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La única alternativa cristiana ante los migrantes y refugiados – editorial Ecclesia

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La única alternativa cristiana ante los migrantes y refugiados

No se trata solo de un empeño, de una prioridad del actual Papa. Ni una novedad, más o menos reciente, en el conjunto de la Doctrina Social de la Iglesia No se trata tampoco ni de moda o marketing, ni de seguir supuestos dictados de ideologías situadas en lo que se entiende por política y culturalmente correcto. Ni de se trata de buscar rédito políticos o popularidades o populismos varios.

Es un incuestionable mandato evangélico, es una inexcusable exigencia de la identidad y de la misión cristianas. Es una de las señalas inequívocas mediante las cuales a los cristianos se nos reconoce como tales: la caridad, el amor, la fraternidad.  Realidades todas estas que, en el caso concreto que nos ocupa, significan acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y refugiados. Porque si así lo hacemos es al Señor a quienes se lo hacemos; y si no lo hacemos es al Señor a quien no se lo hacemos (cf. Mt 25,35.43).

Y aun cuando desde la razón y ley natural y desde los principios que conforman la humanidad de bien estos principios resultan asimismo innegables y compartidos, hemos querido subrayar el categórico imperativo desde el cual los cristianos en particular y, por ende, las comunidades eclesiales se han de sentir concernidas al respecto.

Como es obvio, viene todo a propósito de la acogida, por parte del nuevo Gobierno de España, en un gesto que le honra, de 629 inmigrantes que, rechazados por Italia y Malta, vagaban por el mar a expensas de mafias, turbulencias atmosféricas y la llegada, tarde o temprano, de la misma muerte. Coincidiendo con su acogida en Valencia, otros 1.300 migrantes, denominados irregulares, pero siempre personas y hermanos, llegaron a nuestro país en aguas del Estrecho y de las Islas Canarias. Y todo ello, además, con la Jornada Mundial del Refugiado (21 de junio) también como contexto y reclamo.

Bien atento a toda esta actualidad, desde la verdad de la Palabra de Dios y del magisterio eclesial de todos los tiempos y desde su especial y singular sensibilidad y compromiso hacia los colectivos más vulnerables, vulnerados y preteridos, el Papa Francisco no solo ha seguido los acontecimientos, sino que ha dejado oír su voz (ver páginas 27 y 28), aunque no se haya referido explícitamente a ellos, excepto en el caso de la Jornada Mundial del Refugiado.

¿Y qué ha dicho Francisco? Que no podemos dejar “a merced de las olas a quien abandona su propia tierra hambriento de pan y de justicia”. Que son personas y no números; es más, son “hermanos obligados a huir de sus tierras debido al conflicto y la persecución”. Y tanto los Estados y Gobiernos, como las instituciones –por supuesto que también y en primera línea la Iglesia- y todos y cada uno de los ciudadanos, debemos actuar con entrañas de humanidad y de justicia en relación con ellos.

Los Gobiernos de las naciones –de todas las naciones, las de los países de origen de los migrantes, las de los países de destino y las intermedias; la Unión Europa, por supuesto, pero también las grandes potencias como Estados Unidos, Rusia, China, etc., y las pequeñas- deben trabajar generosa y honestamente en aras a un ”pacto internacional sobre los refugiados y por una migración segura, ordenada y regulada”. Deben asimismo “garantizar con responsabilidad y humanidad la asistencia y protección de quienes son obligados a abandonar su país”.

Además, este imprescindible cambio de actitud hacia los migrantes y refugiados necesita de todos nosotros, en primera persona del singular y del plural. Sin excusas, excepciones, ambigüedades, ni tampoco fariseísmos. ¿Cómo? Promoviendo eficazmente su acogida, no temiéndoles, considerándoles iguales y hermanos, estando cerca de ellos, buscando su encuentro y compañía, valorando y promoviendo “su contribución, para que ellos también puedan integrarse mejor en las comunidades que los reciben” y tratándolos con dignidad y humanidad.

“Acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados” fue el tema del mensaje papal para la pasada Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (ecclesia, número 3.917/18, páginas 26 a 28). Una jornada, por cierto, que tiene ya más de cien años.

Y estos cuatro verbos –acoger, proteger, promover e integrar- han de ser el abecedario –hasta sagrado- que todos hemos de conjugar y practicar, no solo de palabra, sino sobre todo con hechos y obras. Y sin otra alternativa  cristianamente aceptable.

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