Nos llama, amigos

La valentía de proponer

Ayer circulaba por Twitter un artículo de opinión sobre los privilegios de la Iglesia española. Más allá de tópicos, prejuicios y medias verdades, me parece interesante reflexionar sobre nuestra respuesta a este tipo de piezas que, con mayor o menor acierto, desarrollan una posición crítica sobre la Iglesia y su papel en la sociedad.

Si uno revisa la respuesta a este tipo de opiniones puede advertir tres tentaciones un tanto anacrónicas y que, siendo comprensibles, están lejos de ser la respuesta que hoy necesita nuestro mundo.

El tributo

Es la respuesta autojustificativa, en vez de responder a las críticas se intenta aclarar que hay otras acciones de la Iglesia que compensan aquellos aspectos del catolicismo que la mayoría social considera superables o rechazables. En esta respuesta suele enarbolarse la caridad como justificación, cayendo a veces en un discurso de buenos y malos que contraviene falazmente dogma a caridad.

El ejercicio de la caridad es inherente a una Iglesia constituida en el vínculo del Amor, es parte de su naturaleza. Por eso no podemos convertirla en un tributo, en la tasa que pagamos para que la sociedad tolere aquellas cosas que no le gustan de la Iglesia.

La persecución

La segunda tentación es la de la cobardía. Como Iglesia hemos experimentado el cambio de un contexto socialmente católico al escenario actual de indiferencia religiosa, incluso de confrontación a la tradición católica. Sin embargo, un contexto adverso no es un contexto de persecución. Por eso no podemos percibir cualquier crítica como un ataque furibundo que justifica esconderse en las catacumbas ficticias del silencio social.

La huida a posiciones seguras, aisladas de nuestra sociedad, no es otra cosa que cobardía y egoísmo. El ejercicio de la evangelización es también parte de la naturaleza de la Iglesia, por eso una Iglesia asustada está privando a la sociedad de sus tesoros.

La cruzada

La última tentación es el reverso de la segunda, la beligerancia. Ante el cambio de paradigma no son pocos los que optan por el ataque frontal, tensando cada vez más la cuerda que une Iglesia y sociedad. La bandera utilizada en este caso es la de la Verdad, y ciertamente hoy más que nunca necesitamos la Verdad frente al relativismo, la indiferencia y la equidistancia. Pero la Verdad no puede ser arrojada, no puede lanzarse como un arma.

La Verdad va unida a la vida y al camino, a lo progresivo, al hacerse libres en Cristo. No hay Iglesia sin Verdad, pero tampoco hay Verdad sin carne. La Verdad se encarnó en Cristo, tocó la realidad, no podemos convertirla hoy en una idea abstracta que no toma cuerpo en el hoy.

¿Y entonces?

En las tres tentaciones hay algo de verdad: el valor de la caridad, el deber de no dejarnos llevar por la moda y la necesidad de ser fieles a la verdad. La tentación es huir de la dificultad asumiendo una de ellas. El reto es asumir con valentía y autenticidad el ser Iglesia. Una Iglesia caritativa pero que también valora y quiere a su jerarquía. Una Iglesia que anuncia la verdad del Evangelio pero que se acerca a las personas sin imponerse. Una Iglesia fiel, pero a la vez actual. Ese es nuestro reto, superar los tópicos con verdad y las mentiras con testimonio. Nuestro mensaje no puede ser una defensa, nuestro mensaje es una propuesta de felicidad.

Javier Prieto
Seminarista de la Diócesis de Zamora
@Javi_PrietoP

 

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