Carta del Obispo Iglesia en España

La verdadera devoción a la Virgen María, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara

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La verdadera devoción a la Virgen María, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez

En España existen muchas iglesias parroquiales y ermitas dedicadas a las más variadas advocaciones en honor de la Santísima Virgen. Esta proliferación de centros de culto es el mejor testimonio de la profunda y auténtica devoción de nuestros antepasados a la Madre de Dios y a la Madre de la Iglesia. Esta devoción pervive hoy en los miembros de nuestras comunidades cristianas, en ocasiones diezmadas por la emigración.

El Concilio Vaticano II, al referirse a la Santísima Virgen, afirma que Ella no sólo tiene una especial relación con Jesús, el Hijo de Dios nacido según la carne de sus entrañas, sino que mantiene también esa relación con todos los cristianos. Al estar totalmente unida a Jesús, María nos pertenece también a todos los creyentes por ser miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Ella es “verdadera Madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza” (LG 53).

Con estas enseñanzas, el Concilio nos recuerda que no podemos concebir a María separada de Cristo ni de la Iglesia. En su testimonio de amor al Padre y a los hombres se refleja lo que debe ser la Iglesia y la vocación de cada cristiano. Por eso, para vivir con gozo nuestra vocación, los creyentes contamos siempre con la intercesión constante de la Santísima Virgen. Ella permanece en todo momento como intercesora nuestra ante su Hijo y como estrella de salvación para todos los creyentes en medio de las dificultades  de la historia.

Al contemplar la fidelidad de María a las sucesivas invitaciones de Dios, los creyentes descubrimos la necesidad de abandonarnos confiadamente, como Ella, en los brazos del Padre celestial. Solamente si nos fiamos de Dios, podremos encontrar la verdadera libertad y la herencia eterna. Quien confía en Dios sin condiciones y pone en Él su esperanza, no es menos que los demás, sino más grande. El ser humano, gracias a Dios y a su infinita misericordia, puede ser divino, puede participar de su misma vida, llegando así a ser verdaderamente lo que Dios quiere de él.

Cuando la persona pone su confianza en Dios y en sus dones, se transforma en una persona sensible, atenta, generosa y abierta a sus semejantes. El testimonio de total entrega a Dios y de servicio incondicional a sus hermanos por parte de los santos nos ayuda a descubrir que cuando el ser humano está más cerca de Dios, está también más próximo a los demás y más atento a sus necesidades.

Esto se manifiesta de un modo especial en la Santísima Virgen. Su estar totalmente en Dios y en el cumplimiento de sus enseñanzas es la razón por la que aparece tan cerca de los hombres y tan atenta a todos sus problemas. Por eso puede ser la Madre a la que todos podemos dirigirnos para encontrar consuelo en medio de las dificultades y para renovar nuestra esperanza en medio de los cansancios de la vida. Ella, como Madre buena, tiene la capacidad de acogernos y comprendernos a todos.

Durante el mes de mayo, todos nos hemos dirigido a María pidiendo su amparo y auxilio, pero Ella también se dirige a nosotros, que somos sus hijos, para pedirnos que respondamos con generosidad a Dios y que le dejemos entrar en nuestras vidas. Escuchémosla y pidámosle que nos ilumine para que, al contemplar la bondad infinita de nuestro Dios, vivamos como hijos de la luz y podamos así mostrar con nuestras obras y palabras esta luz a los demás en los momentos de oscuridad.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

 

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

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