Rincón Litúrgico

La semilla y el surco

“Salió el sembrador a sembrar” (Mt 13,3)

Señor Jesús, cada vez que leo o escucho la parábola del sembrador me siento como en una encrucijada.

Por una parte, me gustaría identificarme con el sembrador. Con frecuencia me asalta la tentacion del desaliento.  Son tantas las dificultades para anunciar el evangelio que a veces se me caen los brazos y se me empaña la voz.

Pero el sembrador de la parábola debía de conocer su campo. Sabía que era un terreno pedregoso y que las gentes lo atravesaban para acortar su camino. Recordaba los hierbajos que allí nacían y los pájaros que venían a buscar unos granos. No puedo imaginarlo como un irresponsable.

Parece un hombre generoso, soñador y esperanzado. Más que calcular las perdidas de la semilla prefiere imaginar una cosecha abundante. ¿Por qué lo imagino como un hombre? El sembrador que sueña y espera lo imposible no puede ser otro que el mismo Dios.

Por otra parte, muchas veces me identifico con la tierra. Sé que el sembrador es inteligente y generoso. La semilla que ha elegido es la mejor. Si la cosecha no es buena, la causa solo puede ser de este terreno pedregoso y cardoso, pisoteado por las gentes y asaltado por las aves.

Lo sé. Pongo tantas dificultades a la sementera que es un milagro que el sembrador obtenga una buena cosecha. La alegoría que sigue a la parábola interpela mi responsabilidad.

Así que, al fin he pensado que debo identificarme con la semilla. Yo sé de sobra que me da  miedo caer en el surco, hundirme en la oscuridad y aceptar mi propia muerte para que pueda nacer una espiga. Y, sin embargo, siento una profunda paz al saber que el sembrador ha querido elegirme como la semilla que muere en el surco.

Seguramente tendré que esperar que pasen el otoño y el invierno para que el verdor de la primavera me ayude a recobrar la esperanza. Estoy seguro, mi Señor, de que tú observas con ternura y compasión esta paciencia.

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