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La valentía de nombrar la maldad del abuso

Encuentro Proteccion de menores (ANSA)EDITORIAL

La valentía de nombrar la maldad del abuso, Editorial de Andrea Tornielli

El encuentro de cuatro días para la protección de los menores termina con el discurso de Francisco. Pero el trabajo para combatir el fenómeno de una manera cada vez más eficaz no termina

ANDREA TORNIELLI, Vatican News, 24 de febrero de 219

“Detrás de esto está Satanás.” Francisco añade esta frase al discurso final de la reunión para la protección de los menores. Al final de la misa en la Sala Regia, aún con los ornamentos litúrgicos puestos, el Papa habló de manera valiente y realista de este fenómeno vergonzoso. “En estos casos dolorosos -dijo- veo la mano del mal que ni siquiera perdona la inocencia de los pequeños. Y eso me lleva a pensar en el ejemplo de Herodes que, impulsado por el miedo a perder su poder, ordenó la masacre de todos los niños de Belén”. Ya en el pasado, durante una conversación con periodistas en el avión, Francisco había comparado el abuso con “una misa negra”. Así que “detrás de esto está Satanás”, la mano del mal. Reconocerlo no significa olvidar todas las explicaciones, ni disminuir las responsabilidades personales de los individuos y grupos de la institución. Significa colocarlos en un contexto más profundo.

En su discurso, el Papa habló de abusos en el mundo, no sólo en la Iglesia. Esto para manifestar una preocupación del padre y del pastor que no pretende en modo alguno disminuir la gravedad de los abusos perpetrados en el ámbito eclesial, porque la abominable inhumanidad del fenómeno “se hace aún más grave y escandalosa en la Iglesia”. Los padres que habían confiado sus hijos y jóvenes a los sacerdotes para que los educaran introduciéndolos en la vida de fe, los han visto regresar con el cuerpo y el alma irreparablemente y permanentemente heridos. En la justificada cólera del pueblo, explicó el Papa, la Iglesia “ve el reflejo de la ira de Dios, traicionada y abofeteada por estas personas consagradas deshonestas”.

El grito silencioso de los maltratados, el drama irremediable de sus vidas destruidas por los consagrados transformados en orcos corruptos e insensibles, resonó estruendosamente en la sala del Sínodo. Perforó los corazones de los obispos y de los superiores religiosos. Eliminó las justificaciones, los alambiques legales, la frialdad de las discusiones técnicas, la búsqueda de refugio en las estadísticas. La gravedad absoluta del fenómeno se ha convertido en la conciencia de la Iglesia universal como nunca antes había ocurrido.

En su discurso de clausura, Francisco quiso dar las gracias a los numerosos sacerdotes y religiosos que dedican su tiempo a proclamar el Evangelio, a educar y proteger a los pequeños e indefensos, entregando su vida en el seguimiento de Jesús. Mirar el abismo del mal en la cara no puede hacernos olvidar el bien, no por tomas inútiles de orgullo, sino porque necesitamos saber dónde mirar y a quién seguir como ejemplo.

Pero el encuentro en el Vaticano no fue sólo un puñetazo en el estómago que hizo a los participantes más conscientes de la acción devastadora del mal y del pecado y, por lo tanto, de la necesidad de pedir perdón invocando la ayuda de la gracia divina. La cumbre también da fe de la firme voluntad de dar contenido a partir de los próximos días, con opciones operativas eficaces. Porque la conciencia de la gravedad del pecado, y la constante llamada al Cielo a implorar la ayuda que caracterizó el encuentro en el Vaticano, van de la mano de un renovado y operativo compromiso, para asegurar que los ambientes eclesiales sean cada vez más seguros para los menores y los adultos vulnerables. Con la esperanza de que este compromiso se extienda también a todos los demás sectores de nuestras sociedades.

 

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