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La verdad ¿es difícil de entender?, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

La verdad ¿es difícil de entender?, por Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

Me sorprendió la fuerza de verdad y también la dosis de aparente evidencia que encerraba la enseñanza de un maestro Zen. Preguntado por su discípulo acerca de lo que debería hacer para que no se evaporara nunca la gota de rocío que tanto le había agradado, respondió con toda naturalidad: sumérgela en el fondo del mar. 

En la vida ordinaria hay ocasiones en que nos inquietan grandes interrogantes cuya respuesta se nos presenta oscura y difícil. A veces, incluso, pueden hacernos pensar que no  tienen respuesta. En cambio, la realidad suele ser muy distinta. La dificultad está, por el contrario, en el cumplimiento o en el desarrollo de lo que exige la respuesta que se nos da.

Las preguntas importantes, las que afectan a los problemas o a las inquietudes  fundamentales de nuestra vida, no pueden tener una respuesta difícil de entender. Si así fuera, podría creerse que todos no pueden vivir debidamente de acuerdo con la verdad o con la razón. La reacción espontánea sería, con toda probabilidad, sería pensar  que tales preguntas no tienen  respuesta y que, por tanto, está fuera de lugar su planteamiento.

En verdad, no es justo dejar vacíos insalvables para que impidan desarrollar debidamente la propia existencia. Ni sería correcto abandonar en la oscuridad a las personas ante las inquietudes o los interrogantes que afectan a lo fundamental de la propia existencia. Si esto es así, se nos impone la conclusión: no hay preguntas que afecten fundamentalmente a nuestra vida, que no tengan respuesta.

La vida es un regalo. Nadie podemos dárnosla. Sería una contradicción que quien nos la da no tuviera en cuenta lo que necesitamos para vivirla consciente y dignamente. Por tanto, podemos inclinarnos a pensar que la respuesta a los interrogantes fundamentales es un derecho de los que hemos sido llamados y lanzados a vivir. Es un derecho que, no obstante, sigue siendo también, en cierto modo,  un regalo, porque la respuesta no la descubrimos nosotros, sino que nos viene dada por parte de quien nos hizo el don de la vida.

Este es, al menos, el pensamiento cristiano. Dios nos ha regalado la vida. Y él mismo nos ha enseñado lo que debemos hacer para desarrollarla con dignidad. Precisamente porque el deber de acertar en el desenvolvimiento de la propia vida nos compromete a todos, Jesucristo nos ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la luz del mundo” “Quien me sigue no anda en tinieblas”. Y todo esto lo ha demostrado con sus enseñanzas, tan sencillas como fundamentales. Nos ha enseñado el camino de la vida con su palabra y con su conducta. En ellas está la respuesta a todas las preguntas fundamentales que brotan a lo largo de la propia existencia terrena. Por tanto, a  todos puede llegar la respuesta a los grandes interrogantes.

Lo que ocurre es que la respuesta lleva consigo  implicaciones que exigen  nuestra decisión. Una decisión que compromete nuestro esfuerzo y constancia. Ambos han de partir de la confianza en la validez del camino que se  nos ha señalado. Al mismo tiempo es necesario creer que las condiciones para seguirlo están a nuestro alcance con tal que pidamos la ayuda necesaria para lograr el objetivo propuesto.

Me parece importante esta reflexión porque en ella se juegan elementos decisivos para entender y desarrollar el misterio de la vida, cuyo regalo siempre debemos contemplar con admiración y gratitud.

Situémonos e el ámbito de la vida cristiana. Esencialmente consiste en seguir a Jesucristo, en hacer lo que nos enseña con tanta claridad como que lo entendía la gente sencilla que le escuchaba con ánimo de aprender.

La sencillez de la respuesta a quien pregunta qué debe hacer para vivir correctamente, nos la manifiesta Jesucristo respondiendo: “cumple los mandamientos”. Debemos tener en cuenta que los mandamientos, en los que se resume la ley natural, están grabados en el corazón de todos los hombres. Esa es la  garantía con la que Dios nos manifiesta que todos estamos capacitados para vivir honestamente. Junto al regalo de la vida nos ha regalado la conciencia del camino a seguir. Lo que, desde un punto de vista parecía un derecho, se ha convertido, también, en un don.

Cumplir los mandamientos no es tarea fácil porque, a causa del pecado original y debido a las presiones instintivas y sociales, la naturaleza parece oponerse a la razón. Pero, ante el peligro de rendirnos a causa de tanto intento y de tanto fracaso, el Señor nos ha dicho: “Si alguien está agobiado, que venga a mí; porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”. Tan extraño sería que Quien nos hizo el regalo de la vida no os enseñara a vivir, como que, cuando las dificultades parecen imponerse, no nos ofreciera la ayuda necesaria para vencerlas. Por eso el Señor nos repite una y otra vez: “Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis”.

La respuesta del maestro Zen al alumno que deseaba mantener siempre líquida la gota de rocío es muy sencilla. Sencillas son las respuestas de Jesucristo a quienes le preguntan. La dificultad está es  la forma de sumergir la gota de rocío en el fondo del mar sin que pierda su condición y belleza propias. De esto ya no enseña más el maestro Zen. Jesucristo, en cambio, sí. Y además se compromete a ser nuestro apoyo en el camino.

Quisiera hacer una sencilla aplicación al ámbito de la espiritualidad cristiana. Algunos preguntan si es verdad que en la oración  podemos escuchar a Dios; y esperan una respuesta clara. Al modo como hay que sumergir el gota de rocío en el fondo del mar, también hay que sumergirse en la oración para descubrir toda su riqueza, y la dimensión de diálogo con el Señor.

 

Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz



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