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Opinión

Las aristas de la entrevista del Papa, por Roberto Esteban Duque

Las aristas de la entrevista del Papa, por Roberto Esteban Duque

Quizá la premura de la habitual columna semanal haya sido el detonante principal del exabrupto de Juan Manuel de Prada en su artículo “Los nidos de antaño”, publicado el  pasado sábado día 21 en el diario ABC, donde se eclipsa de un modo inopinado su contrastada mirada de amor hacia la Iglesia.

El escritor De Prada, con motivo de la entrevista que el Papa Francisco concedió este verano al también jesuita Antonio Spadaro, y donde el Papa parece sentirse escaldado de su pasada fiebre recurrente a moralizar el anuncio del Evangelio, lamenta “haber hecho el canelo durante muchos años” y anuncia con ironía “complacer y halagar al mundo para evitar su condena”.

Se equivoca Juan Manuel al no valorar como conviene la propuesta del Papa Francisco, aparentemente ajeno a la sana contradicción con el espíritu del mundo. Evitar la condena no significa minimizar la fe ni la moral, rebajar las exigencias del Evangelio o contemplar a la Iglesia como una institución neutral más deseable para la sociedad humana. Tampoco se reniega de la tradición ni se comulga por ello con la mentalidad moderna. El Papa no pretende abandonar la dimensión pública de la fe, la necesidad de que la fe informe la vida de los pueblos. Evitar la condena, o mejor dicho, no ponerla en un primer plano, no significa asimilarse al mundo, sino priorizar la misericordia (el anuncio del Evangelio) sobre el juicio de la miseria (el pecado), sin olvidar esto último, que es lo que hizo Jesús.

Esta actitud contestataria no deja de ser preocupante y hasta asume un barniz dramático precisamente al producirse dentro del catolicismo. El declarado objetivo de la contestación no es otro que el principio del papado, la función del mismo Pedro, es decir, el vaciamiento de la Fe. Porque, ¿contra quién embiste De Prada?

Sin duda puede existir, y de hecho existe, una dictadura de la opinión, de los intereses que mueven el mercado y la economía, y donde encajaría bien un cristianismo adaptado a los mudables signos de los tiempos. Llegado este punto, sólo es posible la resistencia. La fe no busca el conflicto, sino el ámbito de la libertad. Pero no puede dejarse moldear y reformular en trajes nuevos adaptados a la modernidad. La fe es una fidelidad superior comprometida con Dios, una obediencia primera de nuestro ser al ser mismo de Dios.

Pero semejante escenario no se ha producido sino en quienes veían una Iglesia con Benedicto XVI y ahora ven otra radicalmente distinta con Francisco. Existe una sola y única Iglesia. Existe el deseo de relanzar la acción evangelizadora, pero una renovación en armonía con el ser y la misión de la Iglesia, en continuidad con los fundamentos de la tradición de la fe y de la doctrina católica, en comunión con el Magisterio, actualizando el misterio de Cristo a través de la vida sacramental. El crecimiento sólo será posible en una fe personal vivida en la Iglesia, en una fe eclesial, en la fe de la Iglesia, formando un solo cuerpo, una sola familia, una sola Iglesia unificada por la fe de los apóstoles, anclada en la palabra y el testimonio de Jesús, reunida por el amor.

Al sentirse receptor y responsable de una fe que recibe y transmite, la intención del Concilio era movilizar en actitud misionera todas las energías de la Iglesia para que esta iluminase el mundo. El proyecto fontal del Concilio -anunciar la fe de un modo nuevo, manteniendo la identidad de sus contenidos- fue también la ambiciosa y sugerente propuesta del pensamiento de Ratzinger, el hombre que durante muchos años estuvo encargado de velar por la rectitud de la fe, y la herencia que el actual pontífice Francisco recibe no sólo como un patrimonio formidable sino también como una tarea inexcusable capaz de mostrar la actitud misionera de la Iglesia. El Papa Francisco asume un planteamiento absolutamente “conciliar” cuando se empeña en una Iglesia que gravite hacia la periferia, aunque padezca la contingencia propia de la apertura, frente a una Iglesia narcisista, vivida hacia dentro y con la posibilidad de enfermar, urgida por lo que él mismo ha denominado “la cultura del encuentro”, frente a “la cultura del descarte”. ¿No era este acaso el paso que el Concilio quería señalar, una feliz transición del conservadurismo hacia una actitud misionera?

La renovación, apertura y libertad, propuestas por el Concilio todavía están lejos de  comprenderse en una Iglesia en la que con relativa frecuencia penetra el humo de Satanás. La renovación de la Iglesia sólo es posible dentro de la continuidad del contenido de la fe; la apertura al mundo es una apertura misionera, potenciadora de cuanto hay de grande y de bello en el hombre, imagen de Dios, pero en permanente lucha con un mundo presente en el que domina un espíritu de vanidad y malicia; y la libertad es libertad evangélica, libertad en el Espíritu Santo con el fin de cumplir la misión encomendada por Cristo a su Iglesia, y por extensión a todos nosotros.

Es necesario evitar provocaciones y malentendidos hasta polarizar la atención en las aristas de una entrevista, vivir en la obediencia de la fe y en la comunión con la autoridad y el Magisterio en absoluta fidelidad al hoy de la Iglesia. Al no producirse esta deseable situación espiritual, sólo podemos hablar de una permanente y convulsa crisis de fe auspiciada desde dentro de la misma Iglesia.

Roberto Esteban Duque, Sacerdote y Teólogo

 

 

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