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La Transfiguración: Mantener la mirada fija en el rostro resplandeciente de Dios

Lo que vieron los tres apóstoles predilectos en la cima del Tabor es una experiencia única que pertenece ciertamente al mundo de Dios, pero que tuvo lugar en la carne de Jesús, que compartió con nosotros al encarnarse.

Al contemplar a Jesús transfigurado, que anuncia con este hecho su resurrección, aumenta en nosotros la certeza de que también nuestro sufrimiento dará paso a la gloria. Esto no es un consuelo para desesperados.

Es la clave que nos ayuda a llevar la cruz de cada día y la luz que ilumina nuestro camino en la noche. Podemos decir que la fe nos transfigura y nos permite aceptar el sufrimiento desde una perspectiva nueva, esperanzada y llena de sentido.

Es la perspectiva del destino último del hombre que le permite transfigurar la noche en día, la prueba en ocasión de vivir más allá de lo que nos atemoriza, y el miedo a sufrir en la confianza de que el Hijo de Dios ha asumido lo que nosotros solos no podríamos entender sin la luz de su rostro trasfigurado.

«Un regalo de amor infinito»

Son varias las ocasiones que el Papa Francisco se ha referido a este pasaje del Evangelio que narra cómo «Jesús se lleva consigo a tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y los conduce a lo alto de un monte’; y allí, por un momento, muestra toda su gloria, la gloria del Hijo de Dios. Este evento de la transfiguración permite, de ese modo, a sus discípulos afrontar la pasión de Jesús de una manera positiva, sin quedar abrumados».

Francisco ha invitado a mantener la mirada fija en el rostro de Dios para que ilumine «los eventos de cada día»: «Los invito a todos a mantener su mirada fija en el rostro resplandeciente de Dios, que la Liturgia de mañana nos invita a contemplar en Cristo transfigurado en el monte Tabor. Él es la Luz que ilumina los eventos de cada día», expresó en 2020.

La Transfiguración ayuda a comprender que la Pasión de Cristo «es un misterio de sufrimiento, pero, sobre todo, un regalo de amor infinito por parte de Jesús».
El evento protagonizado por Jesús, que se transfigura sobre el monte, «nos hace comprender mejor también su Resurrección. Si antes de la Pasión no se nos hubiera mostrado la transfiguración con la declaración por parte de Dios, ‘Este es mi hijo amado’, la Resurrección y el misterio pascual de Jesús no habría sido fácilmente comprensible en toda su profundidad.

De hecho, para comprenderlo, es necesario saber con anterioridad que aquel que sufre y que es glorificado no es solamente un hombre, sino que es el Hijo de Dios, que, con su amor fiel hasta la muerte, nos ha salvado».



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