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Carta del Obispo

La tarea más noble y comprometida de los padres, por Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos

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En una ocasión, una persona me hizo notar un hecho tan sencillo como elocuente: la inferioridad en que se encuentra un niño recién nacido respecto a un patito o un cervatillo. Mientras el pato es capaz de nadar y el cervatillo de correr poco después de su nacimiento, el  bebé es del todo impotente incluso para las acciones más elementales. Es verdad. Con todo, más que de una ‘inferioridad’ del niño y de una ‘superioridad’ de los animales y las aves, habría que hablar del distinto plan que Dios tiene sobre ellos.

Efectivamente, el plan de Dios es que un niño nazca en el seno de una familia y que durante años sea ésta la cuna donde vaya creciendo y desarrollándose al abrigo de todas las inclemencias y necesidades. Sólo la persona humana tiene a su disposición una familia para abrirse a la vida en todas sus dimensiones: física, intelectual, sentimental, espiritual, religiosa, social. Los animales y las aves tienen un padre y una madre, pero no una familia, porque ésta no se rige por el mero instinto sino por el amor mutuo y estable.

Todos los padres lo saben y lo ponen en práctica, aunque no lo hagan de modo reflejo. Por eso, llevan a su bebé al médico cuando enferma, le preparan los alimentos adecuados, le cambian la ropa, le enseñan el idioma en que tendrá que hablar cuando sea mayor, le llevan a la guardería y luego al colegio. Aunque no pidan consentimiento al niño, no tienen ningún complejo de avasallar su libertad si le hacen tomar la medicina que rechaza. La lógica del sentido común les orienta en sus acciones y omisiones.

Es coherente, por tanto, que los padres cristianos procedan con esa misma lógica en lo que se refiere a su vida religiosa y, más en concreto, a la petición del bautismo para sus hijos, sin esperar a que éstos sean mayores y puedan pedirlo por sí mismos. A veces, sobre todo por presiones familiares y ambientales, puede suscitarse en ellos el temor de estar violando la libertad de sus hijos. Del mismo modo que no la violan cuando les enseñan un idioma que quizás no quieran hablar cuando sean mayores, tampoco actúan irresponsablemente cuando piden para ellos el bautismo y cumplen luego los compromisos que en él adquieren de educarles en la fe.

¿Quién calificaría de responsable la conducta de unos padres que dejaran de hacer heredero de una gran fortuna a su hijo, porque no saben si el día de mañana la querrá admitir o rechazar? Pues no hay mayor herencia para ese hijo que el bautismo, gracias al cual se convierte en hijo de Dios, miembro del Cuerpo de Cristo y de su familia, la Iglesia, y con derecho a ser ciudadano del Cielo.

Ahora bien, la coherencia pide que los padres, tras plantar esta semilla en sus hijos, la cuiden y rodeen de los cuidados necesarios para que llegue a su sazón y produzca frutos abundantes en los diversos ámbitos en los que su hijo se desenvolverá cuando sea mayor. La transmisión de la fe a los hijos por sus padres es tan natural como que una fuente mane agua. Por otra parte, no hay tarea más noble. Ya que la fe no hace sino llevar al  amor de Dios y del prójimo, sea cual sea su raza, lengua o situación.

Ahora bien, esa transmisión no se realiza de una sola vez sino que se prolonga durante años. Tiene, además, sus propias leyes. Los padres no transmiten la fe a sus hijos como un profesor transmite su ciencia a los discípulos. La transmisión de la fe es por ósmosis, por simbiosis, es decir: sobre todo, por el ejemplo. Si los padres rezan, si van a misa los domingos, si dan limosna a los pobres, si ayudan a los necesitados, si respetan a los que piensan de distinta manera, si acogen a los emigrantes, si son hombres de paz y de concordia, etc., los hijos van aprendiendo de modo real la fe y cómo encarnarla en la vida de cada día. ¡Grande y comprometida tarea la de los padres en la transmisión de la fe a sus hijos!

 

Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos

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