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Rincón Litúrgico

La vid y los sarmientos

«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5)

Señor Jesús, muchas personas no han visto jamás a un pastor. Es fácil sospechar que tampoco habrán visto una parra o una viña. No podrán imaginar la fuerza de tu alegoría sobre la vid y los sarmientos.  Sin embargo, para quien haya vivido en el campo la comparación es llamativa e interpelante.

Tú has querido identificarte con la vid. A decir verdad, las cepas de la viña son tan retorcidas que a primera vista no llaman la atención por su belleza. Sin embargo, de ellas nacen las uvas más sabrosas y el vino que alegra nuestras comidas.

A ti se pueden aplicar aquellas palabras con las que el antiguo canto profético anotaba que en el Siervo de Dios no había parecer ni hermosura, aunque él había de curar y salvar a muchos (Is  53).

Además, tú has querido identificar a tus discípulos con los sarmientos de la viña. Es asombroso verlos nacer, crecer, vestirse de unas hojas legendariamente bellas y ofrecernos a escondidas y con pudor los racimos de uvas.

Los sarmientos brotan de la cepa y de ella reciben la savia que se transforma en fruto. Separados de la cepa solo parecen ramas tan secas como inútiles. Allá en la aldea solamente servían para enrojar el horno en que se cocían los panes.

Hoy me avergüenzo de ese orgullo que a veces me ha hecho imaginar que no necesitaba de ti para dar fruto. Me horroriza pensar que, sin permanecer unido a ti, seré estéril y solo serviré para ser echado al fuego.

Señor Jesús, alguna vez proclamaste dichoso al que no se escandalizara de ti (Mt 11,26). Tú eres la vid verdadera. Tu llamada y tu mensaje pueden suscitar desconfianza. Dichoso quien, a través de tu apariencia, descubra la riqueza de tus frutos.

Y yo seré dichoso si comprendo que sin ti nada bueno puedo ofrecer a mis hermanos. Acepto ser podado para llegar a dar fruto. No permitas que consienta ser desgajado de tu tronco, de tu vida, de tus promesas.



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