Iglesia en España

La Semana Santa y las procesiones, por Julián López, obispo de León

LA SEMANA SANTA Y LAS PROCESIONES

                 Queridos diocesanos:

 A punto de comenzar la Semana Santa quiero desear a todos la paz y la alegría de Jesucristo Resucitado. Como sabéis, los días de la Pascua tienen una especial fuerza evocadora y celebrativa del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La Semana Santa ha sido siempre expresión de la fe. Pero posee también otras dimensiones importantes de carácter social, cultural, turístico y económico. Estos aspectos han de ser compatibles con los valores citados antes porque, de lo contrario, la Semana Santa entraría en una fase de decadencia y terminaría por cansar a los que la protagonizan o contemplan tan sólo como un espectáculo más o menos bello y emotivo.

Una de las manifestaciones más significativas de la Semana Santa son las procesiones. La procesión es un rito religioso de alcance universal que brota del gesto humano de caminar juntos, de asociarse y formar grupo cuando hay un motivo común. Por eso, un primer valor consiste en fomentar cercanía, solidaridad, comunicación, etc. En ella no se pasea sino que se camina con otras personas, se tiene algo en común y se comparten unos motivos. Todo esto se traduce en solidaridad, comunicación de ideas, afectos y sentimientos, fraternidad y religiosidad, etc. Cuando a estos valores se unen la fe, la devoción a los misterios de la vida de Cristo, el espíritu penitencial, la oración y el amor fraterno, las procesiones son ya un acto de culto a Dios y expresión de una comunidad cristiana.

            Así nacieron las procesiones de la Semana Santa, sacando de las iglesias lo que se celebraba en la liturgia, primero como cortejos festivos, por ejemplo la procesión de los Ramos, pero también como escenificación del camino del Calvario -el Via Crucis– o del entierro de Cristo, o del acompañamiento de María en los distintos momentos de la Pasión. Al mismo tiempo se crearon también las procesiones de penitentes y de flagelantes, a pesar de que estas últimas no eran aprobadas por la Iglesia. Surgieron las confraternidades y asociaciones de fieles, antepasadas directas de muchas de las actuales hermandades y cofradías de Semana Santa. Una característica muy notable de todas ellas ha sido siempre el protagonismo de los fieles laicos. Mucho después vendría el carácter espectacular y turístico de estas manifestaciones religiosas.

            Pero todo lo anterior no debe hacer olvidar que las procesiones son una forma de evangelización plástica, de anuncio histórico, dramático y popular de Jesucristo y de su misterio pascual. Las procesiones, además, conmueven y llaman a la conversión, especialmente si está presente de alguna forma y en algún momento la palabra de Dios. Invitan a vivir coherentemente y a unir culto y vida. Deben ser testimonio para los que miran desde fuera: «espectáculo público para ángeles y hombres» (1 Cor 4,9). Por eso merece la pena que se cuide ante todo la verdad de lo que expresan. Son una forma legítima de celebración cristiana. Su mayor riesgo es la superficialidad, el que se reduzcan a lo externo y espectacular. El mejor antídoto contra este riesgo se encuentra en procurar la autenticidad religiosa y cristiana, la plegaria común antes y después de la procesión, la oración silenciosa y meditativa, el recogimiento durante el itinerario, la fraternidad y la comunión entre los hermanos, y el destinar una parte proporcional y no meramente simbólica de los gastos a la acción social y caritativa, etc.

             De nuevo con mis mejores deseos de una santa y gozosa Pascua:

+ Julián, Obispo de León

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