Rincón Litúrgico

La Trinidad de Dios, por José-Román Flecha

Moisés había madrugado para subir a la montaña del Sinaí como le había ordenado el Señor. Dios no faltó a la cita y bajó en la nube para encontarse con él. Cuando Moisés  pronunció el nombre del Señor, él pasó ante Moisés proclamando: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Éx 34,4-6).

Es impresionante esa manifestación de Dios. Y es conmovedora la confianza de Moisés. Como apelando a esa compasión y misericordia, se atreve a pedir al Señor que acompañe a su pueblo, que perdone sus culpas y pecados y lo considere como su heredad.

A ese Dios rico en clemencia y lealtad dirigimos hoy nuestra alabanza con un himno venerable (Dan 3,52-56).

EL AMOR EN EL CENTRO

 En esta fiesta de la Santísima Trinidad, el evangelio nos recuerda cómo Jesús revela a Nicodemo el amor de Dios que lo lleva a entregar a su propio Hijo para salvación de la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).

Comentando estas palabras, escribía el papa Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud” (DCE 1).

He ahí cómo se completa la revelación de Dios. Dios manifestaba en otro tiempo, por medio de Moisés, la compasión que lo había llevado a liberar de Egipto a su pueblo. El mismo Dios manifiesta ahora, por medio de Jesús, su amor a este mundo.

En la religión de los griegos y romanos nunca se habría podido imaginar que los dioses amaran a los hombres. Los dioses infundían terror.  El ateísmo contemporáneo tiene su raíz en una falsa idea de Dios y del hombre. Se considera a Dios como un tirano prepotente y vengador. Y se considera al hombre como poderoso y autosuficiente.

Hasta que un virus inesperado nos obliga a reconocer nuestra debilidad. Esta es la hora de una nueva revelación de la menesterosidad del hombre y de la misericordia amorosa de Dios.

CAMINO Y EVANGELIO

En esta fiesta de la Santísima Trinidad es frecuente recordar a los tres personajes que aparecen en el célebre icono de Andrei Rublev. También conocemos la curiosa imagen de la Trinidad que se conserva en la parroquia de Lardeira (Orense). En ambos casos, tres personas diferentes revelan su identidad divina.

A las tres persona del único Dios se refiere san Pablo en su saludo a los corintios, que hacemos nuestro al inicio de la misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros” (2 Cor 13,13).

  • “La gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Si por Moisés nos fue dada la Ley, la fe nos dice que por Jesús recibimos la gracia y la verdad que nos hace libres (Jn 1,17; 8,32).
  • “El amor de Dios”. El Dios Creador del mundo y liberador de Israel, es nuestro Padre y nos ama de forma gratuita, que tratamos de manifestar por medio de nuestro amor.
  • “La comunión del Espíritu Santo”. El Espíritu de Dios es la comunidad de Dios, que con esperanza queremos reproducir en nuestras comunidades humanas.

Según el papa Francisco, nuestra fe en el Dios trinitario promueve el amor al prójimo, la fraternidad y la justicia y nos ayuda a vivir  la compasión que comprende, asiste y promueve a la persona (La alegría del Evangelio 178-179).

 – Dios compasivo y misericordioso, que te revelaste a Moisés y te has mostrado en Jesucristo, confiamos en ti, tanto en los días felices como en las horas de angustia. Te adoramos en la unidad de tu ser y en la Trinidad de tus manifestaciones. En tu nombre nos ponemos en camino y proclamamos para tu gloria el evangelio que nos salva. Amén.

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