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Lámpara para mis pasos es tu Palabra, Señor, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas

Materiales pastorales bautismos de Jesús

Lámpara para mis pasos es tu Palabra, Señor, por el arzobispo de Burgos, Fidel Herráez Vegas, para el domingo 13 de enero de 2019.

Hemos llegado al final de este tiempo litúrgico que arranca con el Adviento y atraviesa toda la Navidad cristiana. Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que es como una segunda Epifanía, una segunda manifestación de aquel Niño encarnado en nuestra historia, enteramente hombre y enteramente Dios. En estos días hemos recordado que Jesús es la Palabra que acampó entre nosotros: para hablar nuestros lenguajes asumiendo hasta el final la condición humana; y para decirnos con el lenguaje de Dios, con su vida y con su mensaje, qué quiere Dios de nosotros según su plan de salvación y de misericordia. Por eso me ha parecido oportuno que nos acerquemos en la reflexión de hoy a la Palabra de Dios, a la que aludimos tantas veces, para tomar mayor conciencia de la importancia de conocerla mejor, leerla, meditarla, orarla, celebrarla y comunicarla… Sin duda experimentaremos así cada uno lo que dice el salmo 119: «Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105).

Ciertamente, el centro de la revelación divina está en el acontecimiento de Cristo; este proyecto de diálogo amoroso de Dios con nosotros se ha plasmado de muchos modos a lo largo de la historia de la salvación. Pero, como se afirma en la Carta a los Hebreos: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Heb 1,1-2). Jesús de Nazaret va anunciándonos, con obras y palabras, el Reino de Dios. Y será en el misterio pascual cuando resplandezca plenamente la Palabra que ilumina a todo hombre, la luz verdadera que necesita toda persona, porque Él es la luz del mundo (cf. Jn 8,12).

Jesucristo, Palabra encarnada, es todo lo que Dios nos quiere decir. Lo que Dios quiere que vivamos y seamos. Jesús es el Hijo amado en quien el Padre se complace, leemos en el Evangelio de hoy. Ser cristiano quiere decir ser seguidor de Jesús, de su vida y de sus enseñanzas, de su Palabra, del Evangelio. La celebración litúrgica es el ámbito privilegiado en el que Dios habla en nuestra vida, habla hoy a su pueblo, que escucha y responde. La Palabra de Dios viene desplegada en el tiempo siguiendo el ritmo litúrgico en la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Cada uno de nosotros estamos invitados a escuchar, a acoger y a entrar en diálogo con la Palabra de Dios, por el Espíritu Santo. Qué importante es que nosotros busquemos, leamos, meditemos, oremos y contemplemos textos de la Palabra que nos ayuden a rezar, que nos enseñen a poner nuestra vida cristiana, como en un espejo, ante el Evangelio, que nos ayuden a vivir como Jesús, para Dios y para los demás y que vayan aumentando la alegría de la fe para comunicarla: porque «la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo» (Rom 10,17).

El Papa Francisco, en una de las audiencia semanales, hablaba además de la importancia de la lectura-meditación del Evangelio/Palabra de Dios, individuamente o en familia; e incluso invitaba a los cristianos a llevar el Evangelio consigo, como se lleva actualmente un teléfono móvil del que no se sabe prescindir… «Porque el Evangelio, decía, es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y mensajeros de la Palabra de Dios».

Nuestro Plan Pastoral nos prepara para ser «discípulos misioneros». El Evangelio, Palabra de Dios, nos urge en ese doble sentido: vivirlo y anunciarlo. Todos nosotros somos miembros de la Iglesia. Y la Iglesia no ha de vivir de sí misma, sino de la buena noticia del Evangelio; ahí es donde encuentra siempre de nuevo la luz que la orienta en su camino. La Iglesia ha de situarse como la oyente de la Palabra y, afianzada en la meditación de la misma, ha de anunciarla y ser luz del mundo: «Ay de mí si no anuncio el Evangelio» (1Cor 9,16). Un anuncio explícito respaldado por el testimonio vivo de los cristianos, pues Dios viene a las personas por el encuentro con testigos que hacen presente, viva, atractiva y creíble la buena noticia del Evangelio.

En orden a la evangelización, la Exhortación Apostólica «La alegría del Evangelio» abunda en la necesidad de profundizar y apoyarse en la Palabra de Dios y nos insiste en que «toda evangelización está fundada sobre ella, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de evangelización. Por lo tanto, hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra. La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar». Y nos invita a buscar cauces personales y comunitarios para desarrollar «un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria…» (EG 174-175).

Leer y meditar con más frecuencia el Evangelio… sugiero que podría ser un bello propósito de comienzos de año. Que Nuestra Señora nos enseñe a guardar la Palabra de Dios en el corazón y a responder como Ella: «HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA» (Lc 1,38).

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