Opinión

La sobriedad, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (26-8-2017)

 

La sobriedad, por José-Román Flecha Andrés en Diario de León (26-8-2017)

Hoy apenas se oye hablar de la sobriedad. Esta es la actitud de quienes han aprendido que la dignidad humana no se mide por el tener sino por el ser. La sobriedad tiene en la renuncia no una mutilación sino un canto de plenitud.

Es cierto que hay una sobriedad que nace de un sentimiento de desprecio hacia los bienes de este mundo. Pero hay una austera sobriedad que nace de la conciencia de la propia dignidad, de una sana valoración de las cosas, de un desprendimiento que lleva a compartir los bienes con los demás.

Los profetas de Israel asocian con frecuencia los desórdenes en la comida, la bebida y el sexo con los cultos idolátricos de los pueblos cananeos. Ya el profeta Oseas afirma que “el vino y el mosto el corazón embriagan” (Os 4,10-11).

Es conocida la acusación de Isaías contra los ebrios: “¡Ay de los que despertando por la mañana andan tras el licor; los que trasnochan, encandilados por el vino!” (Is 5,11). Como cántaros que se estrellan al chocar entre sí, perecerán las gentes de Jerusalén, obnubiladas por una trágica borrachera, según lo anuncia Jeremías (Jer 13,13).

Sobre la sobriedad hay algunos proverbios que nos sorprenden por su realismo: “Si has hallado miel, come lo que te baste; no llegues a hartarte y la vomites” (Prov 25,16). Comer mucha miel es para el refranero sapiencial como dejarse engañar con palabras lisonjeras (cf. Prov 25,27).

El evangelio exhorta a los discípulos a vivir aguardando a su Señor. Pues bien, la sobriedad ayuda a mantener abiertos los ojos para discernir las señales de los tiempos. Cuando el criado que guarda la casa renuncia a seguir aguardando a su amo, comienza a abusar de la comida y la bebida (Lc 12,45; Mt 24,29). O tal vez ocurra lo contrario y cuando tales desórdenes embotan al ser humano, su vigilancia se adormece (Lc 21,34).

También en el mensaje de Pablo a los fieles de Tesalónica la sobriedad se une a la esperanza de la venida del Señor y al aguardo tenso y vigilante. “Los que duermen, de noche duermen; los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Pero nosotros, que somos del día, debemos vivir con sobriedad, cubiertos con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como casco protector” (1Tes 5,7-8).

San Pablo recuerda también a los cristianos de Corinto que la embriaguez y la glotonería cierran el acceso al reino de Dios (1Cor 5,11; 6,10). Por eso se repite a los de Éfeso una consigna que parece una paradoja: “No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu” (Ef 5,18).

En la oración cristiana que cierra cada noche la jornada queda flotando el consejo apostólico: “Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar” (1Pe 5,8). Así pues, la sobriedad es signo de responsable madurez y de vigilante esperanza.

José-Román Flecha Andrés

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