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Opinión

La última lección del discípulo y maestro: Carlos Benítez

La última lección del discípulo y maestro: Carlos Benítez, por José Moreno Losada

En el acto solemne de Santo Tomás, lo contemplé recibiendo el homenaje a los jubilados de la universidad, en el abrazo al rector y su marcha callada y lenta por el lateral. Esta mañana es un jovencillo estudiante de Matemáticas –de sus últimos alumnos- el que me pone un mensaje y me dice: “Carlos Benítez ha muerto”…

Y recuerdo cómo sus actuaciones y declaraciones a lo largo de su vida profesional universitaria y ciudadana no han dejado indiferente nunca a nadie, obligaban a tomar partido y a valorarlas; no me extraña nada y me lo explico con facilidad, porque para Carlos nada ha sido indiferente, las cosas siempre le han afectado, tocado, encendido, interpelado, movido… y, tras juzgarlo y reflexionarlo, ha actuado, siempre ha actuado. Lo ha hecho desde el mejor espíritu; para ello,  ha contado con el del discernimiento, aunque pudiera  confundirse, y tiraba  hacia adelante aunque pudiera estrellarse. Y me pregunto: ¿de dónde le venía  esta gracia?

Algunas personas de la Universidad me han mostrado su extrañeza, más de una vez, al ver a Carlos ir a comulgar en las  celebraciones eucarísticas ocasionales que hemos realizado en el campus, o fuera de él, por conexión con la  comunidad universitaria. Les llamaba la atención cómo se podía unir su militancia activa de ciudadano –incluso de candidato en listas de izquierda a la alcaldía de Badajoz-, académico, político, social y la fe cristiana, cuando lo que nos tendría que llamar la atención precisamente sería lo contrario: una comunión eucarística sin compromiso. Para mí, sin embargo, ha sido un ejemplo de vivencia de la fe en el medio.

Recuerdo cuando me eligieron para ser Delegado de Pastoral Universitaria hace más de tres lustros, era la primera vez que se nombraba a una persona directamente para esta misión, con dedicación prioritaria. Entre los agentes de Pastoral Universitaria activa encontré a  Carlos, un Catedrático de Matemáticas que, semanalmente, se reunía con un grupillo de estudiantes para acompañarles en sus procesos de vida humana, estudiantil y de fe. En mis primeras conversaciones con él, me dio una máxima que tengo grabada a fuego en mi interior: “Pepe,  que en la Universidad nos descubran como personas que  venimos a servir y no a demandar derechos o posiciones. Hemos de trabajar porque nuestra Universidad sea lo mejor que pueda ser y aportar todo lo bueno que podamos. Que se descubra en nosotros una iglesia que sirve sin pedir nada a cambio… lo demás nos vendrá por añadidura, si tiene que venir”.

Hoy, cuando él ha culminado esta etapa activa de universitario y de viator en la historia, yo proclamo que, en lo que a mí respecta y desde la perspectiva de la fe, ha sido todo un señor y no “un señorito”; ha llevado el tesoro del Evangelio, de la buena noticia de la justicia y la fraternidad, en su vasija de barro  -a veces poco cuidada con ese vicio de tabaco transgresor-. Seguro que, en su carácter, están las virtudes que le hicieron avanzar y las formas que le desfiguraron, pero no hay duda para los que le han rodeado que en él han funcionado principios humanos, para mí evangélicos, auténticos.

De formación ignaciana y jesuítica, es un hombre que ha tenido claro, por una parte, el “principio y fundamento” de la vida, la dignidad y la libertad humana, que a nada ni a nadie se le debe entregar nunca, a ningún precio; y, por otra parte, el principio cristológico de “encarnación”, el que hace que todas las cosas te afecten, te conmuevan y te decidan a tomar partido y a defender la justicia, el derecho, la verdad, sobre todo para los más pobres y débiles. Para ello, se ha alimentado incluso de los ejercicios espirituales  anuales con compañeros de fe en una tradición que viene desde su juventud y que no ha abandonado.

Me encanta la última entrevista en la prensa cuando hablaba de los profesores universitarios -entre los que se incluía- como “señoritos” en medio de la crisis,  porque podemos estar o no  de acuerdo con los modos o las formas de decirlo, pero en el  fondo no hay duda de que estos dos principios están grabados a fuego y salen a flor de piel.

Otra clave fundamental que he observado y contemplado en su quehacer integral ha sido aquello de saber que Maestro solo hay uno, y que nosotros alguna vez en materias concretas podemos saber algo más –aunque llevemos toda la vida con ese teorema que quedaremos incompleto-, pero que discípulos hemos de ser todos. Máxima que la ha tenido en cuenta hasta para fomentar la celebración de los pasos académicos de los compañeros desde un fondo común para que no fuera gravoso para nadie, y todos pudieran participar, o para acompañar estudiantes universitarios en convivencias y ejercicios espirituales.

Siempre has creído que esta juventud es única y estupenda y que los agoreros ya se quejaban de lo mismo hace cinco mil años. Has acompañado a otros para vivir juntos compromisos y para arriesgar, como con el actual defensor universitario, porque ha creído en las personas; me he dado cuenta que el fracaso le ha dolido, pero no le ha parado ni convertido, que no le ha valido aquello de “si no le gustan mis principios, tengo otros” con tal de ganar. He sentido cómo esta Universidad, con su tierra extremeña, su ciudad y sus gentes, ha formado parte de él y, aunque ha gozado en la embarcación por las rías galleas con su silbato de jefe de compañía y su querida familia, ha muerto con sabor a bellota y a dehesa, y  con ese olor de santidad va a llegar al cielo. Sé de tu generosidad y compartir, de tu participación sencilla en la parroquia y en la misa como uno más en tu banco de la Iglesia de San Fernando, como un hijo pequeño y hermano que necesita del Padre y de la comunidad.

Por todo esto, hoy, ante el hecho de tu muerte –tu paso al Padre- me siento agradecido como miembro de la comunidad universitaria y eclesial: tú has sido un ciudadano, un universitario y un creyente que has vivido unificado en la coherencia y el deseo de ser auténtico y limpio, y a mí me has enriquecido e iluminado siempre en el quehacer de la Pastoral Universitaria. Para mí eres, sin lugar a dudas, no “un señorito”, sino todo un señor, tocado por quien es para nosotros el único Señor, Jesucristo, que te ha concedido conocerle y tener sus sentimientos.

 

 

José Moreno Losada. Sacerdote y profesor de la Universidad de Badajoz



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