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La tradición de la entrada de los obispos de Orihuela-Alicante

Por Gemma Ruiz Ángel y Mariano Cecilia Espinosa, Archivo Diocesano

La tradición de la entrada pública de los obispos de Orihuela – Alicante es una de las manifestaciones religiosas de mayor singularidad e importancia del obispado, una secular costumbre que forma parte de la identidad de nuestro territorio y de sus habitantes.

Los obispos son la continuidad de una línea sucesoria que hunde sus raíces en tiempos apostólicos. El prelado es el representante de la autoridad conferida por el propio Cristo a sus discípulos y transmitida por una estirpe de evangelizadores depositarios de su herencia espiritual.

Como pastor de la diócesis, es el encargado de continuar con la labor evangelizadora que comenzaron los apóstoles, de manera que su entrada triunfal en la ciudad a lomos de una mula blanca, se encuentra relacionada simbólicamente con la llegada del Mesías a Jerusalén, aclamado entre vítores por el pueblo como el Hijo de Dios.

Estas entradas públicas, que fueron comunes en todas las sedes episcopales españolas y hoy solamente se conservan en Sigüenza y Orihuela, tenían la función de afirmar los valores simbólicos de la autoridad y el ministerio del pastor diocesano.

Su origen se remonta a la creación del obispado de Orihuela, cuando el 23 de marzo de 1566, su primer prelado Gregorio Gallo de Andrade, tomó posesión de la silla episcopal en olor de multitudes como culminación de las seculares aspiraciones oriolanas de independizarse del obispado de Cartagena y fundar una diócesis propia con los territorios del mediodía valenciano que políticamente dependían de la antigua Gobernación de Orihuela.

En torno a la solemne entrada pública de los nuevos prelados para la recepción de su cátedra, se elaboró un protocolario ceremonial que, salvo algunas pequeñas variaciones producidas a lo largo de la historia, continúa realizándose de forma íntegra en la actualidad.

A continuación, vamos a conocer los principales aspectos históricos de la entrada de los obispos de Orihuela – Alicante, testimonio inequívoco de su arraigada tradición.

Tras el nombramiento del nuevo obispo, el primer paso que se daba era la presentación por parte de su apoderado de las bulas apostólicas y demás documentos acreditativos de la Santa Sede para su comprobación por el Cabildo Catedralicio de Orihuela.

Tras el visto bueno de los capitulares oriolanos, el cabildo acordaba la fecha de la toma de  posesión que sucedía en un breve plazo de tiempo, en algunos casos en apenas unos pocos días.

El viaje del prelado a Orihuela solía ser bastante lento y tedioso, tanto por las incomodidades de los caminos como del transporte utilizado, generalmente carruajes, y por ello debía realizar numerosas paradas durante el itinerario. Por ejemplo, en el caso de Fray Andrés Balaguer su traslado se realizó por espacio de seis días pernoctando en Monforte y Albatera, parando previamente para comer en Elche y en posteriores  jornadas en Redován.

Como podemos apreciar, la venida del obispo a nuestra diócesis llevaba consigo que se detuviera en otros pueblos y lugares del obispado antes de llegar finalmente a Orihuela. En este sentido, desde la construcción del Palacio Episcopal de Cox, por iniciativa del obispo José Tormo Juliá, los prelados hacen su primer descanso en esta localidad donde suelen comer el tradicional arroz y costra. Tras la desaparición del edificio, la corporación municipal reivindicó sus derechos históricos y se respetó escrupulosamente la tradición. En esta población era recibido en el templo parroquial por su párroco, el alcalde de la villa y dos canónigos, allí era agasajado por el pueblo.

Anteriormente al siglo XVIII, su primera parada tenía lugar en Redován donde se encontraba con varios representantes del Cabildo Catedralicio, tal como queda documentado con los obispos Andrés Balaguer y Bernardo Caballero de Paredes. Desde esta población o posteriormente desde Cox, el obispo se encaminaba montado en su carruaje y acompañado por la comitiva capitular hacia el llamado paraje de la Fuentes (San Antón), situado en las proximidades de la ciudad, donde le esperaba una comisión municipal.

Tras la construcción de la ermita de San Antón a finales del siglo XVII se enriqueció el protocolo, ya que a partir de entonces todos los obispos rezan al pie del altar mayor de esta iglesia.

A continuación, el nuevo prelado se dirigía a la casa contigua siendo recibido por una comisión de la ciudad designada con el fin de ofrecerle diferentes obsequios. Allí comía, sino lo había hecho antes, o tomaba un refrigerio, y descansaba hasta la hora determinada para su entrada pública.

En el horario previamente convenido, salía el cabildo en procesión desde la puerta de la Anunciación de la Catedral hacia la Puerta Nueva (actualmente calle del Paseo), acompañado del seminario, clero de las parroquias y órdenes religiosas

Al mismo tiempo, el Sr. Obispo montaba en una mula blanca, enjaezada de morado, que le esperaba delante de la ermita de San Antón, donde se tenía preparado un poyo decentemente adornado para que pudiera subir con comodidad.

El prelado iniciaba su trayecto a la ciudad acompañado por el ayuntamiento en cabalgata y escoltado a caballo por las autoridades municipales, mientras el pertiguero, que iba sin sombrerillo ni pértiga, dirigía la mula por la derecha.

Al llegar al portal de Callosa, situado junto al colegio de Santo Domingo, se abrían las puertas de la ciudad y le recibía el alcalde junto al resto de la corporación municipal. Ya en Orihuela, era acogido con gran entusiasmo y alegría de todos los ciudadanos mientras recorría las calles que profusamente habían sido adornadas con arcos de flores y colgaduras en las fachadas de los edificios.

Una emotiva entrada que en el caso de Juan Maura y Gelabert fue muy especial, tal como señalan los diarios de la época: “se emocionó tanto que no podía articular palabra llorando en algunos momentos. La conmoción fue tan grande que en algún momento tuvo que ser sostenido”.

Al llegar a la Puerta Nueva el obispo se apeaba de la mula frente a la hornacina que albergaba una imagen de Nuestra Señora de Monserrate, patrona de Orihuela. Allí era recibido por los cuatro canónigos de menor antigüedad para acompañarle al altar que se había montado previamente en este lugar, donde el Deán del cabildo le daba a adorar la Cruz. El prelado se arrodillaba para ratificar su juramento sobre los Evangelios y  acto seguido se revestía de ornamentos pontificales mientras el sochantre de la Catedral entonaba la antífona Ecce Sacerdos Magnus.

Una vez revestido y situado bajo el palio, se ordenaba una procesión encabezada por los estandartes de los gremios, que precedían al clero, seminario, cabildo y al propio obispo, para dirigirse hacia la Catedral atravesando las calles de la Puerta Nueva, Santa Lucía y de la Feria, mientras se cantaban los salmos de laudes. La procesión entraba en el templo catedralicio por la puerta de la Anunciación, la principal de la iglesia, pues en ella se inició su consagración en 1597.

Allí se procedía con solemnidad a la toma de posesión de su cátedra como obispo de Orihuela. Tras concluir la ceremonia el cabildo le acompañaba a sus aposentos en el Palacio Episcopal, su nueva casa.

 

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