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Opinión

La unidad: ni sumisión, ni absorción; obediencia al Espíritu, clamor y deber – editorial Ecclesia

La unidad: ni sumisión, ni absorción; obediencia al Espíritu, clamor y deber – editorial Ecclesia

Es tan intensa y extensa la actividad del Papa Francisco y la de sus viajes apostólicos, hay tantas intervenciones, declaraciones, gestos y comentarios, que, a veces, no solo resulta difícil su completo seguimiento y asimilación, sino que incluso se corre el riesgo de pasar por alto o no valorar suficientemente hechos tan importantes y transcendentes como, por ejemplo, la dimensión ecuménica de su reciente periplo a Turquía. Al respecto, en las páginas 25 y 26, 27 y 28, 29 y 30, 31 y 32 de este número de ecclesia, encontrarán nuestros lectores los discursos que sobre el tema pronunció Francisco en Estambul.

¿Cuáles serían, entonces, los principales puntos a  subrayar, incluso los esbozos de nuevos caminos que se delinean tras la peregrinación ecuménica del Papa Francisco al corazón de la Ortodoxia? En primer lugar,  el hecho de que este nuevo encuentro entre el Obispo de Roma y el Patriarca de Constantinopla se haya producido y se haya producido en la sede del segundo. Es la cuarta ocasión, en menos de dos años, en que se encuentran Francisco y Bartolomé, y las tres últimas en apenas cinco meses. La sintonía entre ambos es espléndida y altamente alentadora. Se inscribe, de un lado, en la cordial y sincera corriente de fraternidad recuperada entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa –concretamente el Patriarcado ecuménico de Constantinopla- desde el histórico encuentro en Jerusalén de Pablo VI y Atenágoras, en enero de 1964. Desde entonces estas citas, intercambios y declaraciones  en la cumbre no han dejado de producirse. Forman parte ya, por así decirlo de modo gráfico, del paisaje de la vida de la Iglesia, tanto de la Iglesia católica como de la Iglesia ortodoxa. “La unidad es un camino que se debe hacer, y se debe hacer juntos”, señaló en rueda de prensa Francisco. Y esta unidad, que está en el camino, se va recorriendo de manera conjunta.

La historia del Cisma de Oriente, cristalizada dramática e irresponsablemente en 1054, está plagada de faltas de tacto, errores y altanerías y soberbias –pecados, en suma- de las dos partes. De ahí, que queramos resaltar el ecumenismo de los gestos, terreno, por otro lado, que Francisco conoce y practica de modo tan acertado. Y en este sentido, hemos de destacar su gesto, en la vigilia ecuménica en la tarde del sábado 29 de noviembre en San Jorge, sede del Patriarcado ecuménico, de inclinarse ante Bartolomé y de solicitarle humildemente su bendición para él y para la Iglesia de Roma. ¡Si gestos de esta naturaleza se hubiera dado en las  crisis que desembocaron en la ruptura; si se hubiesen podido producir después, en los siglos inmediatamente posteriores, quizás la unidad plena ya se habría logrado! Esta senda de los gestos, iniciada en Jerusalén en 1964, como queda dicho, anticipa la unidad porque es expresión de humildad y de mansedumbre. Y la humildad y la mansedumbre generan, antes o después, la unidad. Y es que como afirmó Francisco en la misa en la catedral católica de Estambul, “en nuestro camino de fe y de vida fraterna, cuanto más nos dejemos guiar con humildad por el Espíritu del Señor, tanto mejor superaremos las incomprensiones, las divisiones y las controversias, y seremos signo creíble de unidad y de paz”.

En tercer lugar,  la unidad, aun teniendo en ella gran parte la acción de las personas, es un don, un fruto del Espíritu Santo. Don y fruto del Espíritu, cuyo primer ámbito se desarrolla e impetra en la oración, una oración confiada, incesante, conjunta, humilde, abierta. Abierta, sí, a las novedades del Espíritu y a su creatividad. Porque “Él es frescura, fantasía, novedad”. Por ello, la autorreferencialidad eclesial, tanto de una parte como de otra, no es actitud auténticamente ecuménica, no genera unidad. Lo que genera la unidad es ponerse a la escucha del Espíritu, quien sabrá abrir nuevas vías a la plena comunión, y hacerlo sin imposiciones –“salvo la profesión de la fe común”, sin absorción o sumisión algunas.

Por último, la unidad es asimismo un clamor: el clamor de los pobres, de las víctimas de los conflictos, de los jóvenes, de los mártires, de la evangelización y de la humanidad mejor que tanto necesitamos. ¿Seremos capaces unos y otros de escuchar, percibir y responder a este clamor, clamor, sin duda, del mismo Espíritu? Para hacerlo necesitamos apertura, docilidad, obediencia, confianza, discernimiento y creatividad.



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