes 27 horas, para sembrar paz y esperanza a raudales (ver páginas 33 y 34). Y aunque será el tiempo, como siempre, el que dicte la última palabra, bien podemos decir que el objetivo principal se ha cumplido.

¿Cuál era este, el objetivo principal, en un viaje marcado por tres claras dimensiones: encuentro y diálogo con el islam, empuje a la unidad de los cristianos y visita a la pequeña y heroica grey católica? Sin duda y sin minusvalorar, ni mucho menos, los otros dos aspectos, el encuentro y el diálogo con el islam y desde él el servicio a la paz.

Por ello, en este Editorial de hoy, centraremos nuestra reflexión en el primer discurso de Francisco, el que pronunció recién llegado a El Cairo en el Auditorio de la universidad-mezquita de Al-Azhar, en el marco de una conferencia internacional para la paz, que se celebró aquellos días en la capital egipcia.

En su espléndida intervención, Francisco, provisto de la sencillez y cercanía evangélicas que tanto impresionan e interpelan y que le caracterizan, trazó cuatro grandes caminos y propuestas para la paz, la primera de las cuales es la educación. Y es que, afirmó, “no habrá paz sin una adecuada educación de las jóvenes generaciones. Y no habrá una adecuada educación para los jóvenes de hoy –añadió- si la formación que se les ofrece no es conforme a la naturaleza del hombre, que es un ser abierto y relacional”. Una educación que es la base del desarrollo integral de la persona humana y por ello de la justicia social y la premisa imprescindible para una mejor humanidad de bien. Una educación que dota de la sabiduría que “se centra en la dignidad del hombre, valioso a los ojos de Dios, y en una ética que sea digna del hombre, rechazando el miedo al otro y el temor de conocer a través de los medios con los que el Creador lo ha dotado”.

El diálogo, desde el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones, fue su segunda gran propuesta. En el actual contexto mundial, mientras Occidente parece renegar o, al menos, olvidar y orillar a Dios, y en Oriente algunos utilizan su santo nombre para imponer sus creencias, incluso mediante la violencia, la destrucción y la muerte, “en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas”. Porque la “única alternativa a la barbarie del conflicto –subrayó- es la cultura del encuentro”.

Una cultura del encuentro, de la fraternidad y de la solidaridad que servirá asimismo –añadimos nosotros- para hacer despertar y reaccionar a quienes viven sumergidos en la apostasía silenciosa de Dios.

Es una cultura del encuentro que halla asimismo referente en lo que Francisco denominó  en Al-Azhar el “Monte de la Alianza”, en evocación al Sinaí, y que nos recuerda, en primer lugar, que “una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios”.

Educación, diálogo encuentro y la verdad de la religión, esta como cuarta aportación del Papa. ¿Qué queremos transmitir con esta frase de la verdad de la religión? Que la religión es buena, es necesaria, responde a la naturaleza humana y que “no es el problema, sino parte de la solución”. No hay religión que no deba ser religión de paz y para la paz. “La violencia, de hecho, es la negación de toda auténtica religiosidad”. Y “como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad”. “Solo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre”. “¡Cuánto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo!”. Y “la religión no solo está llamada a desenmascarar el mal, sino que lleva en sí misma la vocación a promover la paz”, construyéndola de modo perseverante, cotidiano y artesanal.

 

Print Friendly, PDF & Email