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La situación actual y el Santo Rosario, por el arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín

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“Como si no nos hubiesen enseñado nada las trágicas experiencias de los dos conflictos que han ensangrentado la primera mitad de nuestro siglo, asistimos hoy al temible agudizarse de los antagonismos entre los pueblos de algunas partes del mundo y vemos repetirse el peligroso fenómeno del recurso a la fuerza de las armas para resolver las cuestiones que enfrentan a las partes contendientes”.

Estas palabras, escritas por Pablo VI en 1965, no han perdido actualidad. Basta mirar lo que está sucediendo en Oriente Medio, en África y en el lejano Oriente; y las heridas que la guerrilla armada y el narcotráfico inflige a diversos países hermanos de América.

En nuestra misma Patria sigue pendiente la consecución de una paz verdadera y plena en algunas regiones. Además, la grave situación económica, la quiebra de los grandes valores humanos y religiosos, la crisis de solidaridad y la radicalización política y social, han aumentado de tal modo la tensión social, que pueden poner en peligro la convivencia entre todos los hombres y pueblos de España y perturbar la misma paz social. No hace falta ser alarmistas para advertir que se está gestando una situación social que puede traer nefastas consecuencias.

Ante este triste y sombrío panorama, también cobran actualidad las palabras admonitorias del Papa Pablo VI: “Suplicamos a todos los responsables de la vida pública que no permanezcan sordos a la aspiración unánime de la Humanidad, que quiere la paz. Que sigan promoviendo y favoreciendo los diálogos y negociaciones en todos los niveles y en todas las ocasiones para detener el peligroso recurso a la fuerza, con sus tristísimas consecuencias materiales, espirituales y morales”. En efecto, no se construye la paz con enfrentamientos violentos, aunque sólo sean verbales, ni con sementeras de odio y lucha de clases, ni con egoísmos individuales y de grupo, ni con el ejercicio partidista de la justicia, ni con la práctica de la demagogia. La paz se construye buscando el bien común, siendo generosos y solidarios, practicando la justicia, respetando los derechos de todos, especialmente de los más débiles, devolviendo a la sociedad los grandes valores éticos que son su fundamento.

Los cristianos poseemos, además, un arma particularmente eficaz: la oración. La oración es el poder de los débiles, la riqueza de los pobres y recurso de los humildes. Los que se creen no necesitados de nada ni de nadie, ni siquiera de Dios, jamás recurrirán a la oración. En cambio los que se sienten impotentes para sacar adelante un asunto, resolver un problema o conseguir una meta recurren a Dios, suplicando su ayuda con humildad y confianza. De ese modo, Dios los convierte en testigos de la verdad de las palabras del Magnificat: “Derribó a los potentados y encumbró a los humildes, a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos”.

Lo decía también el Papa en la ocasión a que me refería al principio: “La paz desciende del Cielo. Por eso, procuraremos alcanzar este insuperable bien, orando con constancia y diligencia, especialmente con el recurso a la intercesión y protección de la Virgen María, que es Reina de la paz”. El Santo Rosario es un modo excelente de implorar esa ayuda a la Virgen. Pero el Rosario es la oración de los pobres, de los sencillos y de los humildes. Por eso, invito a los enfermos, a la gente buena y sencilla y –en la medida de sus posibilidades- a los niños a que recen el Rosario con especial fervor e insistencia durante el próximo mes de octubre, dedicado tradicionalmente a esta devoción. “No dejéis de inculcar con todo cuidado la práctica del Rosario –decía a los obispos Pablo VI en la misma ocasión-, con el cual los fieles pueden cumplir del modo más suave y eficaz el mandado del Divino Maestro: Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”.

 

 

 

 

Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos

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