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La violencia contra las mujeres exige reprobación y autocrítica – editorial Ecclesia

La violencia contra las mujeres  exige reprobación y autocrítica 

         El año 2015 concluyó en España con el trágico e inadmisible saldo de 57 víctimas de la denominada violencia de género, de la violencia asesina contra las mujeres en el ámbito –en sentido genérico y amplio- del hogar. Esta espeluznante cifra es superior a la de los últimos años. Asimismo, el teléfono 016 contra la violencia de género, uno de los instrumentos para combatir los malos tratos contra la mujer y que es gratuito y no deja rastro en la factura, obtuvo en 2015 el mayor número de llamadas desde que se creó en 2007. Así, el año pasado se cerró con un total de 81.992 llamadas, un 19% de llamadas más que en 2014 y un registro que supera con creces el mayor volumen alcanzado hasta la fecha, el que se produjo al final de 2008 con 74.951 llamadas. Y apenas ha comenzado 2016 y hay ya, cuando redactamos estas líneas, otras cuatro víctimas mortales.

         Esta situación es intolerable, vergonzosa, lacerante. Nada puede justificar la violencia, llámese esta como queramos llamarla. Los asesinatos de las mujeres –y los maltratos de la índole que sean-  a manos de sus maridos, exmaridos, parejas o exparejas –y si se diera el caso inverso, lógicamente también- merecen toda la reprobación legal, penal, moral y social y, por supuesto, que también, incluso más, visto desde la fe cristiana.

         Situaciones de esta naturaleza no admiten justificación alguna, denigran nuestra condición humana y dejan mucho que desear y de esperar de una civilización como la nuestra que tanto se autopavonea de sus logros en materia de derechos, libertades, progreso y bienestar. Y, por ello, situaciones así exigen un serio y hasta severo examen de conciencia que nos lleve a conocer el conjunto de causas que provocan tales desmanes.

         Lejos, en cualquier caso, de la controversia mediática y política, ideologizada y partidista, que este tema suscita en la opinión pública de nuestro país, y aun apoyando todo lo que se viene realizando para erradicar esta lacra, pensamos que difícilmente ninguna medida o ley tendrá la eficacia precisa sin antes ir –como ya quedó indicado antes- a las causas de un fenómeno tan sonrojante y execrable. Por supuesto que no pretendemos tener la «varita mágica» que solucione o que, al menos, palie la situación. Pero estamos convencidos de que los poderes civiles y públicos y la entera sociedad han de afrontar esta gravísima realidad con valentía y lucidez.

         Si todo ha de ser objeto de evaluación, ¿tan difícil es demandar una evaluación, incluso una revisión,  sincera, serena, seria, audaz, valiente, eficaz de las leyes vigentes –como la ley del llamado “divorcio exprés” y también la del aborto- en materia de matrimonio, de familia y de vida?

         A nuestra sociedad le sobran muchas horas de televisión, de cine y de consumo mediático, donde la violencia tantas veces campa por sus respetos, y le faltan otras tantas muchas horas de interiorización, de reflexión, de autocrítica, de sensatez, de espiritualidad y de trascendencia. Nuestra sociedad enaltece y banaliza hasta la saciedad el sexo y sigue cerrando los ojos ante el consumo adictivo y destructivo del alcohol y de sustancias estupefacientes. La verdadera educación en valores como la fidelidad, el perdón, la reconciliación, el esfuerzo, el diálogo, la tolerancia, la escucha y el respeto por la libertad del otro son, en demasía, proclamas propagandísticas, mensajes vacíos y vanos y hasta ciega demagogia.

         Nos falta valentía para discernir y para reconocer si no nos habremos instalado en la cultura del todo vale, del individualismo excluyente, del relativismo, del pragmatismo, del utilitarismo, del hedonismo y del epicureísmo, haciendo del placer y del capricho sus máximas y dogmas incontestables. Insistiendo tanto en la libertad y en los derechos individuales, hemos podido olvidar que el otro también debe ser libre y también tiene derechos; insistiendo tanto en la libertad y en los derechos, podemos estar pasando por alto que la libertad es asimismo responsabilidad y que los derechos conllevan deberes. Junto a ello, las verdaderas percepciones ciudadanas de la autoridad, de la justicia y del castigo merecido, justo y ejemplar no viven tampoco -ni mucho menos- sus mejores momentos y se ven sometidos a la contradicción y la arbitrariedad.

         ¿Seremos capaces de ir, pues, al fondo de la cuestión? ¿Tendremos la capacidad suficiente de autocrítica para que desde las raíces de este mal podamos encontrar sus soluciones?

ecclesia 3814

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