Editoriales Ecclesia

La santidad, camino ineludible y fecundo para las reformas y para  la misión – editorial Ecclesia

La santidad, camino ineludible y fecundo para las reformas y para  la misión – editorial Ecclesia

¿Por qué Francisco ha querido dedicar su quinto gran documento magisterial a la santidad? ¿Cuál es su significado, alcance e interpelación? ¿Qué aporta la exhortación apostólica Gaudete et exsultate al plan pastoral marcado por el Papa, en el que la renovación y la misión son sus objetivos prioritarios? ¿Cómo encaja este documento con la Iglesia pobre y para los pobres, con la Iglesia samaritana, misionera y en salida que reiteradamente nos propone? Muy sencillo: la clave de todo esto está en la santidad. Porque no hay renovación ni reforma, ni conversión pastoral y misionera, ni servicio evangelizador de la caridad, sin conversión personal y comunitaria, sin conversión del corazón, que no es sino dar respuesta a la llamada universal a la santidad.

Fue el Concilio Vaticano II quien, en capítulo 5 de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, plasmó y sistematizó la doctrina sobre la universal vocación a la santidad en la Iglesia. El tema, obviamente, no era ni es nuevo y encuentra en la Sagrada Escritura numerosas alusiones al respecto, como la apelación del Señor a ser perfectos como el Padre celestial es perfecto (Mateo 5, 48). A lo largo de la historia, cristianos excepcionales como san Francisco de Sales o san Josemaría Escrivá de Balaguer fueron destacadísimos apóstoles, en los respectivos siglos XVII y XX, de esta doctrina e irrenunciable ideal evangélico. A todo ello y a tantas otras referencias, se suma ahora Francisco con un hermoso documento, sencillo, fácilmente inteligible, jovial, radicalmente evangélico, esperanzador y esperanzado.

Si repasáremos, siquiera someramente, la historia de la Iglesia, nos encontraríamos desde su alba con una constatación irrefutable: cuando la Iglesia parecía entrar en crisis, cuando  los distintos baremos de vitalidad cristiana entraban en barrena, la Iglesia salía de la crisis gracias a los santos, a los grandes santos que pueblan nuestros altares y santorales y a la inmensa multitud de santos anónimos, de santos del pueblo, santos, unos y otros, de carne y hueso. Así aconteció en  el comienzo mismo de la Iglesia, y cuando los primeros cristianos fueron martirizados por millares su sangre derramada fue semilla de renovada, fecundadora y fecunda vida cristiana. Así sucedió en tiempos de las invasiones bárbaras e islámicas. Así ocurrió en el siglo XVI cuando la Iglesia se desangraba a causa de su mundanidad y errores y del luteranismo. Así pasó en el siglo XIX, el siglo de las revoluciones; y en el siglo XX, cuando las guerras y una modernidad sin Dios se abrieron camino en nuestro mundo.

¿Y no será precisamente la santidad lo que más urge en nuestra Iglesia de hoy, todavía en los primeros compases del siglo XXI? La humanidad y la cultura contemporáneas ya no escuchan a los predicadores, sino tanto solo a los testigos. Y la condición de testigo es fruto  inherente de la santidad. Pensemos, sí, en santos contemporáneos de todos conocidos (Juan XXIII, Pío de Pietrelcina, fray Leopoldo, Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, Pablo VI, Óscar Romero,…). Y pensemos también en las “clases medias” de santidad, que siguen haciendo posible el milagro de la evangelización y de la caridad en nuestras comunidades.

Gaudete et exsultate no es un compendio de teología espiritual, ni una actualización del santoral. Es mucho más. Es recordatorio, hoja de ruta,  actualización y concreción de la esencia del Evangelio y de la perenne novedad cristiana Es situar la santidad en la vida cotidiana, en la puerta de al lado y en nuestras mismas casas y barrios. Es la santidad de la primera y de la segunda persona del singular. Es santidad de los trabajadores, enfermos, ancianos, padres, abuelos,  consagrados, laicos,  educadores, sacerdotes, jóvenes y adultos, casados, solteros o viudos, de  quienes tienen autoridad y de quienes no la tienen. Es la santidad para, para mí, para todos. Y esta santidad no es solo posible, sino también necesaria.

Gaudete et exsultate es recordar que la santidad crece mediante pequeños gestos buenos en la vida ordinaria. Que ser santos es vivir con amor, ofreciendo nuestro testimonio en las ocupaciones de cada día. Que ser santos es ser pobre de corazón, reaccionar con humilde mansedumbre, buscar la justicia, mirar y actuar con misericordia, sembrar paz y perdón, servir a los demás y aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas.

¿Habrá, pues, mejor plan de reforma y de misión que este?

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