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La sorpresa de un anuncio, por José-Román Flecha Andrés (Diario de León, 15-9-2012)

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A la muerte de Pío XII, el patriarca de Venecia, Angelo Giuseppe Roncalli fue elegido papa y asumió el nombre de Juan XXIII. Dada su avanzada edad, él mismo bromeaba diciendo: “Pensaban que yo sería un papa de paso, pero voy a ser un papa de paseo”. Así lo demostró bien pronto con su viaje en tren a los santuarios de Loreto y Asís.

Pero la sorpresa mayor la daría el día 25 de enero de 1959, cuando, en el marco de la basílica de San Pablo Extramuros, anunció que iba a convocar un concilio ecuménico. Algunos pensaban que no hacía falta un concilio.

Unos pocos deseaban que viniera a condenar algunas nuevas “herejías”.  Pero el anuncio suscitó inmensas esperanzas entre los católicos y gran expectación entre los cristianos de todo el mundo y aun entre las personas más alejadas de la fe cristiana.

A la Comisión antepreparatoria fue llegando una enorme cantidad de sugerencias. Todo el mundo tenía una idea del Concilio y una amplia serie de esperanzas. Aquel primer anuncio ofreció a muchos la ocasión de repensarlas y de manifestarlas.

Sin duda, la esperanza más veces manifestada por aquellos tiempos, era la que se refería al reencuentro y unión de los cristianos separados. La conciencia ecuménica había ido calando en los espíritus. Y muchos pensaban que la evangelización del mundo moderno sería poco menos que imposible si los cristianos de las diversas confesiones no hacían lo posible para dar pasos hacia el abrazo en la caridad.

Como se sabe, el Concilio Vaticano II sería inaugurado por el mismo papa Juan XXIII el día 11 de octubre de 1962. Van a cumplirse cincuenta años desde aquella ceremonia que pudimos contemplar gracias a los escasos receptores de televisión que había en nuestro ambiente.

Ante la pequeña pantalla, los seminaristas de aquel tiempo sentimos la alegría de pertenecer a la universal familia de la Iglesia. Profesamos nuestra fe y oramos por la unidad  de todos los cristianos y por la paz del mundo entero. El Concilio habría de sorprendernos a todos.

Años más tarde, escribiría el Papa Juan Pablo II, “los Padres conciliares han hablado con el lenguaje del Evangelio, con el lenguaje del Sermón de la Montaña y de las Bienaventuranzas. El mensaje conciliar presenta a Dios en su señorío absoluto sobre todas las cosas, aunque también como garante de la auténtica autonomía de las realidades temporales”.

Al cumplirse los cincuenta años de la apertura del Concilio, el papa Benedicto XVI nos invita a celebrar su memoria con un año entero dedicado a la fe. Estamos llamados a repensar  nuestra fe,  a celebrarla con alegría y anunciarla con decisión.

Es hora de volver a leer con atención los documentos conciliares para tratar de recuperar el espíritu que les dio origen. Y que volvamos a estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace veinte años, con el fin de conocer mejor el contenido de esa fe que hemos de vivir y anunciar. Ya tenemos una estimulante tarea para este año.

José-Román Flecha Andrés

 

 

 

 

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,