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Rincón Litúrgico

La semilla

Señor Jesús, tú comparaste el reino de Dios con un labrador que echa una semilla en la tierra. Durante mucho tiempo yo solía fijarme en la semilla que crece por sí sola. Pensaba que la semilla se identificaba con esa palabra que nos trae la vida y la verdad. Y te daba gracias por ella.

 Por sabias e ilustradas que parezcan, nuestras palabras no son nada en comparación de la tuya. Tu palabra es tan sencilla que todos pueden entenderla. Es tan humilde que puede quedar sepultada en el silencio de la tierra. Es tan eficaz que puede remover las conciencias y cambiar los corazones.

Con todo, ahora veo que tú comparabas el reino de Dios con el hombre que echa la semilla en la tierra. Sin él no habría siembra. Y la semilla se perdería o sería pasto de los animales. Creo que tú has querido necesitarme, has respetado mi voluntad de salir a sembrar y hasta mi decisión al elegir una semilla u otra.

Me alegra haber podido colaborar en la sementera. Pero tú señalas que el labrador descansa y duerme tranquilo, porque la semilla crece por sí sola. No es mi preocupación ni es mi interés lo que la hace germinar y crecer. Yo no he podido crear la semilla. Y no es mi reflexión lo que la lleva a dar el fruto deseado.

Es hermosa esa imagen de la semilla que crece por sí sola. Por una parte, me invita a reconocer con humildad que no son mis esfuerzos y afanes los que hacen crecer el reino de Dios. Y, por otra parte, me exhorta a vivir con gratitud ese milagro de la gratuidad de la llegada y del crecimiento del reino.

Gracias, Señor, porque has querido contar con mi colaboración al tiempo de la siembra de tu palabra. Y gracias porque me ofreces también la hermosa oportunidad de colaborar contigo a la hora de la cosecha de los frutos. Creo que no puedo desear nada más noble. Bendito seas por siempre.



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