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Rincón Litúrgico

La vida eterna

«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17)

Señor Jesús, hoy es muy frecuente oír hablar de la calidad de vida. En realidad, este es un concepto muy vago. Aparentemente todos piensan que su vida podrá adquirir calidad si consiguen medios económicos suficientes. Pero nunca es fácil fijar la cantidad necesaria para conseguirla.

Seguramente, hay muchas personas que consideran la cultura como una condición indispensable para disfrutar de una existencia con calidad. Y tienen razón. Pero también en este caso resulta difícil definir el tipo y el grado de cultura que se consideran más apropiados para dar mayor valía a la vida.

En un tercer momento se puede mencionar la situación de las personas que, aun disponiendo de bienes materiales y de un buen nivel cultural, se ven sumergidas en la soledad. Nuestra experiencia nos dice que el sentido de la vida depende de otra cosa. Necesitamos saber que hemos nacido del amor y para el amor.

Pues bien, todos esos valores parecen ofrecer una cierta seguridad a la persona. Hemos de reconocer que son muy importantes para nuestra realización, pero son efímeros. El estallido de un volcán sacude nuestros cimientos y nos deja a la intemperie. Nos obliga a reconocer que somos más débiles de lo que habíamos imaginado.

El mayor fallo en la comprensión de la calidad de vida consiste precisamente en la limitación temporal de esos apoyos y del disfrute de los mismos. Los antiguos decían que el tiempo todo lo cura. Pero también es verdad que el tiempo todo lo desfigura y todo lo amortiza. Algo nos dice que necesitamos aspirar a la eternidad.

Señor Jesús, la fe nos dice que aspirar a la verdadera calidad de vida equivale a reconocer la posibilidad y el valor de la eternidad de la vida. Como aquel hombre que había cumplido los mandamientos, te rogamos que nos enseñes el camino para recibir el don inapreciable de una vida eterna.  Amén.



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