Carta del Obispo Iglesia en España

La semilla del Reino, por César Franco, obispo de Segovia

La semilla del Reino, por César Franco, obispo de Segovia

Hay muchas formas de ateísmo, unas más claras que otras. Existe el ateísmo teórico que niega a Dios desde presupuestos de la razón. Está el ateísmo práctico que no se preocupa por los argumentos lógicos de la existencia de Dios, pero explica la vida como si Dios no existiera.

Simplemente lo ignora. Hay también un ateísmo de los creyentes, aunque parezca paradójico. Hay creyentes que confiesan a Dios, pero con frecuencia pretenden ocupar su puesto. No aceptan que Dios tenga la primacía en todo, y especialmente, en el crecimiento de su Reino. De alguna manera, pretenden arrebatar a Dios el protagonismo que sólo él tiene en la historia. Hace años, P. Zulehner, catedrático de Teología pastoral en la universidad católica de Viena, respondía así a la pregunta sobre los pecados más graves de la Iglesia: «Me atrevo a decir que el mayor pecado de la Iglesia es el ateísmo eclesial. Es una palabra muy dura. Pero es como si la misma Iglesia se olvidara de Dios, que se fiara demasiado de sus planes y de sus fuerzas y se preguntara demasiado poco qué es lo que Dios le pide y para qué la capacita».

Algo de esto quiere decir Jesús con las dos parábolas del evangelio de este domingo. En la primera compara el Reino de Dios con el sembrador que lanza la semilla a la tierra: «Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega». Es una parábola luminosa que pone al hombre en su sitio, y a Dios en el suyo. El hombre duerme de noche y se levanta de mañana, dice Jesús, queriendo decir que la acción no es suya. El Reino de Dios necesita la colaboración del hombre, naturalmente. Pero sólo Dios da el crecimiento, mientras el hombre duerme. Pretender ocupar el lugar de Dios es necedad y pecado de orgullo. Sin embargo, ¡cuántas veces caemos en la tentación de sustituirle! Ya decía Isaías que los caminos y pensamientos de Dios no son los de los hombres. Y ya tenemos experiencia para saber qué ocurre cuando el hombre intenta desbancar a Dios y ocupar su sitio. Es una forma sutil y grosera al mismo tiempo de ateísmo.

La segunda parábola, llamada del grano de mostaza, compara el Reino de Dios con la semilla más pequeña. Cuando crece y se desarrolla, se convierte en un arbusto tan grande que los pájaros pueden anidar y cobijarse en él. Jesús apela a la dialéctica de la desproporción entre lo que se siembra y el fruto de la semilla. Así es el Reino de Dios: humilde en sus orígenes y desbordante en sus frutos. ¿Quién está detrás de este desarrollo? ¿El hombre? Desde luego que no. Por mucho que riegue, abone y cultive la tierra, nunca podrá crear una semilla con un potencial semejante. Sólo Dios puede hacer el prodigio anunciado por el profeta Ezequiel: «Yo humillo los árboles altos y elevo los árboles pequeños; seco los árboles lozanos y hago florecer los árboles secos». Según el profeta, Dios tomará un pequeño brote de cedro y lo plantará en la montaña más alta de Israel. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico que dará cobijo a toda clase de pájaros. Es claro que Jesús conocía este texto del profeta y pudo inspirarse en él para presentar el Reino que traía en sí mismo. Si lo observamos bien, el árbol en que se cobijan todos los hombres es la cruz, que se ha desarrollado gracias al grano de tierra caído en tierra, que es Cristo. El es el Reino, que lleva en sí la capacidad de desarrollarse y extenderse por todo el mundo y convertirse en el lugar donde todo hombre encuentra cobijo.

+ César Franco

Obispo de Segovia.

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