Cartas de los obispos Última hora

La tarea de educar

Estimados y estimadas:

Durante estas últimas semanas, a pesar de las dificultades añadidas por la pandemia, nuestros niños y jóvenes han vuelto a la escuela, al instituto, a la universidad. Algunos han llegado con lagunas importantes del curso pasado, lagunas de contenido y/o de capacidad receptiva debidas al confinamiento de la primavera. Y han llegado después de un verano muy diferente, difícil de gestionar, sobre todo para los más pequeños. Con ellos, maestros y profesores, con una plantilla aumentada respecto a otros años, han vuelto dispuestos a seguir dándolo todo para que estas lagunas se vayan rellenando y para recrear un mínimo de armonía y de normalidad en las aulas, sea en las circunstancias que sea.

Cabe destacar que durante este tiempo, y seguro que a lo largo del nuevo curso, hombres y mujeres profesionales de la enseñanza y de servicios colaterales han hecho y harán esfuerzos significativos a favor de niños y jóvenes. Cabe destacar, igualmente, que este esfuerzo se ha teñido y se teñirá en muchos momentos de solidaridad y generosidad con los propios compañeros, con las familias que más sufren, con toda la sociedad. La imaginación y el ingenio, sin hablar de las muchas horas que se utilizan para seguir conectados con los alumnos, avalan no solo su valía profesional, sino sobre todo la humana.

¿No es ya este un valor incalculable que tenemos la oportunidad de enseñar? Habitualmente, aunque en los últimos años ha sido tema de debate, hemos centrado las escuelas en la transmisión de contenidos, pero estamos experimentando en propia carne que la comunicación de valores fundamentales es parte imprescindible de la enseñanza y del futuro desarrollo laboral y social. Huelga decir que en esta tarea escuelas y núcleos familiares son imprescindibles y complementarios.

Nuestros niños y jóvenes están sedientos de valores que tenemos el deber de transmitir. Eduquémosles en todo aquello que estamos potenciando y generando a lo largo de este tiempo de pandemia. Imprescindibles para una convivencia exitosa y gozosa, indiquémosles el camino de la solidaridad y de la generosidad, el hecho de potenciar el bien común por encima del bien propio. Enseñémosles también la importancia de las cosas pequeñas, la paz y el sosiego de contentarse con lo que uno tiene, aprendiendo incluso a dar a quien tiene menos. Y ayudémosles a mirar la realidad de uno mismo y de los demás desde la más hermosa capacidad de aceptación y complicidad.

La Iglesia ha sido siempre consciente del inmenso valor de la educación, y muchas obras religiosas han surgido intentando una enseñanza igual para todos, que posibilitara la apertura de espíritu que todo ser humano necesita para su desarrollo integral. Hoy, tal vez más que nunca, nuestros niños y jóvenes necesitan ejemplos educativos en los que puedan reflejarse, en los que encuentren la firmeza y la coherencia que caracterizan la persona humana, en los que aprendan que el objetivo de toda educación es la construcción entusiasta de la civilización del amor. El nuevo curso, pues, aparece claramente como lugar de misión, una misión evangelizadora, generadora de humanidad exquisita y de cultura integral e integradora. Estemos atentos a este signo del tiempo y pongámonos a su servicio con coraje.

Vuestro,

+ Joan Planellas i Barnosell
Arzobispo de Tarragona

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